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No somos sus mensos / La Feria

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Sr. López

 

Tía Eloína cursó hasta segundo de Primaria (aunque mi abuelita Elena -su hermana- decía que era una presumida), y tenía mejor criterio para las cosas de la vida que un Doctor en Psicología. Un día, después de leer una columna de las primeras que le publicaron a este menda allá en el pricámbrico clásico, me dijo: -“Bueno, ¿y tú escribes estas cosas para qué?; la gente sabe todo… ¿qué te ganas con refregarles en la cara la mugre del gobierno?, nadie tiene ganas de sufrir” -pensó este su texto servidor cosas muy feas de la madre de esa señora tía… pero ayer, varias décadas después, tuve una epifanía de cinismo: ¿sí, para qué?

 

Estos arranques metafísicos de conciencia y cuestionamiento sobre el sentido verdadero de las cosas y de la vida, atacan a este junta palabras raras veces, casi siempre como reacción secundaria de un dolor de barriga o como efecto directo de no encontrar nada que ver en la tele, más de 80 canales y ¡nada! (¿Qué hacíamos los seres humanos en aquella Era que teníamos sólo dos?, que cuando tuvimos tres hasta risa daba -2, 4 y 5-, y mucho después cuando llegó el 8, jurábamos que iba a quebrar; era el Canal TIM, Televisión Independiente de México, de Monterrey). En fin, el caso es que ayer se puso filosófico el aplasta teclas… ¿o será que del poco dormir y del mucho leer, se seca el celebro?

 

En ese incómodo estado de ánimo no se le encuentra mucho sentido a nada, empezando por el empeño en preservar la buena salud que resulta ser a fin de cuentas, el fútil empeño en llegar en el mejor estado posible, al momento de la muerte (sí, ya sé, para tener calidad de vida, pero en estas no busca uno explicaciones, sino que ejerce su derecho a la pataleta); en algún momento de la vida empieza uno a cuidar qué come, cuánto bebe, cuánto duerme, cuida el peso, cuenta calorías, hace ejercicio (o vive proponiéndose hacerlo, sin llevarlo a la práctica)… para poder llegar completamente sano y muy presentable al momento de estirar la pata. ¿Para sorprender al de la funeraria?, ¡bonita gracia!

 

O tal vez estos arranques de nihilismo obedecen a que a partir de cierta edad se acumulan más dudas que certezas y se notan más algunos de los absurdos generalmente aceptados; mire si no:

 

A ver, ¿cuándo empezó la competencia de ganar dinero? Algo se perdió este López durante su educación, que no captó la importancia de ir por la calle humillando desconocidos con el último modelo de coche alemán -o japonés, es lo mismo-, que tiene computadora capaz de llevarlo a Marte por instrumentos, pantalla con los mapas de 1,250 ciudades, y dice cómo llegar a la cantina con la mejor botana del barrio, cuando el coche llega solo. Quién estableció que ir de vacaciones a Veracruz era de nacos; desde cuándo es obligatorio ver al médico en Houston; tener 15 tarjetas de crédito; 70 trajes “de marca” (los calzones también, que usar trusas Zaga, ni los migrantes); zapatos de piel de cocodrilo nonato y boa virgen; televisión tamaño pared; sistema de sonido apto para mítines; teléfono que saca fotos, videos y calienta el café; maletas de a 50 mil pesos (para impresionar cargadores). De cuando acá bebemos Cointreau después de comer, cuándo se hizo obligatorio tener botella de Jägermeister (56 hierbas diferentes de la Baja Sajonia), horripilante bebida apta solo para el neandertal -recién descubierto el fuego-, y teutones en el sitio de Leningrado.

 

¿Por qué trabaja uno como perro de trineo? (símil con derechos de autor de doña Alma Delia Murillo). ¿Por qué vivimos de prisa? ¿Desde cuándo es delito la siesta? ¿Quién decretó que tener deudas es bueno?, que hay que usar tarjetas de crédito, tener crédito hipotecario, crédito para enseres domésticos, crédito en el súper y el carro comprado por arrendamiento financiero para deducirlo de impuestos. Si no se vive ahogado en deudas, es un insolvente, aparte de que pagar con dinero es de pelados y a punto está de ser  tipificado, como conducta propia de gente de mala vida (narcos y secuestradores).

 

Hay cosas más serias: ¿por qué hay que hablarse de “tú” con el mesero y con el del gas?; ¿por qué tiene uno que ser amigo de los hijos? Durante 30 mil años la humanidad se dividió entre padres, hijos, parentela, viejos y jóvenes, vecinos y desconocidos, con cada quien en su lugar que eso de andar de cuates, todos contra todos, quedó en que nadie respete a nadie. ¿Por qué las cuarentonas deben tener cuerpo de adolescentes, por qué las adolescentes deben tener experiencia de cuarentonas? ¿De cuándo acá el modelo aceptable de varón debe tener músculos en la panza, bailar tango, salsa y “raggae fusion”?; ¿de cuándo acá los señores se hacen “peeling”; cuándo pasó de moda rasurarse?

 

De regreso a este oficio de escribir. ¿De veras importa? ¿El sentido de la vida es purgar a políticos de medio pelo proclamando su más reciente -que nunca última- burrada? ¿Alguno de ellos, nomás por no caer en la boca -en el teclado- de su menda enmendó su vida de bellaco? ¿Importa que se convierta alguno? (hay fila de aspirantes a sustituirlo en el albañal de las transas). ¿De veras la palabra mueve montañas? ¿No sería más productivo escribir cuentos para niños, libros de recetas de cocina tibetana, un tratado sobre la influencia del uso de desodorante en la decadencia de occidente, un estudio de por qué se arrugan las yemas de los dedos con el agua o los hábitos de apareamiento de los coleópteros, ilustrado (para adultos)?

 

Lo peor de esto de juntar palabras es que hay que leer mucho, cosa de suyo sabrosa, sí,  pero dedique usted 40 años a leer diario declaraciones de políticos (mexicanos), reportajes de sus última andanzas, comparar las versiones del mismo hecho en cuatro periódicos todos los días, todo para concluir que son cínicos y les sobra saliva (¡bendita la hora en que hablan! porque si escupen nos ahogan).

 

Y se escucha la vocecita desfalleciente de la conciencia: por moler, compañero, por moler. No consuela pero es divertido… y para que cuando menos, sepan que no somos sus mensos.

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