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Sobre la sofisticación de un crítico

Sobre la sofisticación de un crítico
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Carlos Álvarez

Que la admiración por la posteridad puede ser causa de glorias tan aburridas como incuestionables, y de errores tan torpes como imperdonables, es motivo más consistente para loar la naturaleza humana que desestimar la inconsistencia de la mayoría de nuestros conocimientos. Los filósofos antiguos, –por antiguos me refiero a los de poco más de quinientos años y por filósofos me refiero a Bacon– asumieron el severo trabajo de entender que la sensibilidad era la parte más vulgar de las artes, y la sofisticación la condición más degradante del pensamiento. He leído “Muerte y resurrección de Facundo;” prescindiré del autor, me limitaré a hablar de algunas impresiones sobre la sofisticación de la crítica.
He entendido que de todo lo que tiene poder la crítica literaria para opinar de forma legítima y honesta, son aquellas industrias que, en un sentido necesariamente general, son deshonestas para el mundo, y en un sentido estrechamente absurdo, son ilegítimas para el entendimiento. Me detendré a legitimar mi idea: nadie puede dudar que Orlando Furioso sea una buena obra, porque nadie es suficientemente tonto como para no entender de lo que habla Ariosto; nunca ha sido necesario plantearse que las solitarias conjeturas de Góngora valen la pena entender, porque nadie se ha dispuesto a sugerir con mucha inteligencia que en sus Soledades no hay nada que entender.
La crítica actual tiene la tarea de entender aquellas cosas que interesan poco; iríamos muy lejos al considerar que la crítica se ocupa de cosas que no interesan a nadie; en primer lugar, es suficiente justificar que algo es interesante por el hecho más simple de no interesarle a nadie. Ruskin dice en su Fors Clavigera al lector que para entender de lo que él habla, debe entender antes que no ha entendido nada de lo que ha leído; Ruskin entendía que gran parte del problema del conocimiento poco tiene que ver con los más inofensivos que inmanejables ordenes de las sociedades; entendía que para entender el objeto que fuera –y por objeto se refería a los fines de la olvidada lucha de la pulcritud– se tiene ignorar voluntariamente las propensiones a interpretar lo que no es obvio; de hecho, consideró que nada que no sea suficientemente obvio puede estar relacionado con las partes más elevadas del espíritu, y todo lo considerablemente sofisticado es el resultado de una sumisión cobarde a las exclusivas ambiciones de la razón.
George Moore dijo que la crítica que valía la pena es la que fuera capaz de apreciar que en Keats hay mucho de un gato ronroneando en el ocaso, y en Tennyson demasiado césped de academia olvidado sin nada de rocío. La crítica antigua podía degradar suficiente el carácter humano ornamentado por los ya olvidados bienes ofrecido por ingenios rígidos, y echar mano de aquello que ha sido comprendido y declarar las cosas que no pueden serlo; la obra de Jitrik es un ejemplo de la capacidad que la crítica actual tiene para conciliar las ideas más insostenibles, tomando una parte de las cosas que no pueden ser contempladas y guardarse en una laboriosidad que le permite volver a crear el mundo en donde quien escribe tiene la razón. Un crítico como Moore podría detestar lo que todo el mundo adora y considerar que hay una mejor razón que admirar; pero jamás consideraría que no hay ninguna parte de la razón que admirar; el crítico actual siempre va mucho más allá, y considera que ninguna parte de la razón vale la pena admirar salvo la suya.
La crítica antigua estaba motivada por la necesidad absoluta de entender lo necesario; la crítica actual está necesitada de entender que hay un tipo de conocimiento innecesario, y de comprobar que el suyo además de necesario es perpetuo. La crítica antigua podía ser en el más ornamentado de los casos, una moral, y una filosofía en el caso menos degenerado.

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