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Insatisfacción / Odiseas Posmodernas

Insatisfacción / Odiseas Posmodernas
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Esdras Camacho

—¿Por qué asistir a un taller de narrativa? —inquirió el profesor a los asistentes. Todos tenían respuestas elocuentes, inspiradoras, soberbias. Nombraré las primeras tres:

a) —La interacción entre compañeros del arte literario desencadena una oleada de historias, que a su vez pueden inspirar otras. Esa es mi respuesta.

b) —Quiero perder el miedo a mostrar lo que escribo.

c) —Busco crecer como persona a través de la escritura.

Suelo cuestionar o reflexionar sobre lo que se esconde detrás de cada respuesta. Me sorprende la habilidad que tenemos los seres humanos para usar eufemismos, para ocultar intenciones. ¿Somos ingenuos o habilidosos? Siempre he creído que estoy en algún punto intermedio.

Antes de iniciar la sesión, tuve tiempo de examinar medianamente las profesiones, orígenes y pasatiempos de casi todos los participantes. Esos detalles suelen revelar mucho sobre ellos.

¿Qué respondería yo cuando llegara mi turno?

Consideré decir: “Asistir es como ir al gimnasio; pero en lugar de fortalecer músculos, trabajo en fortalecer mi mente.” Aunque al final, opté por decir: —No estoy listo para responder. Por favor, que lo haga alguien más mientras lo pienso.

Al final, nadie se percató de mi falta de respuesta.

Asistir como participante a un taller de narrativa se asemeja a bailar en un baile rural; puedes bailar a tu propio ritmo, aunque no seas un experto. Quizás logres imponer un estilo de moda con tu forma de bailar o encuentres alguien que te enseñe.

“Describe en palabras la primera imagen que te venga a la mente”, dijo el profesor. Y yo escribí sin pensarlo: Gula.

¿Por qué elegí esa palabra? No lo sé con certeza. Podría haber escrito “hambre”, “pan”, “lluvia” o “podcast”. Siempre hay en mí un flujo caótico de palabras, brotando de manera involuntaria y constante.

Observé lo que escribió la mujer a mi lado. En mayúsculas, puso “INSATISFACCIÓN”. Al ver sus accesorios y elegante vestimenta, intuí una personalidad empoderada, con desapego, pero con el anhelo de ser vista y admirada. Me pregunté cuánto tiempo dedicaría a maquillarse y elegir su atuendo. Si nos encontráramos, ¿qué ocurriría? ¿Le gustaría que la besara con suavidad, o preferiría a un caballero o a un rudo en la cama?

—¿Tomamos un café, un vino, o vamos a mi habitación y ordenamos allí? le propuse con discreción.

—Si prometes ser Rodolphe Boulanger…, será tu habitación primero.

—¿Y quién es ese? pregunté.

—Te dejo esa tarea de investigar para la próxima sesión. Y la siguiente, vamos por café —sugirió.

Y aquí estoy, preguntándole al asistente virtual quién es Rodolphe Boulanger y por qué debo parecerme a él.

Al fin, que por eso me inscribí al taller, para aprender. 

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