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UNA CACHETADA POÉTICA

UNA CACHETADA POÉTICA
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La reunión, que originalmente era para tomarnos dos cervezas y probar una botana, se fue extendiendo.
Ese día prácticamente habíamos renunciado a sacar la edición del diario. En la plática se abordaba toda clase de temas.
De pronto alguién mencionó el nombre de un joven y excelente poeta nacido en la Ciudad de México, pero radicado en Tuxtla Gutiérrez, y que falleció en mayo de 1980.
Casi al instante, en la mesa de al lado, un muchacho comenzó a recitar la poesía del bardo fallecido. Todos volteamos a ver y agradecimos el recital.
Emilio comentó, con curiosidad, que quién recitaba era de masiado joven para haber conocido al poeta. Alfonso decidió invitarlo al ver que se había quedado sólo en su mesa. Continuó recitándose poesía y hablándose de su autor.
Entre los variados comentarios, el director del diario dijo que, en ese entonces, se había rumorado que, además del dengue, había influido en la muerte la depresión que el poeta sufría por el engaño de su novia.
Para nuestra sorpresa, el jóven se paró y le plantó una sonora cachetada a Alfonso, quién desconcertado nos hizo seña de que permaneciéramos tranquilos.
¿Porqué la cachetada? Preguntó. “De mi madre no vas a hablar mal”, respondió el joven.
Alfonso se disculpó, con sinceridad, y todos volvimos a sentarnos.
Fue, entonces, que el joven nos platicó que su madre había querido mucho al poeta, que nunca lo había engañado, que se casó años después de su fallecimiento y, por el amor que le guardaba al bardo, le enseñó al hijo, a él, a recitar toda su poesía.
La bohemia siguió esa noche de la cachetada poética.

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