
©️ Dibujo de Catherwood. Descansando en ruinas. c1840.
Antonio Cruz Coutiño
Libres de toda aprensión, nos hallábamos ahora en pleno goce de la agreste región y del rústico modo de viajar. Pero nuestros pobres indios quizá no lo disfrutaran tanto. La carga habitual era de tres a cuatro arrobas [11.56 a 13.0 kg por arroba]; es decir, de setenta y cinco a cien libras [entre 46 y 50 kg, mientras que] las nuestras no pesaban más de cincuenta [23 a 25 kg]; pero el sudor rodaba a chorros sobre sus cuerpos desnudos, y cada miembro les temblaba.
Después de un breve descanso, emprendieron de nuevo la marcha. El día era caluroso y sofocante, el terreno seco, árido y pedregoso. Realizamos dos pronunciados descensos y llegamos al rio Dolores [probablemente actual río Azul]. En ambas márgenes había grandes árboles que proporcionaban una hermosa sombra, la cual, tras nuestra abrasadora marcha a caballo, encontramos deliciosa. El río tenía unos trescientos pies de ancho [noventa y un metros]. En la estación de lluvias era intransitable, pero en la de secas no tenía más de tres o cuatro pies de profundidad; era [absolutamente] claro y de color verde pardusco, probablemente a causa del reflejo de los árboles. No habíamos tomado agua desde que dejamos el puente colgante, y tanto las mulas como nosotros bebimos sin medida.
Permanecimos aquí media hora; y entonces ciertos temores, que habían estado más o menos vigentes todo el tiempo, nos hicieron sentir incómodos. Nos aproximábamos, estando ya muy cerca de ella, a la frontera de México. Este camino era tan poco transitado que, tal como se nos informó, no contaba con una guardia permanente; no obstante, piquetes de soldados recorrían toda la línea fronteriza para impedir el contrabando, mismos que podrían considerarnos a nosotros mismos como tal. Nuestros pasaportes eran válidos para salir de América Central; pero para entrar a México se precisaba el pasaporte de las autoridades mexicanas [radicadas] en Ciudad Real [San Cristóbal de Las Casas], a cuatro jornadas de distancia. La palabra “volver” no formaba parte de nuestro vocabulario; quizás nos veríamos obligados a aguardar en la selva hasta que pudiéramos enviar por uno.
A la media hora llegamos al río Lagartero [uno de los afluentes del San Gregorio], la línea limítrofe entre Guatemala y México, una escena de agreste e incomparable belleza, con riberas sombreadas por algunos de los árboles más [solemnes] de las selvas tropicales, con agua tan clara como el cristal, y peces de un pie de largo, retozando en ella tan mansamente como si no hubiera anzuelos. No se veía soldado alguno; todo estaba tan desolado como si ningún ser humano hubiese cruzado la frontera jamás.
Tras una deliberación momentánea acerca del lado en el cual acamparíamos, determinamos establecernos en México. Yo iba montado en el caballo de Pawling, y lo espoleé para que entrara al agua, a fin de ser el primero en llegar a tierra. Con una sola zambullida sus patas delanteras ya no tocaron el fondo y mis piernas quedaron bajo el agua. Vacilé por un instante; pero como el agua subió hasta mis pistoleras, mi entusiasmo cedió, y volví hacia América Central.
Según descubrimos más tarde, el agua tenía entre diez y doce pies de profundidad [algo más de tres metros]. Esperamos a los indios, con cierta duda sobre si sería posible, en todo caso, cruzar con el equipaje. Hacia arriba, a corta distancia, había un borde de rocas que formaba unos rápidos, sobre el cual había existido un puente con arco de madera y contrafuertes de piedra, éstos últimos aún en pie, pues el puente había sido arrastrado por la crecida de las aguas siete años antes.
Estábamos a fines de la estación seca; las rocas en algunos lugares no estaban húmedas, ya que el caudal del río corría en canales a cada lado, y se colocó un tronco hasta ellas desde los contrafuertes del puente. Quitamos las sillas y las bridas a las mulas y, cautelosamente, con el agua rompiendo con rapidez a la altura de nuestras rodillas, pasamos todas las cosas a mano hasta el otro lado, operación que casi nos tomó una hora. Una sola lluvia nocturna en las montañas lo habría tornado impracticable. En seguida las mulas fueron pasadas a nado, y todos llegamos a tierra en México, sanos y salvos.
En la margen opuesta al lugar por el que intenté cruzar había un claro semicircular, del cual la única abertura era el sendero que conducía a las provincias mexicanas. Lo cerramos y soltamos a las mulas; colgamos nuestras mochilas en los árboles y vivaqueamos en el centro. Los hombres encendieron una fogata y, mientras preparaban la cena, bajamos al río para bañarnos. Los rápidos quebraban arriba de nosotros. Lo salvaje de la escena, su aislamiento y lejanía, la limpidez del agua, la sensación de haber culminado una parte importante de nuestro viaje, todo ello restableció nuestro estado físico y moral. Ropas limpias consumaron la gloria del baño.
Durante varios días nuestros órganos digestivos habían estado descompuestos, pero cuando nos sentamos a cenar hubieran podido dar cuenta de las riendas de nuestras mulas, [comérnoslas]; y en cuanto a mi bravo macho, era un placer oírlo cascar su maíz. Estábamos fuera de América Central, a salvo de los peligros de la revolución, y nos encontrábamos en los agrestes confines de México, gozando de buena salud, buen apetito y con algo qué comer.
Aún teníamos un viaje tremendo ante nosotros, pero nos parecía cosa de nada. A grandes trancos caminamos por el pequeño claro tan orgullosamente como los conquistadores de México, y [durante] nuestro desbarro [o discusión fuera de razón] resolvimos que habríamos de desayunar pescados. No teníamos anzuelos, y en nuestro equipo de viaje no había ni un alfiler; pero teníamos agujas e hilo. Pawling, con la experiencia de siete años de “vida borrascosa”, tenía expedientes [experiencias]; puso una aguja en el fuego, lo que ablandó su temple, de tal modo que la dobló hasta formar un anzuelo.
En cada árbol había una caña, y podíamos ver a los peces en el agua; lo único que necesitábamos era que abriesen la boca y se engancharan en la aguja; pero lo hecho no [había sido] suficiente, y por esta sola razón no atrapamos ninguno. Regresamos. Nuestros hombres cortaron algunas varas y, tras apoyarlas en la horqueta de un árbol, las cubrieron con ramas. Extendimos debajo nuestros petates, y quedaron dispuestos el techo y nuestras camas. Los hombres apilaron trozos de leña sobre el fuego, y nuestro sueño fue profundo y magnifico.
La mañana siguiente, al alba, estábamos de nuevo en el agua. Nuestro baño fue aún mejor que el de la noche anterior y, cuando monté me sentía capaz de cabalgar a través de todo México y [el estado de] Texas hasta la puerta misma de mi casa. De vuelta nuevamente a los vapores y ferrocarriles. ¡Cuán insulsas, domésticas e insípidas me [parecían] todas sus comodidades!
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