
Edgar Hernández Ramírez
El discurso pronunciado por la presidenta Claudia Sheinbaum en Puebla no fue una pieza ceremonial para cubrir el expediente patriótico del 5 de Mayo. Fue, en realidad, una respuesta política de alto voltaje a los tiempos que corren; un mensaje dirigido a Estados Unidos, a la oposición mexicana, a la derecha extranjera y a todos aquellos que creen que la soberanía nacional puede negociarse en los pasillos diplomáticos, en los estudios de televisión o en los tribunales mediáticos donde México suele ser tratado como patio trasero.
La presidenta eligió la Batalla de Puebla no como postal escolar, sino como espejo histórico. El 5 de mayo de 1862 no fue solamente la victoria de un ejército mexicano sobre las tropas francesas. Fue la demostración de que un pueblo empobrecido, acosado por deudas, traiciones internas y ambiciones imperiales podía derrotar al ejército más poderoso de su tiempo. Por eso la conmemoración no mira únicamente al pasado, habla del presente. Y lo hace en un momento en que vuelven a aparecer los viejos fantasmas del intervencionismo, ahora disfrazados de preocupación democrática, combate al crimen, defensa de derechos o cruzada moral contra gobiernos progresistas.
Sheinbaum hizo algo políticamente necesario: recordó que las invasiones casi nunca se presentan como invasiones. Siempre llegan acompañadas de justificaciones legales, económicas o humanitarias. España quiso regresar bajo el argumento de que México seguía perteneciendo a la Corona. Francia bloqueó Veracruz por reclamaciones económicas que rozaban el absurdo. Estados Unidos invadió bajo la doctrina del Destino Manifiesto. Las potencias europeas justificaron su presión sobre Juárez con el pago de la deuda. La historia mexicana, leída sin ingenuidad, enseña que el imperio rara vez se reconoce como imperio; suele presentarse como juez, acreedor, policía o salvador.
Ese fue el nervio político del discurso. La presidenta no ofreció una clase de historia patria; trazó una advertencia estratégica. Cuando desde el extranjero se pretende dictar cómo debe gobernarse México, cómo debe combatir al crimen, cómo debe relacionarse con sus instituciones o cómo debe procesar sus conflictos internos, no estamos ante un simple diferendo diplomático. Estamos ante una vieja tentación imperial: convertir los problemas nacionales en pretexto para imponer tutela externa.
Por eso el mensaje también tuvo destinatario interno. Sheinbaum recordó el papel de los conservadores del siglo XIX que celebraron la invasión francesa y buscaron traer a Maximiliano para instalar una monarquía. La referencia no es inocente. La presidenta colocó a la oposición actual frente a ese espejo incómodo; quienes no logran construir mayoría popular dentro del país suelen buscar legitimidad afuera;quienes no convencen al pueblo, buscan micrófonos extranjeros; quienes no ganan en las urnas, aplauden sanciones, presiones, amenazas o campañas internacionales contra México.
La derecha mexicana carga con una pulsión histórica difícil de ocultar: su desconfianza hacia el pueblo. Ayer pensaba que México necesitaba un príncipe europeo porque el país no estaba preparado para gobernarse a sí mismo. Hoy cree que necesita el regaño de Washington, la bendición de comentaristas extranjeros o la presión de organismos internacionales para corregir el rumbo elegido democráticamente por millones. Cambian los trajes, los idiomas y las plataformas; permanece la misma vocación tutelar.
Sheinbaum respondió desde la tradición juarista. No desde el grito hueco del nacionalismo de ocasión, sino desde una línea política precisa: cooperación con Estados Unidos, sí; subordinación, nunca. La mención a Lincoln fue una señal diplomática inteligente. La presidenta no cerró la puerta a una relación respetuosa con el vecino del norte. Al contrario, recordó que hubo momentos honorables en la historia bilateral, cuando Estados Unidos reconoció la República defendida por Juárez. Pero ese reconocimiento sirve justamente para marcar la diferencia con cualquier pretensión actual de injerencia.
El mensaje fue claro: México no acepta tutelajes. No acepta que una potencia extranjera le dicte su política interna. No acepta que la oposición convierta acusaciones, reportajes, presiones o investigaciones externas en palanca para debilitar a un gobierno surgido de las urnas. No acepta que la soberanía sea tratada como vestigio discursivo cuando, en realidad, sigue siendo la condición básica de cualquier democracia verdadera.
La importancia del discurso está en que ordena el conflicto político. Sheinbaum no responde caso por caso, ni se pierde en la coyuntura menuda. Eleva la discusión al plano histórico: cada generación mexicana ha tenido que decidir entre soberanía o sometimiento, entre pueblo o élites, entre república o restauración conservadora. En esa lectura, la Cuarta Transformación se presenta como heredera de las luchas liberales y populares que resistieron invasiones, imperios y traiciones internas.
Podrá discutirse la dureza del tono. Podrá incomodar a quienes prefieren una diplomacia silenciosa, casi reverencial, frente a Estados Unidos. Pero el momento exigía claridad. En tiempos de ofensivas mediáticas internacionales, de amenazas intervencionistas y de una oposición que parece más entusiasmada con el juicio extranjero que con el debate democrático nacional, la ambigüedad sería una forma de rendición.
La Batalla de Puebla vuelve entonces a ocupar su lugar político. No como desfile, no como efeméride domesticada, no como estampita de primaria, sino como recordatorio de que México ha sobrevivido porque hubo quienes se negaron a arrodillarse. Zaragoza y los zacapoaxtlas no derrotaron sólo a un ejército; derrotaron la idea de que los pueblos pobres deben obedecer a los imperios ricos. Juárez no defendió sólo una presidencia itinerante; defendió la posibilidad misma de que México existiera como república libre.
Por eso, cuando Sheinbaum afirma que ninguna potencia extranjera dirá a los mexicanos cómo gobernarse, no está pronunciando una frase para el aplauso fácil. Está fijando la doctrina política de su gobierno ante una etapa de presiones crecientes. Y cuando recuerda que “la patria es primero”, no habla únicamente a sus simpatizantes. Habla también a quienes, dentro y fuera del país, creen que la soberanía mexicana puede subastarse en nombre de sus derrotas electorales.
Puebla no fue memoria muerta. Fue mensaje de Estado. Y el mensaje puede resumirse así: México dialoga, coopera y escucha; pero no se arrodilla.


