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No pasa nada / La Feria

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Sr. López 

Tía Lola era flaca y amarga: toda la familia le sacaba la vuelta porque todo criticaba y hacía cera y pabilo de quien fuera. Sus hijos nomás no le hacían caso y su marido, Tío Manuel, le tuvo paciencia hasta que la dejó, huyó sin saberse nada de él ya nunca. Y así, ya de viejita vivía en casa de su prima hermana, la abuela Virgen (la de los siete embarazos), y decía entre dientes mirándola con desconfianza: -Algo quiere Virgen de mí… algo quiere -no tenía remedio. 

A ver, usted decida si es invencible quien aparece cada seis años en las boletas electorales, pierde cuatro comicios y gana dos. 

Sí, nuestro actual Presidente fue candidato a Gobernador de su natal Tabasco, en 1988. Perdió, no lo aceptó y escribió un libro: ‘Tabasco, víctima del fraude electoral’. 

Luego, en 1994, volvió a buscar el gobierno de su estado. Perdió. No aceptó la derrota. Escribió otro libro: ‘Entre la historia y la esperanza: corrupción y lucha democrática en Tabasco’. 

En el 2006, se postuló a Presidente de la república. Perdió. No lo aceptó. Hizo un plantón en Reforma que duró 48 días y se proclamó Presidente Legítimo. Sacó otro libro: ‘La mafia nos robó la Presidencia’ (2007, Grijalbo). 

Su cuarta derrota fue en el 2012 cuando volvió a ser candidato a la presidencia. Tampoco lo aceptó. Y sacó otro libro: ‘No decir adiós a la esperanza’. 

Sí ganó en 2000 la Jefatura de Gobierno de la capital del país, aunque la verdad, no podía ser ni candidato porque no tenía la residencia efectiva en la hoy CdMx. Pero ¡pelillos a la mar!, lo dejaron y ganó. Y también en 2018, arrolladoramente, la presidencia de la república. Tanto va el cántaro al pozo… 

Como sea, no es buen promedio de bateo, dos de seis. 

Ahora, viéndolo tan inquieto por las elecciones presidenciales de 2024, pareciera que las ve como un referéndum para evaluar su desempeño como Presidente pues bien sabe que la raza sí utiliza su voto para mandarle recado al que ya se va después de haber tenido todo el poder: votan para purgar al Presidente que no cumplió las expectativas generales, como es el caso. Por eso en 2018, ganó él y perdió José Antonio Meade, quien pagó la insoportable levedad del frívolo Enrique Peña Nieto. 

Pero es mala estrategia política que se involucre en las próximas elecciones presidenciales pues sin aparecer en las boletas electorales, cargará con la derrota de su candidata (candidato en caso de apuro), y si gana, que es lo más probable, será inevitable comparar los votos recibidos que seguramente serán porcentualmente menos que los cosechados por él en el 2018. López Obrador bien pudo mantenerse ajeno al proceso sin arriesgar su imagen. Es tarde, ya ayer dijo que su ‘Plan C’ es ese, ganar las elecciones presidenciales del 2024. Mala estrategia. 

A pesar del confesado ‘Plan C’, sigue en alerta mucha gente convencida de que el verdadero ‘Plan C’ es colonizar el INE maniobrando para conseguir que las cuatro vacantes que ya deben cubrirse en el cortísimo plazo, incluida la de Consejero Presidente del INE, recaigan en simpatizantes no tanto de Morena como de él, que él es Morena. 

Sobran razones que abonan la desconfianza en nuestros políticos, en particular en el Ejecutivo federal, pero no se entiende el temor a que los cuatro sustitutos de consejeros electorales sean adeptos del actual Presidente: el Consejo General del INE se integra por once consejeros electorales y solo votan ellos, los consejeros electorales (los demás presentes que representan a los partidos, tienen voz sin voto). Por más que fueran morenistas embozados los cuatro nuevos consejeros, son minoría frente a los siete que ahí ya están. 

Además no es cierto que Morena haya colocado incondicionales suyos en las cuatro quintetas de las que serán elegidos los sustitutos. No es cierto. Y lo que sí es cierto es que siempre hay acuerdos entre los partidos políticos representados en el Congreso para impulsar cada uno a los candidatos que más les cuadren. 

No es nuevo ni es malo, es llegar a acuerdos. Y la historia del INE (antes IFE), prueba que el sistema funciona: el instituto electoral nos ha dado certeza y tranquilidad a los electores y no pocas veces le ha dado palo a iniciativas o acciones del Ejecutivo. No seamos dramáticos. El actual Presidente de la república no es mago ni obra prodigios. La mejor prueba es que la Suprema Corte ya mandó a la congeladora el ‘Plan B’ y de no resolverse el fondo del asunto antes del 2 de junio próximo, las elecciones del 2024 se realizarán con las reglas que todos conocemos. 

De veras: no hace falta tanto drama. No son pocas las veces que este todopoderoso Presidente ha sido derrotado: en las elecciones del 2021, la oposición obtuvo casi dos millones de votos más que Morena y sus rémoras, que perdieron el 66.4% que tenían en la Cámara de Diputados, para hacer reformas a la Constitución. En abril de 2020 la Suprema Corte invalidó por unanimidad el impedimento de 10 años para que exfuncionarios públicos de alto nivel trabajasen en empresas a las que hubiesen regulado; y por 9 votos contra 2, anuló la parte del artículo 61 de la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria con que López Obrador podía destinar por sus pistolas y mediante decreto el destino de los ahorros (subejercicios), del Poder Ejecutivo. Luego fue el electorado el que lo desairó en la consulta para la revocación de mandato, a la que acudió a votar solo el 17.77% del listado (frente al 63.42% que votó en 2018, y el 53.19% que voto por él). Antes ya había perdido en la Cámara de Diputados su iniciativa de reforma constitucional sobre la industria eléctrica que acabó en reforma legal que la Corte declaró constitucional pero dejando abierta la puerta a los amparos, victoria amarga. Igual la reforma constitucional al INE, que no pasó como tampoco pasó la ley con que le quiere dar la vuelta. 

Ni es todopoderoso ni invencible, solo siempre dice de su ronco pecho porque eso sí, hasta que él llegó todo estaba mal. Y cada vez menos tenochcas simplex le creen. No pasa nada.

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