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Cada quien para su casa / La Feria

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Sr. López

Tío Alfonso se casó con una poblana descendiente directa de italianos, de nombre Francesca, guapa de hacer hervir el asfalto que pisaba, de sacarle resina a un poste de telégrafos abandonado en 1900 en el desierto de Altar, Sonora (Pepe, el más impresentable primo que tenerse pueda, les puso Poncho y Pancha; pero nadie les decía así, delante de ellos). Tía Pancha, aparte de ser muy aprehensiva, era gritona y por la menor cosa hacía la trágica escena final de Tosca (música de Puccini, libreto de Illica y Giacosa), pero no se supo nunca que el tío perdiera la paciencia con ella con una excepción, ya grandes, cuando lo llamó para decirle que uno de sus hijos, el casado, estaba hospitalizado a consecuencia de un grave accidente de coche. Como rayo llegó al hospital tío Poncho y supo por su estridente esposa que a Ponchito le habían enyesado un brazo y ya lo iban a dar de alta, pero ante la notoria ausencia de su nuera,  preguntó el tío si ya le había avisado y hasta ese momento se enteró  que estaba en el quirófano, en una cirugía de caballo (yegua en su caso), al borde la muerte… y entonces fue que el tío, superando a Pavarotti en cualquiera de los nueve do de pecho de la aria “Ah! mes amis” (“La hija del regimiento”, música de Donizetti, libreto de Bayard), le dijo a su querida y aún muy guapa esposa: -¡Eres una…! (retumbó por todo el sanatorio una palabra que rima con bandeja).

 

Por supuesto no se trata de establecer una escala de tragedias. Cada vez que pasa algo que lastima a alguien o le quita la vida, es tragedia, pero no es lo mismo la erupción del Vesubio que el incendio de una tintorería, ni el hundimiento del Titanic que el de una trajinera en Xochimilco. Para los deudos de una sola víctima eso es tragedia, pero no se puede considerar igual una que otra.

 

Lo del huracán Harvey, incuestionablemente es una tragedia. Hasta el momento parece que ya cobró ocho vidas, aparte de heridos e inundaciones de pronóstico reservado en Texas y Luisiana. Cosa seria. Pero llama la atención de este López que el reporte de antier -domingo 27 de agosto-, sobre las 1,200 muertes y 41 millones de damnificados, que ha causado la actual temporada de monzones en el sur de Asia (India, Nepal, Bangladesh y Pakistán), no mereció ni de cerca el trato que la prensa mexicana da a lo del Harvey.

 

Se entiende que la vecindad y el número de mexicanos residentes en el sur de los EUA, obliguen a prestar mayor atención… pero 8 difuntos frente a 1,200 fiambres  y miles de damnificados frente a 41 millones, no tienen punto de comparación. Algo pasa.

 

Sí, algo pasa, pero en México, porque nuestra permanente atención a lo que sucede en los EUA no es responsabilidad sino de nosotros mismos, de nuestra inconfesada veneración por lo yanqui, disculpe usted.

 

Algo similar sucedió con la tragedia de Charlottesville, Virginia, en la que un bestia supremacista blanco atropelló a la multitud y causó una muerte. Caso sobrecogedor, qué duda cabe, pero los numerosas matanzas del ejército yanqui en bodas y reuniones tribales del pueblo afgano, más las “bajas colaterales” que ya suman 20 mil civiles inocentes muertos, pasan desapercibidas, igual que el bombardeo del 6 de octubre de 2015 a un hospital de la organización humanitaria Médicos sin Fronteras (MSF), en Kunduz, al norte de Afganistán, bombardeo que siguió media hora más después de que se informara a los responsables militares estadounidenses y afganos en Kabul y Washington, que se trataba de un hospital (informe de MSF, El País, de esa fecha), causando la muerte de 22 personas, no mereció ni una fracción diferencial de la atención de nuestra prensa a lo de Charlottesville. Algo pasa, algo nos pasa.

 

También se explica por la vecindad que ofrezcamos y demos ayuda a los EUA cuando los azota la fuerza ciega de la naturaleza, como en septiembre de 2005, cuando las Fuerzas Armadas de México, en misión humanitaria después del Huracán Katrina, estuvieron un mes dando asistencia médica y alimentaria, a los damnificados de Nueva Orleans, ayuda que personalmente agradeció el presidente George W. Bush (nuestro ejército llevó y sirvió 170 mil comidas, otorgó 500 consultas médicas y repartió 400 toneladas de suministros), cosa que ayer recordó el Washington Post -WP-, como: “(…) un gesto extraordinario, que pudo haber salvado muchas vidas”. Se entiende, porque además, también a nosotros nos han ayudado, por ejemplo cuando los sismos de 1985 que destrozaron la capital del país (junto con Argentina, Colombia, España, Nicaragua y Venezuela, no nada más los EUA).

 

Por lo mismo es de decencia que nuestro canciller, Luis Videgaray, el domingo pasado, haya ofrecido apoyo al gobernador de Texas, Greg Abbott, porque lo del huracán Harvey, es cosa seria. Se entiende.

 

Ese periódico yanqui, el WP, es el que resalta que mientras ese domingo nuestro país ofrecía ayuda, el tal Trump, vía tuiter, aprovechaba el tiempo para insultarnos otra vez: “Tomando en cuenta que México es una de las naciones con más crimen en el mundo, debemos tener El MURO. México pagará por él a través de un reembolso o de otra vía”.

 

Y ayer, otra vez el Trump, durante una rueda de prensa con su homólogo finlandés, Sauli Niinistö, en lugar de decir que sí o que no, acepta la ayuda ofrecida (“…México puede salvar vidas estadounidenses, como ya lo hizo en el pasado…”, dice el WP), repitió “México pagará por el muro… puede ser mediante reembolso” (?) y ya encarrerado, agregó que probablemente tenga que poner fin al Tratado de Libre Comercio de América del Norte para lograr lo que considera condiciones justas con México y Canadá… pues, ¡órale!

 

Bueno… pues a buen entendedor, pocas palabras. Ya dejen de tratar de caerle bien; ya estuvo bueno: aquí se rompió una taza y cada quien para su casa.

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