
Sr. López
Era obvio que al Jefe de Proveeduría y Mantenimiento del Campo de Adiestramiento en que fue domesticado este su texto servidor (‘papá’ y ‘casa’, les decían otros niños), no le gustaba nada ver a su prole con el primo Danielito (el que ya sabe usted, el de cociente de inteligencia de molusco). Ya grande, este menda le preguntó el porqué de eso y contestó (era de pocas palabras): -Eso se pega -no hacía falta preguntar qué era “eso”… lo tonto.
Hace no mucho afirmó este menda que la Presidenta de la república no es estúpida. Y no es. Por eso, cuando dice estupideces, hay que andarse con cuidado.
Cualquiera, todos, cometemos estupideces y a veces las decimos. Es normal. Y no pasa nada.
A lo que sí conviene poner atención es al jefe de Estado, que por definición no es estúpido (no puede serlo si consiguió escalar hasta el tope del poder), que dice estupideces, las repite y las defiende; eso es necesariamente deliberado, premeditado e intencional, dirigido a algún objetivo, a conseguir algo. Mucho cuidado con la estupidez como método.
La estupidez se ha estudiado mucho. Si le interesa el asunto, léase ‘Asinus aureus’ (‘El asno de oro’), de Apuleyo, del siglo II d.C.; si se le ha oxidado su latín, entonces hurgue en ‘El triunfo de la estupidez’ (‘De triumpho stultitiae’), escrito por Faustino Perisauli (¡claro!), entre 1480 y 1490. También está el clásico de 1509, ‘Elogio de la estulticia’ (‘Stultitiae laus’, mal traducido como ‘Elogio de la locura’, cuando ‘stultitiae’ es estulticia, estupidez, no locura), de Erasmo de Rotterdam. Hay más textos, falta espacio.
Esos libros llevan el asunto más bien por el lado del chacoteo. Para ponerse serio busque por su lado lo que teorizó sobre la estupidez, Dietrich Bonhoeffer (un buen pastor luterano que murió ahorcado por los nazis en 1945), quien afirmaba que la estupidez es más peligrosa que la maldad y que los poderosos confían más en la estupidez de las masas que en su sabiduría, masas a las que ofrecen soluciones simples a los complejos problemas de la sociedad, consiguiendo gran cantidad de seguidores. Suena familiar.
Mucho más reciente, está la Ley Brandolini (2013), de Alberto Brandolini, que se hartó de tanta estupidez en las redes digitales y se puso a reflexionar, llegando a conclusiones interesantes, como que demanda más esfuerzo refutar una estupidez que producirla o sostenerla y que quien contradice o aclara una estupidez, queda como aguafiestas, cae mal. El estúpido en principio, es bien visto.
Así, el florilegio de estupideces que ha dicho la Presidenta Sheinbaum en defensa de sus compañeros de partido, acusados por los EUA de andar en malas compañías, debe tener alguna razón, porque no es estúpida y sabe muy bien que son asuntos judiciales que sí tiene pleno derecho a perseguir ese país por ser delitos que los impactan allá, igual que está muy al tanto que no es violar la soberanía solicitar su detención con fines de extradición, tal y como establece el tratado que México soberanamente firmó con los EUA.
La Presidenta alega que el Departamento de Justicia de los EUA quiere ser el principal elector de México y que por eso no detiene ni entrega ni investiga a sus compañeros de movimiento, partido y gobierno, señalados por colusión y complicidad con el crimen organizado. Es una estupidez pero sostiene la impunidad que los cohesiona y prepara la coartada para tampoco entregar a otros que le son intocables, el Pejestorio, sus hijos y sus muy cercanos. Sí, es una estupidez, pero no se trata de un concurso de sabiduría sino de argucias, de artimañas.
¿Le da pena a la señito decir semejantes estupideces?… no… y aunque le diera, está atrapada, más de uno de los que protege, la embarraría a ella si lo entrega; solo el costo de su ilegal precampaña electoral, alcanza para cantar una ópera.
Mientras ella y los suyos se protegen, esgrimiendo argumentos estúpidos, México ante el mundo, está como lazo de cochino. Como nunca. Y hemos llegado a esto porque, como decían las abuelas: lo que mal empieza mal termina.
Esto lo comenzó el señor de los abrazos y lo continúa su mejor discípula, doña Sheinbaum. El de Macuspana enfermo por su obsesión de ser prócer de la patria; ella, contagiada de lo mismo como moderna ménade (palabrón que ya nadie usa: en la mitología griega eran las sacerdotisa de Baco, poseídas por locura mística; después usado para referirse a una mujer descompuesta y frenética); ella venera al Pejestorio, sinceramente y aparte, lo teme, sabe de lo que él es capaz y sabe de lo que ella fue capaz.
Y esto no tiene remedio, así por las buenas, solo la imprevisible realidad puede obrar el milagro. Son casi caso clínico. Mire usted:
Desde los años 60 del siglo pasado, Erich Fromm describió un padecimiento mental grave que él definió como narcisismo maligno, “quintaesencia del mal”, “patología severa, raíz de la destructividad e inhumanidad más viciosas”, según don Erich.
A los que padecen de narcisismo maligno, enseña doña Valeria Sabater, “solo importan sus propósitos, sus intereses y se muestran indiferentes ante las consecuencias de los medios que emplean para conseguir sus objetivos”; y si de líderes políticos se trata, derivan en déspotas, déspotas autoritarios, con deseo ilimitado de poder, exigen obediencia ciega; para ellos no existen los principios éticos ni morales; solo les importan sus deseos, sus ansias de grandeza, acumular mayor estatus y preservar un liderazgo absoluto (…) rara vez ven límite alguno a su autoridad y para ello, no dudan en sobrepasar los límites y libertades de los demás (…)”.
Así son, tratan de imponer sobre los demás un pensamiento único, generan sufrimiento, rompen el tejido moral de la sociedad y expanden su poder a través de la corrupción. Por si le suena.
Seamos optimistas, como enseña don Miguel de Cervantes, no en el Quijote, en la Novela de la gitanilla: “(…) se dará tiempo al tiempo, que suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades”. Sí, cada día es uno menos, tiempo al tiempo.


