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Un fin de semana en Tapachula  / Al Sur con Montalvo

Un fin de semana en Tapachula  / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo 

Querida Anna Karen, 

Despertar en Tapachula con la vista del Tacaná, una tasa de café y la melodía de Huperfeld A través de los Años: “you must remember this, a kiss is still a kiss, a sigh is just a sigh / thefundamental things apply, as time goes by”; es empezar el día sabiendo que lo bueno de cada final es el comienzo de algo nuevo. 

De la mesita de noche, tomo un tríptico del Museo del Café en Santo Domingo y otro del Criadero de Lagartos de Mary Paz en San Antonio Cahoacán, apenas saliendo de Tapachula hacia Tuxtla Chico. La carta de Beatriz me decide por el Criadero de Lagartos, llegar a Santo Domingo me llevaría mucho tiempo y ella me pide charlar ahora que encontró con quien compartir su vida justo cuando ya sentía acabada esa posibilidad. Ahí queda intacta su carta cuya leyenda final dice: “llegar a destiempo al amor, como hacer cenizas sobre incendios. No quisiera llegar a destiempo”. 

Recuerdo los relatos de Beatriz caminando sola por las playas de Pijijiapan, abordando una lancha de motor para avanzar costeando hasta llegar a Puerto Madero en un recorrido donde la pesca, su deporte favorito, se entremezcla con sus anhelos por encontrar pareja; ella sabe que el amor es una fiesta de nuestras soledades. Ruedo sobre la cama hacia el teléfono para confirmar la cita mientras me dejo fascinar con los anturios, aves del paraíso y orquídeas propios Tapachula que decoran el bargueño. Ahora escucho del otro lado la voz de Beatriz deseando recobrar la memoria del sueño que vive y no se sabe cómo terminará. La idea del amor es tan sólo la prolongación de un buen sueño. 

Es domingo. Las calles están desiertas a esta hora; el tiempo anda más despacio que de costumbre y brilla un poco más el sol apenas despuntando el alba. Beatriz decide sacudirse el marasmo, acudir al baño, observarse frente al espejo: uno que otro lunar diminuto, piel sedosa, costillas dibujadas y sin vientre abultado. Un giro de izquierda a derecha con las manos entre los cabellos lacios y un rictus de alegría y fiesta: el amor amaneció de color celeste con la belleza que le brindan los años bien puestos. 

Prepara un jugo de verduras compradas a las canasteras del mercado Sebastián Escobar quienes vienen de Guatemala, al que le agrega miel de mango de ese que se produce en Tapachula. Se prepara el café mientras se pregunta por qué los mexicanos serán tan poco afectos a esta bebida que más se aprecian en Europa donde no se produce. Entonces, todo queda dispuesto para desayunar en la placidez de un baño de tina mientras fija la vista en el Tacaná que, desde la ventana, le devuelve la frescura del campo. Con el desayuno en la tina ¡que bien cae escuchar las canciones de la cuasi tapachulteca Amparo Montes! Es el eco de la sirena, el jugo y el agua caliente en este océano donde las olas de la tina dibujan sus ilusiones. 

El teléfono suena. Salir o no salir de la tina es el dilema de Beatriz. A las siete de la mañana en domingo, ni idea de quien pueda ser. Quizá Julia preguntándole porque ya no regresó a la finca (no tiene ganas) o Armida para invitarla su casa en el mar (hoy no tiene deseos de ver cigüeñas ni pelícanos en los manglares); o Abel para hablarle de la estética en las artes plásticas indígenas (qué flojera, será otro día); y si fueras él, se pregunta…. (No. Imposible. Apenas llamó hace unas horas desde Comitán). Le deja la tarea a la contestadora automática, ese infernal aparato tan despersonalizador y frío como la misma historia de amores y desamores. Más tarde se sabrá que se trataba de una llamada equivocada, como una historia de amores lejanos. 

Sale de la tina chorreando agua mientras repara en las aves que vuelan en su jardín como un regalo de la naturaleza a sus ojos. Hoy, amaneció el día fresco y requiere de prendas claras y ligeras, no sabe bien por qué, pero así lo siente. Sacude la cabeza como perro mojado y luego alinea el cabello con los dedos. Un poco de orden en casa antes de salir. Trata de organizar lo inorganizable: apuntes, libros de arte, revistas, fotografías de España, Brasil, Miami, pero nada tan maravilloso como Tapachula, periódicos, plumas, disquetes, hojas, papeles, música, ropa, zapatos. ¡Buena suerte! Encuentra una tarjeta que lleva su nombre. La olfatea tratando de recobrar su aroma antes de tumbarse sobre la alfombra. 

Beatriz corre hacia “Mafalda”, su computadora, sin saber por donde empezar: “Querido Ives, es largo tu silencio… no tardes tanto”; Estimado Roberto, recibí tu atenta invitación, yo también deseo colaborar contigo en el rescate de iguanas…; Apreciado Rolando, leí tus libros y me encanta la idea de ser tu correctora de estilo…; Querida (¿cómo te llamas?) ¡Ah!, sí, Eugenia, tú también me encuentro bien… Estimado señor banquero, no me presione con los intereses; compréndalo: me urgían unas flores para mis floreros y Gatina para mi gato… 

Beatriz llega vestida de azul a la cita casi al mediodía. Un gato se acomoda en su regazo, le acaricia en tanto no salte huraño, harto del empalago. El gato es un animal admirable: inteligente, egoísta, elegante, altivo, limpio, digno, orgulloso, mimoso con mesura, violento a la menor provocación, cadencioso al andar, solitario por naturaleza, gregario por conveniencia, fiel consigo mismo, sigilosos, cauto, audaz, ve lo que nadie puede ver, perceptivo, melancólico, el gato como buen felino, posee la sabiduría de la libertad. ¿Conoceremos algún gato alguien? 

Terminamos con el café Express del agradable cafetín Maya Oro de la Finca Irlanda, una reserva natural. 

Dónde se produce uno de los mejores cafés orgánicos del mundo, en la calle 17 que debiera llamarse Boulevard al conectar el punto de entrada desde Guatemala, al punto de salida acuático la CDMX. Habla de nuevos planes para la finca, de sus plantaciones de maderables, del aprovechamiento de la miel de café, de los proyectos de ecoturismo que se promueve en Miami para esta región, de una casa de descanso en la finca para pensionados americanos; del tiempo perdido con los bancos y el gobierno llorando piedad cuando lo conveniente era ponerse a trabajar en nuevas opciones. De ahí, nos desplazamos al Centro de Convenciones de Tapachula para instalarnos a la orilla de la alberca donde las charlas son más agradables sin la pesadilla del claxon de la ciudad que toca todo el mundo como anunciando su presencia. Beatriz destila alegría pues el amor le llegó con la “idea del para siempre”. Mal momento para decirlo: encontramos a una amiga recién divorciada a sus 25 años de edad: “Ya no lo soportaba, pero lo quiero; no regresaría con él, es un macho que se niega a comprar las tortillas en domingo y no sale de casa de sus padres, ni me hace el amor por andar de parranda con sus amigotes, los días libres son de fútbol…” y mil etcéteras que me resisto a registrar por observar a un tucán rojo y amarillo que acaban de rescatar del cautiverio. 

Comer con una mujer recién divorciada y encima mojigata, es pesado. Pero comer en medio de dos de ellas con ideas diferentes del amor, es verdaderamente insoportable. Una hora de letanía moralista, tres Amarettos le bastaron para verla salir mareada en su confusión. El amor es una borrachera de los sentidos, ahora lo sabe. Y no creo que ella pueda soportar la resaca. 

— ¿A cuanto asciende la cuenta, señor?,— la solicita nuestra amiga. 

— ¿De la bebida? 

—No. De esta borrachera que nos instala en el amor. 

— ¡Discúlpeme, pero no hay precio para eso, señorita! 

Beatriz recobra el entusiasmo de sus proyectos y del amor mientras las luces ceden despidiéndonos de un domingo que muere lentamente en espera de un nuevo amanecer sin presiones y con la clara conciencia que en Tapachula todo es posible cuando se comprende que se trata de una cuestión de amor. 

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