
Lorena Crenier
Había una vez tres hermanos cuyo padre les contaba de niños las más maravillosas historias que jamás hubieran escuchado. El menor, que se llamaba Jaime, nunca las olvidó. Quizás por eso se hizo poeta. Así lo recordaba él: Mi padre nos relataba todas las noches esos cuentos, la historia de Antar, que es el Mío Cid del Oriente. Fascina dos por su relato íbamos tras él por el corredor, hacia su recámara, donde dormíamos todos. El viejo era muy hábil. Siempre procuraba dejarnos en suspenso y así todos esperábamos que llegara la noche para oír el desenlace de sus historias.
Jaime Sabines nació en la primavera de 1926. Al igual que sus hermanos mayores, Juan y Jorge, llegó al mundo en Tuxtla Gutiérrez, la capital del estado de Chiapas. Julio Sabines, su papá, era originario de un país lejano, Líbano, y doña Luz Gutiérrez, su mamá, era chiapaneca. Cuentan que los tres hermanos Sabines fueron siempre muy unidos, y que Jaime, por ser el más chiquito, era el consentido no sólo de la mamá, sino de la familia entera.
Su padre, que tenía alma de aventurero, vino por vez primera a México al inicio de la Revolución. Pronto se incorporó al ejército mexicano. Venustiano Carranza mandó a Chiapas a la división 21, que era a la que pertenecía mi padre. Así llega el viejo a Chiapas en 1914. Ahí conoció a mi madre —una historia tipo Lo que el viento se llevó—, en 1915 se casan y el viejo renuncia al ejército.
Cuando murió su papá, Jaime, que era ya un señor, le escribió un poema tan triste como hermoso titulado Algo sobre la muerte del Mayor Sabines. Lo hizo, según él: “como un intento de no dejar marchar a mi padre, de jalarlo del saco o de una manga o de donde sea, suplicarle que no se vaya”. De niño vivió contento en Chiapas: La época más feliz de mi vida fue cuando tuvimos El Ranchito en las afueras de Tuxtla, en La Lomita. Sembrábamos hortalizas, sacábamos agua del pozo… Entre todos hacíamos el trabajo del rancho.
Con sus papás, los hermanos Sabines se mudan después a la Ciudad de México, y casi de inmediato de vuelta a su estado natal; primero a Tapachula y luego definitivamente a Tuxtla Gutiérrez. Ya de grande Jaime habría de recordar aquellos tiempos así: Creo que mi infancia y mi juventud en Chiapas me influyeron en ese ambiente de libertad y de la naturaleza maravillosa del estado, en donde sobra la luz. Es decir, me dieron carne y sustancia, aunque yo nunca he hablado de Chiapas, pero sí fue determinante.
Contaba de sí mismo que fue un niño normal: Jugador de trompo y de canicas, de básquetbol. Tuve dos o tres amores furtivos, de esos que nada más uno sabe, por alguna chamaca o compañera de la escuela.
Pero en el sexto año de primaria empecé a faltar mucho a clases, durante meses. Me iba al río Sabinal, me encantaba la naturaleza, los animales. Me quedaba jugando por horas en aquel río hermoso. A la una, que era la hora de la salida de la escuela, regresaba a casa. Por culpa de ese río estuve a punto de reprobar el sexto de primaria.
A Jaime las palabras le gustaron desde siempre: Era muy bueno declamando, recuerdo que a los siete años, cuando iban las visitas a mi casa, mi madre me llamaba para que les declamara alguna cosa. Tenía muy buena memoria. Luego me aprendí toda la historia de México. La leí en mi libro de cuarto año. Fue una hazaña memorizar los nombres de los reyes chichimecas.
Ya cuando entró a secundaria no sólo era el “declamador oficial”, sino que comenzó a escribir. Un día del maestro hubo un concurso en la escuela, Jaime presentó un poema, que escribió su hermano Jorge, como suyo y con él sacó el primer lugar. A partir del premio Jaime empezó a escribir y durante toda su vida no habría de abandonar nunca la poesía. Como él afirmó alguna vez: “Leía y escribía todo el tiempo. A fin de cuentas, mi obra es una larga autobiografía”.
Cuando terminó la preparatoria partió rumbo a la Ciudad de México para estudiar medicina. No le fue muy bien que digamos, pues pronto se dio cuenta de que eso no era para él. Más adelante se cambió a filosofía y letras.
Aunque a él no le parecieron muy buenos aquellos tiempos de la escuela de medicina, para nosotros, sus lectores, resultaron magníficos, pues según el propio Sabines fue durante esos años difíciles que realmente “aprendió” a escribir: Creo que el poeta se hizo en los años de medicina en México, años de soledad y sufrimiento… Aprendí la soledad, aprendí el insomnio, la angustia de vivir. Leía mucho, a lo loco, de todo, pero sobre todo un libro: la Biblia. Era mi libro de consuelo, y no en el sentido religioso, sino en el consuelo de encontrar otra gente que sufre, que está sola, que ama, otra gente que se estrella contra la vida todos los días.
A Sabines sólo le gustaba escribir a mano, pues decía que el ruido de la máquina de escribir lo distraía. Así lo relató: Yo escribo siempre en unas libretas grandes. Tienen pocas tachaduras, pocas enmendaduras, porque yo corrijo simultáneamente al acto de escribir, es decir, mentalmente. En el momento de llevar la pluma al papel estoy corrigiendo. Tal vez tacho unas palabras por otras, pero son pequeñas enmendaduras.
Cuando regresó a México a estudiar filosofía y letras, entonces sí que vivió gozoso en la que para él era una enorme ciudad: Fue una época muy importante y hermosa. Tuve excelentes maestros… En la facultad empecé a tratar con personas inteligentes, hablo de maestros y compañeros… Dos o tres de ellos escribían teatro. Algunos trataron de convencerme para que siguiera por ese camino, pero siempre supe que eso no era lo mío.
Años más tarde Sabines vuelve a Chiapas y se casa.
Como lo que más le gustaba era escribir, —siempre lo hacía recostado en la cama— muy a su pesar tiene que ponerse a trabajar en la tienda de telas de su hermano Juan para poder mantener su hogar: Era un poeta y sin embargo cada mañana tenía que levantar cuatro cortinas de acero y barrer la calle por donde pasa la gente tirando basura. Era un poeta, pero tenía que ponerme a vender metros y metros de manta o delantales… Ahora reconozco que esos años terribles me enseñaron muchas cosas: la humildad, a ser cualquier gente, aunque en el fondo supiera que yo era antes que nada un poeta.
Así como Jaime Sabines supo reconocer en su corazón que era poeta, sus lectores también podemos darnos cuenta de ello. Su poesía habla de las cosas que nos pasan a todos y sacuden nuestro propio corazón a lo largo de la vida, sin que muchas veces sepamos ni cómo decirlas. Sabines escribió sobre el amor, el desamor, la soledad, la muerte y la alegría.
En alguna ocasión dio estos consejos a los jóvenes: Aquello que yo aconsejaría a un joven poeta, a esos jóvenes que me leen, sería vivir y escribir. En ese orden, absolutamente. Si no se escribe de la vida, ¿de qué se puede escribir entonces? Hablar de las cosas que tocamos y nos rodean. Yo, por eso, hablo de mi cuarto, de mi cama, de mis zapatos, de mi cigarro. Y escribir… No puedes aprender a nadar si no te metes al agua. Yo abrí puertas a la poesía mexicana: le di carne y un poco de aire. Le di libertad. Y eso creo que lo ven los jóvenes.


