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Amor, carretera y chicharrón: el crujido que conquistó mis viajes (y quizá mi boda) / Relatos Escritos

Amor, carretera y chicharrón: el crujido que conquistó mis viajes (y quizá mi boda) / Relatos Escritos
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Nadia Ruiz

Hay viajes que se olvidan… y hay otros que se quedan tatuados en el alma. No por la distancia, ni por el destino, sino por esos pequeños detalles que transforman lo cotidiano en algo extraordinario.

Porque en el recorrido de la vida no solo te encuentras con personas o paisajes: te encuentras con momentos que saben a algo… y, en este caso, saben a chicharrón.

Todo comenzó como empiezan las mejores historias: sin planearlo. Un camino cualquiera, una compañía especial y esa sensación de que el viaje apenas comenzaba. Fue ahí, entre curvas, risas y silencios compartidos, donde apareció Paso Hondo, un lugar que no estaba en el itinerario, pero que terminó robándose el protagonismo.

Antes de conocerlo, ya lo había probado. Porque hay sabores que llegan primero al recuerdo y luego al lugar. El culpable tenía nombre: la chicharronería “Juquilita”.

Y entonces todo cambió.

“El chicharrón no se come… se escucha, se siente y se disfruta hasta el último crujido.”

La primera vez fue curiosidad. La segunda, antojo. La tercera… ya era tradición.

Sin necesidad de decirlo, mi compañero de aventuras y yo empezamos a repetir el mismo ritual. De ida o de regreso, siempre había una parada obligatoria. Y lo más curioso: nunca lo planeábamos, simplemente pasaba. Como si el destino —o el antojo— tomara el volante.

“Hay decisiones importantes en la vida… y luego está elegir parar por chicharrón. Esa siempre es la correcta.”

Lo que hace especial este momento no es solo el sabor —aunque hay que decirlo—: ese chicharrón tiene algo casi mágico. Dorado perfecto, crujiente al punto exacto, con ese sazón que parece abrazarte desde el primer bocado.

Pero hay un secreto que lo vuelve inolvidable: el chicharrón crujiente y el de carnita se preparan en grandes peroles, cocinados con leña, como dicta la tradición. Ese fuego lento le regala un sabor profundo, auténtico, imposible de imitar. Y como si fuera poco, no pueden faltar las tortillas calientitas que encuentras ahí mismo, calientitas, listas para envolver cada bocado y convertirlo en una experiencia completa.

“Crujiente por fuera, inolvidable por dentro: así debería ser todo en la vida.”

Pero no es solo eso.

Es la compañía. Es la forma en la que mi compañero de viaje convierte algo tan simple en una experiencia que espero con emoción en cada trayecto. Me encanta saber que no voy sola, que comparto risas, música, silencios… y, claro, el mejor chicharrón del camino.

Porque sí, hay viajes que se disfrutan más cuando alguien entiende tus antojos sin que tengas que explicarlos.

“Si el camino es largo, que sea… pero con buen chicharrón y una buena compañía.”

Paso Hondo dejó de ser un lugar de paso. Se convirtió en un punto de encuentro, en una excusa perfecta para detenernos, para disfrutar, para hacer del viaje algo más que un traslado.

Y entre broma y verdad —porque así nacen las mejores ideas— hay algo que ya tengo claro:

El día que me case… quiero chicharrón de Paso Hondo.

Sí, así como lo lees. Quiero llevar ese sabor tan único a uno de los días más importantes, porque con ese crujido, ese momento que se ha vuelto parte de mi historia.

Porque si algo ha demostrado este viaje es que la felicidad no siempre está en lo grande… a veces está en cosas diferentes y yo la encontré en una bolsa de chicharrón, en una parada inesperada y en la persona correcta a tu lado.

“Algunos coleccionan destinos… yo colecciono momentos con sabor”

Y así, entre caminos, risas y ese inconfundible aroma que anuncia que estamos cerca, entendí algo importante: hay lugares que no se buscan… pero que terminan quedándose para siempre.

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