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Rendirse por la paz / A Estribor

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Juan Carlos Cal y Mayor

Ya mucho se ha hablado -y seguirá hablando- respecto de los hechos violentos en Culiacán. En cuestión de horas el gobierno mexicano optó por liberar a Ovidio Guzmán, hijo del chapo, en tanto que se desató una balacera que sembró el terror entre ciudadanos.  En medio del fuego cruzado  no alcanzaban a digerir lo que estaba sucediendo. A falta de versiones oficiales, circularon profusamente audios y videos en las redes sociales generando una sensación de desconcierto en todo el país.

A punto de abordar un vuelo comercial para una gira en Oaxaca, el presidente alcanzó a declarar que se daría una rueda de prensa por parte de los mandos de seguridad para informar al respecto. Al rato apareció Alfonso Durazo y los mandos militares diciendo que se desplazarían a Sinaloa para tomar el control directo de la situación.

Confusamente aclararon que se trataba de ejecutar un orden de aprehensión y extradición. Algo salió mal. Se aceptó que se había actuado de manera improvisada. Que los hechos se salieron de control en tanto que, superados en número y con fuerte armamento, tuvieron que liberar al hijo del Chapo. Se desató una balacera para causar terror pero se privilegió el hecho de salvar vidas. Los grupos armados no solo atacaron al ejército sino que amenazaron con matar civiles. Se dice que rodearon la zona habitacional donde viven las familias de los militares.

El fracaso del operativo ante la inusitada respuesta obligó a abortar el plan que cerraría la semana con la noticia de la captura. Dadas las circunstancias, ni duda me cabe que optar por liberar al detenido fue lo mejor. Esto debería obligar al gobierno a replantear sus estrategias en materia de seguridad.

Aunque en los hechos se reitera con tozudez que van por el camino correcto, seguramente se tomarán medidas y harán ajustes para coordinar mejor a los mandos en el tema de la seguridad. Algo de ello se debe a que los militares no parecen acomodarse a un mando civil que no sea el del propio presidente de la república como comandante supremo de las fuerzas armadas.

Las labores de inteligencia no parecen ser las mejores al dejar en evidencia que desconocían la capacidad de despliegue de la delincuencia organizada. Se sabe que la orden fue sembrar el terror en otras partes del territorio donde el famoso cartel tiene su área de influencia. Dado el modus operandi, las fuerzas de seguridad se encuentran en una posición de franca desventaja. A los delincuentes no les importan los daños colaterales. Cualquiera puede tomar rehenes y someter las decisiones del gobierno. Es una guerra perdida, aunque no la quieran llamar guerra. El estado mexicano desorganizado ante la delincuencia, esta si organizada.

Decretar la amnistía no reincorporará a los capos a la vida civil, aunque hubiera un borrón y cuenta nueva. El negocio es grande y hay otros muchos haciendo cola. No basta con descabezar porque el poder se hereda. Calderón decidió enfrentarlos. Fox midió el agua y prefirió hacerse de la vista gorda. Con Peña continuaron las muertes por el control de las plazas. Antes el negocio era vender droga en los Estados Unidos pero ahora se ha diversificado. El consumo en el país también es negocio. El cobro del derecho de piso es una tributación.
La cuestión ahora es que no basta con mantenerse al margen. El enfrentamiento entre los bandos criminales arroja cada vez más muertos incluso que en los gobiernos anteriores y eso pesa.

Los exhortos del presidente no bastan y  es la hora de reforzar su seguridad. Desactivar a los jóvenes a través de programas como caldo de cultivo, tomará demasiado tiempo si es que realmente funciona. No les queda  más que pactar una tregua a cambio de llevar la fiesta en paz. Es la rendición del estado mexicano.

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