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El dilema de la hegemonía (III de V)

El dilema de la hegemonía (III de V)
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Carlos Perola Burguete

En la serie Cómo se construye el poder en México, esta tercera entrega examina cómo una mayoría deja de ser sólo aritmética electoral y comienza a actuar como dirección política: La mayoría como proyecto político.

Las mayorías políticas suelen explicarse en el momento en que aparecen. Las noches electorales, los porcentajes de votos, la composición de los congresos: todo eso parece ofrecer una fotografía clara del poder. Sin embargo, la verdadera naturaleza de una mayoría política no se revela en el instante de su victoria, sino en lo que ocurre después, cuando esa mayoría empieza a operar dentro de las instituciones del Estado.

Cuando las mayorías dejan de ser únicamente aritmética legislativa y comienzan a actuar bajo una misma orientación política, el poder adquiere otra naturaleza. La mayoría ya no es solo electoral ni institucional: se vuelve mayoría política, capaz de ordenar decisiones, prioridades y rumbo de gobierno.

Es ahí donde el poder adquiere su verdadera dimensión.

Las democracias contemporáneas están acostumbradas a convivir con mayorías cambiantes. Gobiernos que llegan, gobiernan durante un tiempo determinado y finalmente son reemplazados por nuevas fuerzas políticas. Esa circulación del poder es parte del funcionamiento normal de los sistemas democráticos. Sin embargo, cada cierto tiempo aparece una situación distinta: una fuerza política logra consolidar una ventaja suficientemente amplia como para permanecer en el centro del sistema durante varios ciclos electorales consecutivos.

Cuando eso ocurre, la política entra en otra etapa.

La discusión deja de concentrarse únicamente en las elecciones y comienza a girar alrededor de un fenómeno más complejo: la hegemonía. No se trata simplemente de ganar una elección, ni siquiera de ganar varias. Se trata de ocupar una posición dominante dentro del sistema político, una posición desde la cual una fuerza puede organizar alianzas, construir mayorías legislativas y definir buena parte del rumbo institucional del país.

La hegemonía no es necesariamente un problema para la democracia. De hecho, en distintos momentos de la historia política muchas democracias han tenido partidos o coaliciones que dominaron el escenario político durante largos periodos. Lo que distingue a esos momentos no es la existencia del poder dominante, sino la manera en que ese poder decide organizarse.

Ese es el punto en el que la política deja de ser aritmética electoral y se convierte en estrategia.

Cuando una fuerza política alcanza una posición hegemónica enfrenta un dilema que pocas veces se discute abiertamente. Puede intentar concentrar el poder dentro de su propia estructura partidista o puede optar por organizar ese poder dentro de un bloque político más amplio, en el que distintas fuerzas compartan responsabilidades y espacios de decisión. En términos formales, ambas opciones son compatibles con el funcionamiento democrático. En términos políticos, sin embargo, conducen a configuraciones de poder muy distintas.

La historia política ofrece ejemplos de ambas rutas.

En algunos países, los partidos dominantes terminan absorbiendo progresivamente a sus aliados hasta convertir el sistema político en una estructura fuertemente centralizada alrededor de una sola organización partidista. En otros casos, las fuerzas dominantes prefieren mantener un esquema de coaliciones relativamente estables, donde varias organizaciones políticas comparten el ejercicio del poder sin perder del todo sus identidades propias.

A primera vista, la diferencia puede parecer meramente organizativa. Pero en realidad define la forma en que se distribuye el poder dentro del sistema político.

Un partido dominante tiende a concentrar las decisiones dentro de su propia estructura. La disciplina interna se vuelve el principal mecanismo para organizar el poder y las tensiones políticas se procesan dentro del propio partido. Un bloque dominante, en cambio, introduce otro tipo de dinámica. Las decisiones se negocian entre fuerzas aliadas, las mayorías se construyen mediante acuerdos y el poder se distribuye en una red más amplia de actores políticos.

Ambos modelos producen estabilidad, pero lo hacen de maneras distintas.

La estabilidad de un partido dominante depende en gran medida de su capacidad para mantener cohesionada su propia estructura interna. La estabilidad de un bloque político, por el contrario, descansa en la habilidad para administrar acuerdos entre actores que conservan intereses y agendas propias. En un caso el poder se concentra; en el otro se articula.

En México, esta discusión comienza a adquirir relevancia porque el sistema político parece estar atravesando un momento particular de su historia reciente. Las transformaciones electorales de los últimos años han modificado de manera significativa la correlación de fuerzas dentro del Congreso y dentro de buena parte de los gobiernos estatales. Como resultado, el mapa político del país muestra señales de una concentración de poder que no se observaba desde hace varios ciclos electorales.

Ese fenómeno no puede entenderse únicamente como el resultado de una elección exitosa. Es también la consecuencia de un proceso político más amplio en el que una fuerza ha logrado ocupar el centro del sistema político nacional. Cuando algo así ocurre, el problema deja de ser cómo ganar elecciones y pasa a ser cómo administrar el poder que esas elecciones producen.

Y es ahí donde aparece el dilema de la hegemonía.

Una fuerza política que ocupa el centro del sistema puede intentar reforzar su propia estructura partidista para asegurar que el poder permanezca concentrado dentro de sus filas. Pero también puede optar por sostener una arquitectura política más amplia en la que otras fuerzas participen en la construcción de mayorías legislativas y en la gestión del poder público.

La diferencia entre una opción y otra no es menor.

En el primer caso, el sistema político tiende a simplificarse alrededor de un actor dominante. Las decisiones se vuelven más rápidas, las líneas de mando más claras y el poder más centralizado. En el segundo caso, el sistema se mantiene más complejo: las mayorías requieren negociación, los acuerdos se vuelven indispensables y la arquitectura del poder conserva varios centros de influencia.

Ambas rutas tienen ventajas y riesgos.

La concentración de poder puede producir eficiencia política, pero también puede reducir los espacios de deliberación interna dentro del sistema. La organización del poder en bloques amplios puede favorecer el equilibrio entre actores, aunque al mismo tiempo introduce una dinámica permanente de negociación que a veces ralentiza las decisiones.

Por esa razón, cuando un proyecto político alcanza una posición hegemónica, el dilema que enfrenta no es simplemente electoral. Es un dilema sobre la forma en que se quiere organizar el poder dentro del Estado.

Esa decisión rara vez se anuncia en discursos o en documentos programáticos. Se revela lentamente en la forma en que se distribuyen candidaturas, en el modo en que se construyen alianzas legislativas y en la manera en que se administra la relación entre las distintas fuerzas que participan en el ejercicio del poder.

Con el paso del tiempo, esas decisiones terminan definiendo el tipo de sistema político que emerge de una etapa histórica.

Por eso el debate sobre mayorías legislativas, coaliciones y sobrerrepresentación no puede entenderse únicamente como una discusión técnica sobre reglas electorales. Detrás de esas discusiones se encuentra una cuestión más profunda: la manera en que el poder se organiza cuando una fuerza política logra colocarse en el centro del sistema.

Y cuando ese momento llega, la política deja de girar únicamente alrededor de las elecciones.

Empieza a girar alrededor del poder mismo.

Cuando un proyecto político logra consolidarse en las instituciones, el efecto no se limita a las decisiones de gobierno. También produce un fenómeno menos visible pero igual de decisivo: la formación de nuevas élites de poder, actores que comienzan a ocupar los espacios que ese proyecto abre.

Porque una vez que la hegemonía aparece, la pregunta ya no es sólo cómo se ganó el poder.

La pregunta pasa a ser cómo se decide ejercerlo.

*Investigador Periodístico en luchas del campo mexicano, la soberanía alimentaria y económica y las relaciones entre Estado, empresas y comunidades rurales. Director de la A.C. PEROLA. Miembro Honorario del Despacho Jurídico B&G-Chiapas.

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