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Quitados de la pena / La Feria

Quitados de la pena / La Feria
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Sr. López

 

No sé si esté de acuerdo pero a veces parece que en nuestra risueña patria, somos campeonísimos en el arte del tío Lolo: hacerse tonto solo (puede sustituir “tonto” por alguna palabra que rime con “dejo”).

 

A principios de 1970 -esplendor del pricámbrico clásico-, cuando Echeverría estaba en campaña para presidente, un grupo de estudiantes andábamos paseando a un alto funcionario del gobierno británico,  por encargo -y dinero- de un político tenochca de alto octano. Después de unos días de andar presumiéndole la Ciudad de México y alrededores (ya el reponiéndose de una diarrea modelo Cataratas Victoria, cortesía del mercado de antojitos de plaza Garibaldi, adonde lo llevamos a oír mariachis), se sintió en confianza y sorbiendo el tecito de manzanilla que ya toleraban sus devastadas vísceras, nos dijo que quería preguntarnos algunas cosas que no entendía de nuestro país… sólo si no nos molestaba. A coro le dijimos-rogamos que nos preguntara lo que quisiera.

 

Lo primero fue si de verdad era cierto que las elecciones siempre las ganaba el PRI.  “Claro”, dijimos a coro. Su segunda pregunta fue: -¿De verdad gana las votaciones? -y ya hubo varias respuestas, desde un disciplinado y orgánico “pero-por-supuesto” del gordo Ibáñez, que siempre fue muy rastrero, hasta un “y si pierde arrebata”, de La Flecha Ortega, que era de Sinaloa y de todo se reía, pasando por una explicación muy aburrida de Quijano, que era de Ciencias Políticas de la UNAM y se quiso lucir con un “análisis de-las-deformaciones-sociopolíticas-de-la-Revolución-Mexicana”, decantadas, según él, “en un régimen impopular y antidemocrático que reduce a la oposición a un papel marginal, por lo que… sí, siempre ganaba el PRI” (años después fue diputado federal… del PRI).

 

Calló unos momentos el sobreviviente de los tacos de nana, buche, tripa con cuerito, y la salsa de chile de árbol, y dijo muy despacio: -No entiendo, si va a ganar, si todos lo saben ¿para qué hacen campaña, para qué las elecciones? -enmudeció el palenque.

 

A este su texto servidor le caló. Me entró un algo así como coraje mezclado con complejo de tarugo y me empezaron a molestar los letreros, las fotos y lemas de la campaña de Echeverría (“Arriba y Adelante”, fue su frase, repetida “ad nauseam”): Echeverría en postes, Echeverría en mítines, Echeverría en la portada de los periódicos; Echeverría en el “Noticiero Continental” del cine, Echeverría en pasacalles; Echeverría en revistas, Echeverría en bardas, Echeverría en letreros hechos con piedras encaladas en las faldas de los cerros; Echeverría en lápices, ceniceros y plumas atómicas, gorras, camisetas y carteritas de cerillos: Echeverría, Echeverría, Echeverría… cuando tomó el cargo, yo ya lo odiaba.

 

¿Para qué? Quería entender el señor aquel tan educado, el absurdo en el que participaba todo el país, el teatro masivo, descarado y aceptado sin chistar por millones, salvo excepciones en células obreras y las serranías más apartadas. 

 

Consideraciones aparte acerca de los tiempos que corrían y las circunstancias que explican la aberración que vivimos durante décadas como si fuera lo más natural, hoy que eso parece historia antigua y que jamás volverá a pasar, sigue estando claro que en México, lo nuestro, lo nuestro… es hacernos tontos solos, en una simulación colectiva en la que todos sabemos el papel que nos toca representar y lo hacemos como si fuera lo más lógico, sin percatarnos de que en el resto del planeta (al menos en Occidente, que en el Lejano Oriente ¡vaya usted a saber cómo se manejan!), nos ven como un relojero vienés a un alebrije oaxaqueño, como un chef francés a un taco de canasta.

 

Ahora ya no sabemos quién ganará las elecciones desde el momento en que el PRI elige candidato (que, no hagan confianza, a punto estamos), pero sí en muchas otras estampas de nuestra vida cotidiana de las que todos sabemos no son lo que parecen, que la versión oficial es engañosa y la de los protagonistas, parcial cuando no sesgada y también mentirosa.

 

Ejemplo muy a la mano, las protestas de los maestros de la CNTE: todo el país sabe que la reforma a la ley de educación no la cambia ni la OTAN, que los líderes de los maestros lo saben, que los manifestantes lo saben, que los más violentos de entre ellos no son maestros sino infiltrados pagados por evento, y que se trata de maniobras para tratar, unos, de conseguir encarcelados y descalabrados para “negociar” con el gobierno y cuajar sus personales objetivos políticos; otros, de debilitar gobiernos locales, para luego, montarse en su lugar (y si no tanto, sí para ganar dinero contante y sonante); o lo que sea que se le ocurra a usted, pero todos saben que esa ley se queda.

 

También sabemos que los millares de marchistas y manifestantes, que aparentemente no cederán un milímetro en sus exigencias, en cuanto les dicen “aquí se rompió una taza”, vuelven a sus respectivas vidas, silbando bajito, a esperar la siguiente ocasión de salir a la calle a perder el tiempo propio y ajeno; y el tenochca estándar por su lado, tolera todo -sin el menor interés en qué mueve a esos miles a irse a dormir al suelo en plena calle, a sortear toletazos-, pensando feo de sus señoras madres, consuelo más que suficiente.

 

Lo mismo en otros escenarios más formales, como las firmas de pactos, iniciativas de reformas y debates en el Congreso: todos sabemos que de alguna manera ya hubo arreglos que nunca nos explicarán y que tamaña concordia es actuada y en beneficio de sus ejecutantes… lo mismo que las voces discordantes: protestas que enriquecen el “show” y le dan realismo.

 

Ahora que está de ¡y retiemble en sus centros! el asunto de quién va de candidato a la presidencia de la república de parte del Frente (PAN, PRD, MC), este menda le aconseja recordar otros episodios nacionales, los habituales. Arriba, donde habita el gran poder, todo está organizado. Como siempre (incluida la llegada de Fox y el retorno del PRI). El Pejehová lo sabe, Anaya también… y tan quitados de la pena. 

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