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¡Pásele marchanta! / La Feria

¡Pásele marchanta!  / La Feria
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Sr. López

Tía Concha tenía siete hijos varones y a su marido, tío Mario. Tía Concha medía casi 1.80 de estatura y casi lo mismo de ancho y profundidad; cocinaba muy rico, pero solo una vez por quincena: un sábado sí y otro no. Hacía en cantidades industriales, dos sopas aguadas, arroz, dos guisados y frijoles de la olla… y cada quien se calentaba y comía lo que quería. Los hijos, protestaban (tío Mario, delgadito y chaparro, no abría el pico), y ella decía que no en cualquier casa se podía escoger diario qué quería comer cada quien. Bueno, visto así…

Extrañas causas propagan ideas y costumbres, las cambian, las desechan o las hacen de casi universal aceptación. Al menos en lo que llamamos Occidente, actualmente nadie en sus cabales se atrevería a dictar una conferencia sobre las virtudes de la esclavitud; la sumisión de la mujer al hombre, como mandato de la Naturaleza; la superioridad de una raza; ni defender el derecho de conquista de las naciones europeas… todos esos temas han sido superados, nadie los discute (aunque despacharlos haya costado algo de esfuerzo de los mejores cerebros… y mucha sangre).

La universal igualdad de los individuos, los derechos humanos, la aplicación igualitaria de la ley, la libertad de expresión y creencias, junto con otros asuntos más, tienen ya ésta calidad de verdades evidentes (sin ser del todo ciertas, ni universales, ni aceptadas, ni aplicadas… pero en el discurso, sí: incontestables)

Encima, no todo lo que es generalmente aceptado como indiscutible y obvio, resulta ser bien entendido por todos y a veces es mal entendido por muchos. La democracia es tal vez, el concepto campeón en esto de entender cada quien lo que le viene en gana.

La democracia en su acepción más elemental es un sistema de elección popular de los gobernantes. La democracia casi es un dogma y buena parte del mundo Occidental, padece de una metástasis democrática aguda, de modo que los autócratas más fieros, se dicen demócratas; las dictaduras más prolongadas, afirman estar al poder gracias a procesos democráticos; los reyes y emperadores se echan encima la capa parlamentaria para poder sostener, aparte de la Corona, que lo suyo es democracia de la buena. Si alguien quiere proponer algo sobre la vida pública, debe encajar como pueda y en donde pueda, la palabra democracia (con guarnición de libertad, pluralismo, tolerancia; aderezo de aceite de oliva o mil islas, al gusto).

La democracia, como la concibieron los griegos (ni es cierto, fueron los de Atenas y algunas otras ciudades-estado… un rato), era nada más que tomaban las decisiones en la Asamblea Popular, a la que pertenecían solo los hombres libres (mujeres, extranjeros y esclavos, el 80% de la gente: ¡calladitos!).

Hubo antes y después otros remedos de lo que hoy entendemos por democracia (Roma, norte de la India, por ejemplo), pero siempre muy acotado el derecho de votar. El régimen democrático más antiguo que sí funcionaba, fue el de Islandia (con Parlamento desde el año 930), pero con caciques y esclavos. Tal vez el mejor régimen democrático antiguo sea el de las seis tribus indias (iroqueses) que en el siglo XVIII habitaban parte de lo que hoy es Nueva York, la Confederación Iroquesa: tenían Constitución (la Gran Ley de la Paz, de 117 artículos); Parlamento; votaban todos los adultos, hombres y mujeres; los hombres no podían presidir los clanes y solo podían ser elegidos para dirigir guerreros (sí, mandar en lo cotidiano, las mujeres; catorrazos, los señores; nada mal).

Después de muchos sobresaltos, en 1735 fue parida la democracia como la entendemos hoy (en Paraguay, antes que en los EUA, que en todo quieren ir mano), con un principio que suena muy bonito: “La voluntad del común es superior a la del rey”, que se entiende como “la mayoría manda”, sin que sean mayoría los que recapaciten en que ejercen su voto libre, para escoger a las autoridades, de entre los candidatos que escogen los partidos políticos, dominados a su vez por minorías muy cerradas (casi misteriosas).

No blasfemará este menda contra la democracia, so riesgo de perderlo a usted su lector amado… pero sí sostiene López que dentro de algunos siglos (o decenios), se van a desquijarar de las carcajadas que soltarán los que estudien nuestra historia política… o sea: ¿doña Clinton y el tal Trump eran lo mejor que les podían ofrecer a los ciudadanos yanquis para escoger Presidente?…  ¿Berlusconi representa lo más selecto de la política de Italia?…

En el mundo, la democracia como sistema de elección de autoridades, debe evolucionar; no es funcional un sistema pensado para comunidades de unos pocos centenares o miles de personas, que por ejemplo, para China, en donde votan ¡1,106 millones de ciudadanos! (del total de 1,382 millones 710 mil chinos), pero sin elegir Presidente, que a ese lo ponen los 2,956 diputados de la Asamblea Popular Nacional (el 0.00026% de la población decide por todos… ¡chulada!); o en los EUA, donde votan 231 millones 556 mil 622 ciudadanos, atosigados por campañas publicitarias como “infomerciales” de productos de belleza.

En México, la democracia electoral de 1929 al 2006, residía en los fondillos del Presidente (incluido el Fox, que trepó Zedillo); ahora en cambio, ya votamos y salvo unos cuantos centenares de modos de trampear, vamos mejorando, con el detallito de que tenemos que elegir de un menú escogido por unas cuantas camarillas que les llamamos “partidos políticos”, nada más por alegres que somos.

Este 1o de julio, enfrentaremos una boleta en la que aparecerán básicamente tres candidatos (los independientes son parte del humorismo político mexicano): uno bajo sospecha fundada de que es un pillo; otro del que son públicas sus tendencias a la demagogia y el autoritarismo; y otro que tiene todas las mejores credenciales de experiencia en la más alta burocracia, con sólida fama de honesto (que casi es un inconveniente en estas cosas), pero postulado por partidos de fétidas flatulencias… chin.

¡Pásele marchanta!

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