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La FIFA toca la puerta, nosotros entregamos las llaves / Sarcasmo y café

La FIFA toca la puerta, nosotros entregamos las llaves / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

Estamos prácticamente a horas de la inauguración del Mundial y no sé ustedes, pero yo siento como que nos invitaron a una fiesta en nuestra propia casa y aun así tenemos que pedir permiso para entrar.

Porque una cosa es organizar un evento de talla mundial y otra muy distinta es descubrir que, cuando llega un organismo tan poderoso como la FIFA, las ciudades dejan de comportarse como ciudades y empiezan a comportarse como recintos privados con habitantes temporales.

Durante meses nos han repetido que debemos sentirnos orgullosos porque el mundo nos estará viendo, que llegarán miles de visitantes que harán una derrama económica histórica y que esta es una oportunidad única para mostrar lo mejor de México.

Y seguramente algo de eso es cierto.

Lo curioso es que mientras escuchamos esos discursos, también vemos comerciantes preocupados porque las restricciones les están espantando a los clientes, vecinos intentando entender qué calles seguirán abiertas para poder llegar a sus casas y cuáles amanecieron convertidas en territorio internacional, aficionados revisando reglamentos que cambian más rápido que las alineaciones de algunos equipos y dueños de palcos descubriendo que la palabra “propiedad” puede ser mucho más flexible de lo que imaginaban.

Hay que reconocer que el Mundial tiene una capacidad extraordinaria para alterar la realidad porque, de pronto, cosas que en cualquier otro contexto provocarían una gran indignación se convierten en sacrificios necesarios por el bien del espectáculo.

Cierran accesos, se modifican rutas, se imponen restricciones, se delimitan zonas enteras.

¿Y qué responde la mayoría?

“Bueno, es que es el Mundial”.

Y parece que esa frase tiene propiedades mágicas porque funciona como explicación, justificación y absolución al mismo tiempo.

Imaginen por un momento que cualquier otra organización llegara a una ciudad y dijera que ciertas áreas deberán operar bajo reglas especiales durante semanas, que algunos negocios tendrán afectaciones, que habrá cambios en la movilidad y que determinados derechos o acuerdos previos tendrán que ajustarse a las necesidades del evento, obvio la reacción sería inmediata.

Pero cuando aparece la palabra FIFA, el debate cambia de tono. Es como si entráramos en una dimensión paralela donde todo se vuelve aceptable porque el balón rueda.

Y lo más curioso es que ni siquiera se trata de una invasión. Nadie llegó por sorpresa a imponer condiciones a la fuerza. Durante años se buscó albergar el Mundial, se firmaron acuerdos y se aceptaron reglas que hoy permiten que una organización deportiva tenga influencia sobre aspectos que van desde los palcos hasta la operación de espacios públicos. Lo verdaderamente fascinante es que después de aceptar las condiciones, todavía actuamos sorprendidos cuando el invitado decide comportarse exactamente como dijo que se comportaría.

Y ojo, no estoy contra el futbol.

A mí me parece perfectamente entendible que millones de personas estén emocionadas. El Mundial no es cualquier cosa, es uno de los pocos eventos capaces de detener conversaciones, unir generaciones y lograr que personas que normalmente no coinciden en nada discutan apasionadamente sobre algo.

Lo que me resulta imposible ignorar es todo el teatro que se construye alrededor.

Porque mientras nos hablan de una fiesta para todos, hay gente que siente que la invitación nunca llegó.

Pienso en los pequeños comerciantes que escucharon durante años las promesas sobre beneficios económicos extraordinarios. En el papel todo sonaba maravilloso habrá más turistas, más movimiento, más ventas pero la realidad, como suele suceder, tiene la desagradable costumbre de ser más compleja.

Porque el turista no necesariamente termina pasando frente al negocio que llevaba meses esperando su llegada. Porque una calle cerrada puede hacer más daño que cualquier promesa de derrama económica. Y porque esas cifras millonarias que aparecen en los discursos rara vez vienen acompañadas de una lista que explique quiénes se benefician y quiénes se quedan mirando desde la banqueta.

También están los aficionados, que merecen una mención especial porque han descubierto algo muy interesante. Resulta que ser fanático del futbol no necesariamente te convierte en el protagonista del Mundial.

Muchos soñaron durante años con vivir un Mundial en casa. Lo que quizá no imaginaron es que la parte más accesible de la experiencia seguiría siendo la televisión de la sala.

Hay algo particularmente irónico en escuchar que el Mundial vuelve a casa mientras millones de personas descubren que entrar a verlo en vivo es casi tan realista como fichar para la selección nacional. La fiesta, las banderas, los cierres de calles, las restricciones, los turistas, todo eso está aquí, pero los boletos parecen haber sido diseñados para una realidad económica que no vive precisamente en este vecindario. Al final, muchos ciudadanos terminaremos participando como siempre; aportando el entusiasmo, soportando las molestias y observando el espectáculo desde fuera de la ventana.

Y luego está el caso de los palcos. Si algún escritor satírico hubiera inventado esta historia, probablemente le habrían dicho que estaba exagerando.

Hay personas que compraron espacios dentro de un estadio pensando que eran dueños de ellos. Una idea bastante razonable considerando que, bueno, los compraron.

Pero el Mundial tiene esa capacidad de redefinir conceptos.

De pronto aparece una maraña de condiciones, contratos, disposiciones y reglamentos que convierten algo aparentemente sencillo en una discusión jurídica digna de especialistas.

Y uno termina observando todo desde fuera con cierta admiración.

Porque no todos los días se presencia un fenómeno capaz de hacer que alguien descubra que es propietario de algo, excepto cuando quiere usarlo. Y que, además, si finalmente logra entrar, ya no puede hacerlo bajo las mismas condiciones que tenía antes. Resulta que hasta la comida que normalmente podía llevar queda atrapada en el universo de reglas especiales que acompaña al torneo.

Pero quizá lo más divertido de todo sea la situación de quienes ni siquiera seguimos el futbol, porque también estamos participando sin querer, sin pedirlo y sin boleto.

El Mundial tiene esa característica democrática, afecta por igual al fanático que conoce las estadísticas de cada jugador y al que todavía necesita que le expliquen la mitad de las reglas del juego.

La cosa es que todos acabamos formando parte de la organización. Todos tenemos que hacer algún ajuste, modificar algo o ceder un poco de espacio.

Y ahí es donde aparece la contradicción más interesante de todas.

Nos dijeron que el mundo vendría a conocer México.

Sin embargo, por momentos da la impresión de que México ha pasado meses reorganizándose para cumplir las expectativas del mundo.

Como esa familia que recibe visitas importantes y pasa semanas limpiando, acomodando muebles, cambiando rutinas y escondiendo todo aquello que considera inconveniente para causar una buena impresión. Cuando finalmente llegan los invitados, la casa luce impecable. El detalle es que los habitantes ya no saben muy bien dónde dejaron sus cosas.

La fiesta va a comenzar ya. Habrá inauguraciones, ceremonias, cámaras, turistas, fotografías y millones de ojos observando. Y seguramente será un espectáculo extraordinario.

Solo espero que cuando todo termine, además de las fotos, los recuerdos y las estadísticas, también podamos preguntarnos algo muy simple; si esta era una fiesta para todos, ¿en qué momento nos convertimos en el personal de logística?

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