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No, no así / La Feria

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Sr. López

 

Como bien sabe usted, en el campo de doma en que fue adiestrado este menda (“casa” le decían otros niños), los roles paterno y materno, eran indiscutibles: en público, mandaba él, en su calidad de Jefe de Proveeduría y Disciplina y macho de Jalisco (de Autlán de la Grana); aunque en privado, la directora de Administración y jefa de Normatividad, doña Yolita, era la que sí mandaba. El sitio donde se anulaban y transformaban en su exacto opuesto los decretos del Ejecutivo doméstico era la recámara de ellos (como las “Comisiones” del Congreso), con la discreción que exigía mantener intacta la calidad de macho alfa de don Víctor. El problema era cuando no estaban en el domicilio conyugal y él decidía algo, pues ella guardaba un iracundo silencio y se sujetaba rigurosamente a lo que hubiera ordenado el señor, pero lo hacía de mala fe, hasta que sin decirlo, él solito tuviera que corregir (una vez íbamos rumbo a Acapulco y pasando Tepoztlán, el Jefe de la Expedición, decidió tomar un “atajo”, pasando Tres Marías, para ahorrarse cruzar Cuernavaca; doña Yolita, muda; llegando a Toluca, sin haber visto Cuernavaca ni Iguala, el timonel se tragó su orgullo y preguntó -máxima humillación-, y en una gasolinera, después que terminaron de reírse, le dieron señas: vuelta en redondo… bonito paseo; y la dulce dama, diciendo: -Yo creo que iba bien, viejo –silencio ominoso; la prole en el asiento de atrás intercambiábamos miradas de risa).

 

Debe usted recordar también, el borlote aquel de Edipo que se casó con Yocasta, señora mayorcita que él, porque en el amor nadie manda (aparte, era reina de Tebas, digo, no era la del puesto de quesadillas), con la que tuvo cuatro hijitos, Polinices, Eteocles, Ismene y Antígona, con el inconveniente de que luego Edipo se vino a enterar que su esposa, era su mami (de Edipo, por si se distrajo), misma que ante tales nuevas procedió a suicidarse, en tanto, su marido e hijo, nomás se arrancó los ojos. ¡Chispas! (Solo Yocasta lo cuidó… ¡ten hijos!).

 

Los hijitos varones -Eteocles y Polinices-, peleando la herencia (el trono de Tebas), se mataron entre ellos y se trepó al trono su tío Creonte, hermano de su mami, tipo de pocas pulgas que ordenó no enterrar el cuerpo de su sobrino Polinices, por considerarlo traidor, al haber atacado la ciudad de Tebas, cosa que decía la ley de entonces; prontito se volvió nada querido por nadie (en especial por su sobrina Antígona, hermana de los difuntos por peleoneros, que regresó una vez fiambre su papá, Edipo). Si le interesan más detalles ahí se busca de Sófocles, las tragedias “Edipo Rey” y “Antígona” (estrenadas en el 441 A.C…. hitazo de taquilla).

 

Antígona sabiendo lo que hacía, lo desafió y trató de dar sepultura a su hermanito conforme mandaba la ley divina, a lo que Creonte, mirándose las uñas, respondió entre bostezos que enterraran viva a su sobrinita, Antígona (bonita familia), conforme mandaba la ley de los hombres (la de Tebas).


La obra de Sófocles, se representaba para educar a los espectadores en que la obediencia a la ley suprema (la de los dioses) era más importante que la obediencia al tirano y “(…) vista desde su contexto histórico, cumple una función de consolidación del sistema democrático ateniense” (según un tal Wolfgang Rösler, ‘Polis und Tragödie’. Universitätsverlag, Konstanz 1980).

 

Nadie espera que a éstas alturas y estando en estas bajuras, alguien se vaya a atrever a regalarle las Tragedias de Sófocles a nuestro Presidente de la república, con subrayados en amarillo, en la de “Antígona”.

 

“La tensión entre el ‘sentimiento individual’ y el ‘sentimiento social’ es el sentido preponderante que tradicionalmente se le ha atribuido a la Antígona de Sófocles (…) Creonte adopta la perspectiva del Estado y Antígona la del individuo, y ambos se cierran herméticamente en su propia postura, sin escuchar ni atender al otro, conformando lo que (George) Steiner  denomina ‘un diálogo de sordos’ en el que ‘no se verifica ninguna comunicación con sentido’” (cita de Tragedia y Sociedad, José Antonio Pastor Cruz; Valencia, Marzo de 1997).

 

Ahora resulta que según nuestro Presidente, la consulta al pueblo sobre la construcción del Tren Maya, ya se hizo, “hace dos o tres semanas”, y no nos enteramos nadie porque se hizo “a nivel tierra”.

 

Sin vocación de mártir como Antígona (que se suicidó para no pasar el trámite de ser enterrada viva), este López se atreve a apuntar que nuestro Presidente está sujeto a las leyes vigentes: las consultas populares, están debidamente legisladas en el artículo 35 de la Constitución y muy detalladas en la Ley Federal de Consulta Popular, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 14 de marzo de 2014. Con la ventaja de que en México, hoy, no hay leyes divinas vigentes (¡fiiíu!).

 

Si todos los miembros del Gabinete federal siguen diciendo a coro “¡Amén!”, a todo lo que disponga nuestro Presidente, se les recuerda el desgarriate en que terminó Creonte (en cada representación de la obra, era el personaje que recibía las rechiflas de la gente): se suicidó su hijo Hemón (que estaba enamorado de la chavita esa, Antígona, sin andarse fijando en que era su primita: el amor, manda… dicen), y luego la mamá del enamorado, Eurídice, esposa de Creonte, al saber lo de su nene Hemón, también se suicidó (se llaman Tragedias, no de gratis).

 

No es uno, bajo protesta de decir verdad, perteneciente a los fifís, sucede que el país no necesita problemas: con los que tenemos respetando las leyes, así sea formalmente, estamos las que estamos… sin respetarlas -así conchudamente-, esto puede pasar de comedia a tragedia… ¿pero, qué necesidad?

 

Importa a este menda (y al peladaje), recapacitar en el ya instalado y obvio “diálogo de sordos”, que permea la comunicación entre nuestro Presidente y la sociedad, nuestro Presidente y la prensa, nuestro Presidente y la realidad… y al diálogo de sordos sigue la plática de mudos y rota la comunicación, habla solo la necia realidad.

 

La lealtad obliga a decir: no, no así.

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