
“Un proyecto político no se agota cuando pierde elecciones. Se agota cuando deja de corregirse.”
Carlos Perola Burguete
Ya no basta hablar y menos de los mismos logros.
Durante años, la narrativa de la Cuarta Transformación se sostuvo en una verdad incuestionable: había que corregir el rumbo de un Estado capturado por intereses privados y profundamente desigual. Esa legitimidad se construyó en la calle, en la organización social, en la resistencia.
Pero el poder cambia la naturaleza de las preguntas.
Hoy, Morena ya no enfrenta el desafío de convencer; enfrenta el desafío de sostener la coherencia. Y esa es una prueba más exigente que cualquier campaña electoral.
Rumbo a 2027, el debate no será únicamente por votos. Será, sobre todo, por legitimidad.
Porque hay una tensión que empieza a hacerse visible —y que ningún discurso por sí solo puede resolver—: el crecimiento electoral del movimiento no ha sido acompañado, en todos los casos, por una consolidación ética y territorial a la misma velocidad.
Dicho de otra manera: se ganó el gobierno, pero en algunos espacios se empezó a perder el vínculo.
El reciente llamado de la dirigencia nacional de Morena, insistiendo en la honestidad, la austeridad y el rechazo al nepotismo, no es menor. No es sólo un posicionamiento doctrinario. Es una advertencia.
Una señal hacia dentro.
Porque el problema ya no es la corrupción como herencia del pasado, sino la posibilidad de que ésta se normalice como práctica del presente. Y eso, para un movimiento que se fundó en la crítica a ese mismo fenómeno, no es un desliz: es una amenaza existencial, para el propio movimiento de movimientos sociales.
De ahí que se intente establecer un nuevo estándar: no basta con ganar encuestas, hay que tener una trayectoria ética.
Pero aquí aparece la contradicción de fondo.
¿Puede sostenerse ese estándar si los mecanismos de selección siguen privilegiando posicionamiento sobre arraigo?
¿Puede exigirse autoridad moral si las estructuras territoriales han sido desplazadas por lógicas de operación política?
El riesgo no es inmediato en términos electorales. Morena puede ganar en 2027.
El problema es otro.
Puede ganar… y empezar a perder.
Perder la legitimidad.
Perder la cohesión interna.
Perder la calle.
Porque la política no se vacía de un día para otro. Se va erosionando cuando la gente empieza a percibir que el poder ya no escucha, que las decisiones se alejan del territorio y que las utopías y compromisos dejan de ser referencia ética.
Ahí es donde el momento actual exige algo más que disciplina partidaria.
Exige autocrítica.
Pero no una autocrítica discursiva, sino una que se traduzca en decisiones: en cómo se eligen las candidaturas, en quiénes representan al movimiento, en cómo se reconstruye el vínculo con la base social que le dio origen.
En distintos territorios del país, comienzan a emerger esfuerzos de organización que buscan justamente eso: no disputar el poder desde fuera, sino contribuir a corregir su rumbo desde la raíz social del movimiento.
No son una oposición. Tampoco son una extensión del aparato. Son, en el mejor de los casos, una advertencia: la transformación no puede sostenerse si se desconecta de la sociedad que la hizo posible.
Morena llegó al poder como movimiento.
Si quiere sostenerse como referente político, tendrá que volver a organizarse como tal. De lo contrario, 2027 no será la elección donde enfrente a la oposición.
Será la elección donde enfrente sus propias contradicciones.
Y esa, siempre, es la más difícil de ganar.
*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario del Despacho Jurídico B&G-Chiapas.


