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Que retornen las horas serenas

Que retornen las horas serenas
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Por Manuel Ruiseñor Liévano

Si un sello ha marcado el siglo veintiuno mexicano, ese, sin duda alguna, ha sido el de la violencia y la inseguridad, síntomas patológicos de una democracia que no se consolida y subsiste bajo la constante amenaza de la fragilidad institucional, la incapacidad gubernamental y el desdén de la sociedad. Los hechos de sesgo terrorista acontecidos recientemente en las inmediaciones de la capital del estado del Chiapas, son una muestra palpable de ello y, lo más preocupante, de la acelerada descomposición de las condiciones de gobernabilidad y del temor creciente de la población, que no atina a comprender los alcances del exhibicionismo del crimen organizado, la disputa por territorios entre cárteles de la droga y, menos aún, el silencio y la ineficacia de las autoridades federales y del estado.

Hace poco más, poco menos de medio siglo, desde las páginas del cotidiano Excélsior, el periodista Manuel Buendía Téllez Girón, víctima del crimen, acuñó, entre otros, el término de la “colombianización de México”, alertando el riesgo que entrañaba en aquellas horas de la república, el proceso de avance de los cárteles de la droga y el control y ocupación de territorios, así como el surgimiento de grupos armados para defender con violencia diversos cuanto opuestos intereses.

A más de 50 años de aquella advertencia, propia de la lucidez y el quehacer investigativo del periodista michoacano asesinado, todo indica que ese es el pan cotidiano de un conjunto de entidades federativas bien identificadas por las autoridades nacionales, entre las cuales y para nuestra desgracia se encuentra Chiapas.

No se necesita mucha materia gris, para saber que urge una respuesta de las instituciones del Estado y un llamado urgente de la sociedad civil, para tomar cartas en el asunto y construir de manera consensuada una estrategia para proteger lo más valioso que tenemos los seres humanos, la vida y la paz. Y más allá de eso, proteger los patrimonios que las familias chiapanecas han edificado en un marco secular y emblemático de desventaja y adversidad social, propia de un estado que hace 200 años, decidió ser parte de la nación mexicana y sigue siendo el más rezagado de todo el país.

No permitamos que el proceso de colombianización se finque en Chiapas. No permitamos que el crimen organizado, el negocio de la droga y las guerrillas y autodefensas, se arraiguen en el marco de una violencia cada vez más generalizada. La percepción social de inseguridad que registra la opinión tiene como referente específico la violencia del crimen organizado. Chiapas demanda una sociedad sin miedo; una sociedad estable, una sociedad igualitaria; de otra forma se estaría abriendo paso a un tiempo nublado, a un futuro incierto.

Hoy, más que nunca, esta legendaria y bicentenaria tierra, nos llama a revisar la historia, nuestra historia y retomar aquel emotivo y por igual poderoso llamado de nuestro himno: “Compatriotas, que Chiapas levante / una oliva de paz inmortal (…) / y marchando con paso gigante / a la gloria camine triunfal / Cesen ya de la angustia y las penas / los momentos de triste sufrir / que retornen las horas serenas/ que prometen feliz porvenir”. ¡Es hora!

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