
Antonio Cruz Coutiño
[De acuerdo con Dupaix], el señor Baradere llegó a cincuenta leguas de Palenque, ardiendo en deseos de ir allá; pero ¿Qué podía hacer un solo hombre con criados u otros auxiliares sin fuerza moral o inteligencia, contra un pueblo aún medio salvaje, contra serpientes y otros perniciosos animales, que infestan aquellas ruinas, y también contra la fuerza vegetativa de una naturaleza fecunda y poderosa que en unos cuantos años vuelve a cubrir todos los monumentos y obstruye todas las avenidas?
[…] El efecto del [discurso] anterior es quebrantar toda empresa individual, y por añadidura es falso. Todos los relatos basados en ello presentan una visita a estas ruinas como algo acompañado de inmensas dificultades y peligros, a tal grado que nosotros temíamos encontrarlos; pero no existe dificultad alguna en ir de Europa o de Estados Unidos a Palenque. Nuestras mayores penalidades, aún durante el largo viaje por el interior, provinieron del estado revolucionario de aquellos países y de la falta de tiempo; y en cuanto a una residencia allí, con el tiempo suficiente para construir una choza o preparar una vivienda en el Palacio, y conseguir provisiones de la orilla del mar, “aquellas peligrosas soledades” podrían serlo todo, menos desagradables.
Y para demostrar lo que pueden lograr los individuos, declaro que los dibujos del señor Catherwood incluyen todos los objetos representados en la obra de Dupaix y, además, otros que no aparecen en dicha obra, y que nunca antes han sido presentados al público; entre los que se encuentran el frontispicio de este tomo y las grandes estelas de jeroglíficos, las más curiosas e interesantes piezas de escultura en Palenque.
Agrego con pleno conocimiento de que sería refutado por futuros viajeros y [que estaría] en un error, que todos los dibujos del señor Catherwood son más correctos en proporción, diseño y sombras que los de Dupaix, y que suministran material más exacto para la especulación y el estudio. No habría dicho esto si no fuera por el deseo de [infundir] confianza al lector que pudiera estar dispuesto a investigar y estudiar estos interesantes vestigios.
En cuanto a la mayor parte de los lugares visitados por nosotros, no hallará más materiales cualesquiera que sean, salvo los que se proporcionan en estas páginas. Con respecto a Palenque encontrará una espléndida labor, hecha con materiales construidos bajo la sanción de una comisión gubernamental, y dados a la luz con explicaciones y comentarios de eruditos de París, al lado de los cuales mis dos tomos en octavo se reducen hasta la insignificancia; pero sostengo los dibujos contra esos costosos infolios y contra cualquier otro libro que se haya publicado acerca de estas ruinas.
Mi propósito ha sido, no producir una obra ilustrada, si no presentar los dibujos en una forma barata que permitiera ponerlos al alcance de la gran masa de nuestra comunidad lectora.
Más, volvamos a nosotros [mismos] en el Palacio. Mientras hacíamos nuestras observaciones, Juan estaba ocupado en un asunto que amaba con el alma: al igual que todos los mozos del país, su orgullo y ambición era servir a su amo. Desdeñaba la varonil ocupación de arriero y aspiraba a aquella de servil lacayo. Estaba ansioso por quedarse en el pueblo y no le agradaba la idea de permanecer en las ruinas, pero se reconcilió con ella cuando se le permitió dedicarse exclusivamente a la cocina.
A las cuatro nos sentamos a […] nuestra primera comida. El mantel estaba formado por dos hojas anchas, cada una como de dos pies de largo, arrancadas de un árbol en la terraza frente a la puerta. Nuestro salero se alzaba como una pirámide; era un estuche formado con hojas de maíz unidas a lo largo, y contenía cuatro o cinco libras en terrones desde el tamaño de un guisante hasta el de un huevo de gallina. Juan estaba tan feliz como si hubiera preparado la comida exclusivamente para sí. Y todo marchaba tan alegremente como el sonido de una campana de bodas, cuando el cielo se encapotó y estalló un agudo trueno precursor de la tormenta vespertina.
Desde la elevación de la terraza, el piso del Palacio dominaba una vista [del dosel superior] de la selva, y pudimos ver los árboles encorvados por la fuerza del viento; muy pronto una furiosa ráfaga barrió por entre las puertas abiertas, [misma que] fue seguida al instante por un aguacero torrencial. La mesa fue limpiada por el viento, y, antes de que pudiéramos escapar, quedó empapada por la lluvia. Arrebatamos nuestros platos y acabamos de comer como pudimos.
La lluvia continuó con fuertes truenos y rayos toda la tarde. En la absoluta necesidad de establecer nuestra vivienda entre las ruinas, apenas habíamos pensado en el hecho de estar expuestos a la intemperie, hasta que nos vimos obligados a hacerlo. Por la noche no pudimos encender una vela, pero la oscuridad del Palacio fue iluminada por luciérnagas de extraordinario tamaño y brillantez, las que revoloteaban por los corredores y se detenían sobre los muros, mismas que formaban un impresionante y bello espectáculo. Eran de la misma clase de las que vimos en Nopá, conocidas con el nombre de escarabajos brillantes, y son mencionadas por los primeros españoles entre las maravillas de un mundo en donde todo era novedad, como “las que muestran el camino a los que viajan de noche”. Y el historiador las describe así:
“…un poco más pequeñas que gorriones, tienen dos estrellas junto a los ojos, y dos más bajo las alas, [mismas que] dan una luz tan grande que con ella podían hilar, tejer, escribir y pintar; y los españoles iban por la noche a cazar [las jutías] o pequeños conejos de aquel país; y para pescar, llevaban estos animales atados a los dedos gordos del pie o a los pulgares; y los llamaban cocuyos, siendo también de utilidad para librarlos de los mosquitos, que allí son muy fastidiosos. Los cogían por la noche con tizones, porque eran atraídos hacia la luz, y llegaban cuando se les llamaba por su nombre; y son tan pesados que cuando caen no pueden levantarse otra vez; y los hombres se frotan la cara y las manos con una especie de humedad que hay en estas estrellas, que mientras dura parecen encendidas”.
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