
©️ Ilustración del señor Catherwood.
Antonio Cruz Coutiño
[Ya en Tumbalá] las chozas se hallaban distribuidas entre altas, ásperas y pintorescas rocas, que tenían la apariencia de haber formado en otro tiempo el cráter de un volcán. Indios borrachos estaban recostados en la senda, de modo que tuvimos que salir de ella para no atropellarlos.
Cabalgando a través de un estrecho paso entre estas altas rocas salimos al extremo de una elevada planicie perpendicular [cerro K’ukwits], a varios miles de pies de altura, sobre la cual estaba situado el pueblo de Tumbalá. En frente estaban la iglesia [especialmente bella] y el convento; la plaza se encontraba llena de indios de aspecto salvaje, preparándose para una fiesta [postrimerías de la celebración de la Santa Cruz, o de San Isidro Labrador], y en el extremo mismo de la inmensa meseta había una elevada cima cónica, coronada por las ruinas de una iglesia [hoy el panteón municipal].
En conjunto era este el más rústico y extraordinario lugar que hasta entonces habíamos visto, y, aunque no está consagrado por semblanzas o memoriales, [seguramente el sitio] había sido asiento de [algún] pueblo indígena desde épocas desconocidas.
[Fueron tales] las circunstancias peculiares de nuestro viaje por esta región, que cada hora y cada día producían algo nuevo. Nunca teníamos idea alguna sobre el carácter del lugar al que nos acercábamos hasta que entrábamos en él, y las sorpresas se sucedían continuamente. En un extremo de la meseta estaba el cabildo. El Justicia era hermano del padre Solís —nuestro amigo de la vajilla de plata—, que era tan pobre y enérgico como el [presbítero] rico e inerte.
En el último pueblo se nos había dicho que sería imposible conseguir indios para el día siguiente, [por] motivo de la fiesta, y habíamos determinado quedarnos; pero mis cartas de las autoridades mexicanas fueron tan eficaces, que, inmediatamente el Justicia tuvo una plática con cuarenta o cincuenta indios, y, deteniéndose ocasionalmente para abofetear a alguno de ellos, se arregló nuestro viaje hasta Palenque en tres días, y se pagó y distribuyó el dinero.
Aunque el salvajismo de los indios hacía que nos sintiéramos un poco perturbados, casi lamentábamos esta inesperada prontitud; pero el Justicia nos dijo que habíamos llegado en un momento afortunado, porque muchos de los indios de San Pedro [San Pedro Sabana, municipio de Salto de Agua], que eran evidentemente un mal grupo [sic], se encontraban ahora en el pueblo; más, él escogería a aquellos que conocía, y enviaría un alguacil suyo para que nos acompañara durante el trayecto. Como no nos animó en modo alguno para que nos quedáramos, y más bien parecía ansioso de que nos apresurásemos, no hicimos objeción alguna, y en nuestro anhelo por llegar al término del viaje, sentimos un temor supersticioso del efecto que pudiera tener alguna demora voluntaria.
Con la escasa luz que aún quedaba, nos condujo a lo largo de la misma senda hollada por los indios siglos antes, hasta la cima del cono que se elevaba en el extremo de la meseta, desde la cual miramos hacia abajo, a un lado una inmensa barranca de varios miles de pies de profundidad, y hacia el otro, sobre la cresta de una gran cadena de montañas [rumbo NNE], divisamos el pueblo de San Pedro [Sabana], término de nuestra próxima jornada; y más allá, sobre la cadena de montañas de Palenque, la laguna de Términos y el Golfo de México. Esta fue una de las más grandiosas, agrestes y sublimes escenas que jamás contemplé.
En la cima se alzaban las ruinas de una iglesia y de una torre, esta última probablemente usada en otro tiempo como mirador; y cerca de ella había trece cruces [antiguas] erigidas sobre los cuerpos de los indios que, un siglo antes [durante la rebelión de los mayas tseltales y choles en 1712], le ataron las manos y los pies [a un] cura, y lo lanzaron al precipicio, por lo que [los homicidas] fueron muertos y enterrados ahí mismo. Cada año se colocan nuevas cruces [en el lugar], para mantener viva en la mente de los indios la suerte de los asesinos.
Por todo el derredor, sobre alturas de montañas casi inaccesibles, y en las más profundas barrancas, los indios tienen sus milpas o pedazos de terreno sembrados con maíz, viviendo casi tal como cuando los españoles cayeron sobre ellos. El Justicia señaló con el dedo hacia la región que [según sus palabras], todavía estaba ocupada por los “sin bautismo” [mayas lacandones, hacia el oriente]: el mismo extraño pueblo cuyo misterioso origen nadie conoce, y cuyo destino nadie puede predecir.
Entre todas las agrestes escenas de nuestra apresurada gira, ninguna se encuentra más fuertemente impresa en mi mente que esta, con los salvajes indios alrededor; pero el señor Catherwood estaba demasiado excitado y nervioso [como] para arriesgarse a hacer algún boceto de [ellos]. Al anochecer regresamos al Cabildo, que estaba decorado con siempre-verde para la fiesta, y en uno de los extremos había una mesa, con una imagen de la virgen [de Candelaria] lujosamente ataviada, sentada bajo una enramada de hojas de pino.
En la noche visitamos al cura: el delegado del padre Solís, un caballeroso joven de Ciudad Real, que se estaba poniendo tan redondo, y daba indicios de salir tan rico de este pueblo como el mismo padre Solís. Él y el Justicia eran los únicos hombres blancos en el lugar. Regresamos al Cabildo; los indios llegaron a dar las buenas noches al Justicia, le besaron el revés de la mano y nos dejaron solos.
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