
Interior de la Casa Núm. III en Palenque. Ilustración de Frederick Catherwood.
Antonio Cruz Coutiño
Los indios tenían temores supersticiosos acerca de permanecer de noche entre las ruinas, y nos dejaron solos, únicos moradores del palacio de monarcas desconocidos. Poco pensarían los que lo edificaron que al cabo de algunos años su linaje real perecería y su raza sería extinguida, su ciudad convertida en ruinas, y el señor Catherwood, Pawling, yo y Juan, sus únicos moradores. Otros extranjeros habían estado allí, maravillados como nosotros.
Sus nombres estaban escritos en los muros, con comentarios e imágenes; y aún aquí había señales de aquellos bajos y envilecidos espíritus que se deleitan en profanar lugares sagrados. Entre los nombres, más no los de esta última clase, figuran los de algunos conocidos: el capitán Caddy y el señor Walker; otro era el de un paisano, Noah O. Platt, de Nueva York. Este último había partido hacia Tabasco como sobrecargo de un buque. Ascendió por uno de los ríos en busca de palo de Campeche [Haematoxylum campechianum de fabáceas] y mientras cargaban su barco visitó las ruinas. Su relato sobre ellas me había provocado un gran deseo de visitarlas mucho antes de que se presentara la oportunidad de hacerlo.
Muy en lo alto, a un lado del corredor, estaba el nombre de William Beanham, y abajo de este había una estrofa escrita a lápiz. Por medio de un árbol con muescas hechas en él, subí y leí las líneas. La rima era defectuosa y la ortografía mala, [aunque] revelaban un profundo sentido de la sublimidad moral que llena estas ignoradas ruinas.
El autor parecía, asimismo, un conocido. Escuché su historia en el pueblo. Era un joven irlandés, enviado por un comerciante de Tabasco hacia el interior, con el propósito de comerciar al menudeo; había pasado algún tiempo en Palenque y sus alrededores; y, con su pensamiento y sensibilidad dirigidos fuertemente hacia los indios, después de meditar sobre el asunto […] resolvió penetrar [la tierra] de los caribes.
Sus amigos se empeñaron en disuadirlo, y el Prefecto le dijo: “Tiene usted cabello rojizo, una tez encarnada y piel blanca, y ellos, o bien harán de usted un dios y lo retendrán en su compañía, o lo matarán y se lo comerán”; pero él partió solo y a pie, atravesó el río Chacamal[Chacamax], y tras su ausencia de casi un año regresó a salvo. [Aunque] desnudo y extenuado, con las uñas y los cabellos largos, después de haber permanecido ocho días con un solo caribe en las riberas de un turbulento río, buscando un vado y viviendo de raíces y hierbas.
Construyó una choza en las márgenes del río [Chacamax], y vivió allí con un sirviente caribe, preparándose para otro viaje más prolongado entre ellos, hasta que al fin algunos barqueros que llegaron a traficar con él, lo encontraron muerto en su hamaca, con el cráneo partido. Había escapado de los peligros de un viaje que nadie en aquel país se atrevía a arrostrar, para morir a manos de un asesino, en un momento de supuesta seguridad. Su brazo colgaba hacia afuera, y había un libro en el suelo; probablemente fue herido mientras leía.
Los asesinos, uno de los cuales era su criado, fueron capturados, y se hallaban por entonces presos en Tabasco. Desafortunadamente, el pueblo de Palenque no había tomado sino escaso interés en todo esto, excepto en el hecho extraordinario de su visita a los caribes y su regreso a salvo. Todos sus papeles y su colección de objetos curiosos fueron dispersados y destruidos, y con él perecieron todos los frutos de su trabajo; pero, si aún estuviera vivo sería el hombre, entre todos los demás, llamado a culminar el descubrimiento de aquella misteriosa ciudad que tanto había impresionado nuestra imaginación.
Como las ruinas de Palenque son las que primero llamaron la atención hacia la existencia de antiguas y desconocidas ciudades en América, y como, por tal motivo, son quizás más interesantes para el público, tal vez no resulte ocioso establecer las circunstancias de su primer descubrimiento.
Este es el relato: en el año de 1750 un grupo de españoles que viajaba por el interior de México penetró las tierras al norte del distrito del Carmen, en la provincia de Chiapas, cuando de repente encontró, en medio de una vasta soledad, antiguos edificios de piedra, restos de una ciudad que abarcaba todavía de dieciocho a veinticuatro millas de extensión, conocida por los indios con el nombre de Casas de Piedras. A partir de mi conocimiento de la región no logro comprender por qué razón viajaba un grupo de españoles por aquella selva, ni cómo pudieron haberlo hecho. Antes me inclino a creer que la existencia de las ruinas fue descubierta por los indios, quienes tenían claros en distintas partes de la selva para sus milpas; o quizás ya les eran conocidas desde tiempo inmemorial, y por sus noticias los habitantes fueron inducidos a visitarlas.
La existencia de tal ciudad era enteramente desconocida; no se hace mención de ella en libro alguno, ni hay alguna tradición de que jamás haya existido. Hasta la fecha se ignora cómo se llamaba, y la única denominación que se le da es la de Palenque, por el [nombre del] pueblo cerca del cual se encuentran las ruinas.
Las nuevas del descubrimiento corrieron de boca en boca, fueron repetidas en algunas ciudades de la provincia, y llegaron a la sede del gobierno; pero se les prestó poca atención, y los miembros del gobierno, por ignorancia, apatía, o por la imposibilidad real de ocuparse en algo que no fuera los negocios públicos, no tomaron medida alguna para explorar las ruinas, y no fue sino hasta 1786, treinta años después del descubrimiento, que el rey de España ordenó una exploración. El tres de mayo de 1787 el capitán Antonio del Río arribó a la aldea, en comisión del gobierno de Guatemala, y el cinco prosiguió hasta el sitio de la ciudad en ruinas.
En su informe oficial dice, acerca de su primer ensayo, que, debido a la espesura de la selva, y a una niebla tan densa que era imposible para los hombres distinguirse unos a otros a cinco pasos de distancia, el edificio principal quedó completamente oculto a sus miradas.
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