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Padrote de las Américas / La Feria

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Sr. López 

Algunos nacidos en la primera mitad del siglo pasado, recordarán que en esa ya ida era del pricámbrico clásico, la verdad, lo correcto, lo apropiado, estaban clarísimos y eran generalmente aceptados. 

En efecto, hubo un tiempo (bueno o malo, mejor o peor que ahora, usted dirá), en que todo estaba normado y establecido, sin dudas. Lo moral, lo cívico, el largo de las faldas de las señoritas, el del cabello de los jóvenes, a qué edad se podía pedir permiso para fumar y la hora decente de llegar a la casa, todo bien firme junto con dos grandes verdades: el país era el cuerno de la abundancia y como México no había dos. 

Así, en esos tiempos, estaba claro que el universo lo había creado Dios en seis días y que su representación exclusiva con derechos de autor, la tenía la santa y universal iglesia romana (y muchas casas tenían clavada en la puerta una lámina que rezaba: “Este hogar es católico. No aceptamos propaganda protestante”); igual de indiscutida era la autoridad paterna que la del maestro y la del cura, que eran respetados por respetables y tenían permiso de pegarle pescozones a los niños, sin que se haya sabido de ninguno que los diera por gusto (y en las escuelas y las iglesias los niños no corrían ningún peligro). 

Entonces, nuestros héroes eran de una pieza: Hidalgo, un santo; Morelos, también; Guerrero, bravío; Iturbide, un campeador (todavía era el consumador de la Independencia); y Madero un apóstol. Así mismo, nuestra Revolución daba celos a todos, Francia incluida; y nuestra Constitución, honra y prez, ejemplo universal. Y no había matices con los bellacos de nuestra historia: Santa Anna, un rufián; Porfirio Díaz el diablo con bigotes y un sombrero como barquito con plumas blancas; y Huerta lo único peor que Santa Anna. 

En ese país, la mexicana era fiel, leal, abnegada y guapa (con cuerpo de guitarra), y las gringas, todas, ligeras, frívolas, descocadas y fáciles (con cuerpo de tripa); el mexicano era feo, fuerte y formal (y los gringos, larguiruchos y bobos, todos). 

En esos días era sabido que quien se metía con el gobierno se andaba buscando problemas y cuando le partían la cabeza, merecido se lo tenía por revoltoso. Se aceptaba como natural que la policía y la tropa, deshicieran manifestaciones a garrotazos; pero al mismo tiempo, el gendarme de la esquina era don Tomasito; al agente de tránsito en Navidad se le llevaban regalos al crucero; y los veladores (que había en las calles todas las noches), pasaban los sábados a las casas a cobrar dos pesos y les daban tres. 

Había televisión (en blanco y negro) de por ahí de las cinco de la tarde a las once de la noche y dos canales (2 y 5) lo que a la gente parecía un exceso, si no se podían ver al mismo tiempo. También estaba claro que la prensa no estaba para informar y el noticiero de la televisión en la noche, era un señor leyendo el Excélsior de la mañana -Ignacio Martínez Carpinteyro-, sin comentarios, ni pronóstico del clima, ni resultados de los deportes en Estados Unidos (ni México). 

Los muchachos a los 18 marchaban un año y a las muchachas a los 18, ya les andaba por casarse. En los cines había inspectores que recorrían la sala con una linterna que dirigían a las parejas que se estuvieran entusiasmando; en el radio censuraban algunas canciones de Agustín Lara y se tijereteaban las películas para adultos (un beso bien plantado jamás se veía). Eran tiempos en que la ley era la ley, la de Dios por un lado y la otra por el suyo, sin conflictos. 

Estudiar de primaria a Preparatoria y Vocacional, era gratis. Luego, el que quería, se metía a la UNAM pagando una colegiatura anual equivalente a 20 centavos de hoy; si entraba al Politécnico, 0.1 de centavo de hoy al año, y había becas de alimentación, de libros y “casas del estudiante”, en las que los fuereños vivían de gorra. 

Había ‘garantías’, no derechos humanos (de animales, menos); no había contralorías (y se robaba menos); jamás contestaba un funcionario a ningún ciudadano preguntón; el PAN era un club de señores decentes que ni soñaban con llegar al poder; los comunistas eran mal vistos pero todo mundo respetaba a Lombardo Toledano, el gobierno también. 

El régimen político era impermeable y hubo guerrillas que se apagaron con baldes de sangre que a nadie inquietaron, a nadie, no seamos políticamente correctos. Luego de lo del 68 y el 71, el gobierno entendió que vendía mal tratar de mantener el orden en las calles (sin temor a perder el poder, eh, que jamás ha caído un gobierno a mentadas de madre). 

Por lo que sea, ese México que tenía muchísimos defectos y algunas ventajas, se desmoronó de a poquitos y se impuso como expresión suprema de libertad, no respetar nada. En lugar de procurar tolerancia se impuso la permisividad y el desprecio por las buenas maneras, y gradualmente llegamos a la cultura de lo bajo hasta entronizar lo burdo, grueso y grosero que entre más irrespetuoso resulta ser más auténtico, más obligatoriamente aceptado, so pena de ser tachado de hipócrita, mojigato o santurrón (hoy, conservador, fifí, ‘facho’, que dicen sin idea cierta de lo que es el fascismo). 

Ese desaliño generalizado, después de permear a la sociedad alcanzó a los políticos. De tiempo acá, la procacidad tiene patente de corso entre algunos de ellos, no todos pero un solo vándalo ya es mucho y son más de uno. 

Y ahora resulta que el estilo barriobajero del Presidente de la república, es un saludable ejercicio de su libertad de expresión y derecho de réplica. Insulta y ningunea, defendiendo su “movimiento de transformación”, sin entender ya en su quinto año de gobierno, que él está para defender la Constitución y así, a México, todo, no a la parte que cree suya. 

Lo que da pena y no tiene remedio es que su imprudencia y desparpajo al hablar incluye gobiernos de otros países. Nunca se había expulsado a un embajador mexicano por las expresiones de nuestro Presidente. Perú lo hizo con gallardía, rechazando la actitud de nuestro Ejecutivo de padrote de las Américas.

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