
Rodrigo Ramón Aquino
La universidad pública vive una paradoja: jamás había tenido tanta información disponible, pero tampoco jamás había sido tan cuestionada en su utilidad.
Durante mucho tiempo se ha defendido como un espacio de autonomía, pensamiento crítico y formación profesional. Lo ha sido y lo sigue siendo. Pero hoy eso ya no basta. La discusión ya no es qué es la universidad, sino para qué sirve.
Y es que hay algo que hace tiempo han advertido los sectores productivos y hoy no deja dormir el avance incesante de la automatización de los procesos: si la universidad pública no logra responder a su tiempo, su propio tiempo se encargará de dejarla atrás.
El problema no es menor. En un país con profundas desigualdades como el nuestro, la universidad pública sigue siendo para miles de personas la última frontera de la movilidad social. Pero también hay que decirlo para corregirlo: es una institución que arrastra inercias, estructuras rígidas, planes de estudio desactualizados, desconexión con el mercado laboral y, en no pocos casos, una política interna que consume más energía que la formación misma.
Ahí aparece el eterno dilema: ¿quién debe conducir la universidad?
El académico que garantiza conocimiento, pero no siempre conducción. El político que garantiza operación, pero no siempre rumbo académico. En esa tensión se han quedado atrapadas y estancadas muchas universidades del país.
¿Para qué limitarnos? La realidad apunta hacia otra dirección. Dejemos de seguir haciendo pruebas. No estamos obligados a elegir entre academia o política, sino decantarnos por perfiles capaces de integrar ambas dimensiones. Liderazgos que entiendan que la universidad es una institución de conocimiento, pero también una organización compleja que debe tomar decisiones, administrar recursos, vincularse con su entorno y responder a demandas sociales concretas.
Por eso me da mucho gusto que desde el Sur, desde Chiapas, se empiece a marcar una diferencia. Es el caso de la hoy Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas.
Ahí, bajo la conducción del doctor Oswaldo Chacón Rojas —un académico formado en el estudio de la democracia y el Estado— se observa una intención clara de romper esa inercia. No sólo desde la narrativa, sino desde la operación.
Incremento de matrícula del 4% en 2025 y una proyeccion del 8% para este año, esto en un contexto donde el acceso sigue siendo una deuda estructural.
Diversificación de la oferta educativa hacia áreas estratégicas como ciencia de datos, inteligencia artificial y salud.
Certificación total de sus programas. El año pasado fue la única universidad del país que levantó bandera blanca por lograr que todos sus programas educativos fueran reconocidos en términos de calidad y este año la pretensión es alcanzar la evaluación institucional, luego de tres intentos fallidos en el pasado.
Pero más allá de los indicadores, lo relevante es el enfoque: crecimiento con pertinencia. Porque el riesgo de muchas universidades no es quedarse sin alumnos, sino formar egresados que el mundo contemporáneo ya no necesita.
También destacan programas orientados a estudiantes de municipios indígenas. Políticas de igualdad de género. Vinculación territorial a través de brigadas interdisciplinarias en zonas con menor desarrollo humano (siendo aliado estratégico del programa social insignia del gobierno del estado, el de alfabetización). Y una apuesta por la internacionalización que rompe la lógica local, como el corredor universitario con Centroamérica.
La revolución tecnológica, la irrupción de la inteligencia artificial y la transformación de los mercados laborales están reconfigurando el sentido mismo de la educación superior. Las universidades que no se adapten, simplemente quedarán fuera de la gran conversación.
Por tanto convendría que de una buena vez dejemos atrás la discusión sobre si la universidad pública debe ser crítica o técnica, humanista o productiva, académica o política. Tiene que ser todo eso al mismo tiempo, con rumbo, intención, pero, sobre todo, con utilidad pública.
Aplaudamos, sí, la historia de las instituciones de educación superior, pero reparemos más en su capacidad de seguir siendo necesarias.


