
Juan Carlos Cal y Mayor
Hay una forma de muerte que no aparece en las estadísticas, que no se registra en actas ni se llora en velorios, pero que avanza con una eficacia devastadora: la indiferencia. Don Julio Serrano Castillejos lo dice sin rodeos: vivimos en una sociedad que finge escrúpulos morales que no tiene, que proclama respeto por la ley mientras la viola en lo cotidiano, que denuncia al poder pero es incapaz de defender el Estado de Derecho que dice respetar. Esa contradicción —esa cómoda hipocresía— es el terreno fértil donde todo lo demás prospera. Nos hemos acostumbrado. Y ese es el verdadero problema.
LA MENTIRA COMO DEPORTE NACIONAL
Se nos prometió gasolina a diez pesos. Se nos dijo que la corrupción había terminado. Se nos aseguró que el sistema de salud sería mejor que el de países desarrollados. Y frente a la evidencia contraria —hospitales sin medicamentos, familias peregrinando en busca de tratamientos inexistentes, un desabasto que se volvió rutina— la reacción no fue la indignación sostenida, sino la justificación inmediata. La mentira dejó de ser excepción para convertirse en método. Se repite, se defiende, se normaliza. Como si decirla fuera parte del juego. Como si creerla fuera un acto de fe.
EL ROBO QUE TODOS VEN… Y NADIE ASUME
Ahí está el huachicol, investigado originalmente por el propio gobierno y convertido en el saqueo más grande de nuestra historia reciente. Visible, documentado, denunciado. Y, sin embargo, hoy diluido en el discurso, relativizado en la conversación pública, absorbido por una narrativa oficial que cambia de postura según la conveniencia política. Lo mismo ocurre con la corrupción, la incompetencia y la improvisación: todo está a la vista, pero nada parece suficiente para provocar una reacción colectiva proporcional. La indignación se volvió intermitente; la exigencia, opcional.
FANATISMO, ORGULLO Y ESTULTICIA
Lo más preocupante no es solo el abuso del poder, sino la defensa ciega que lo acompaña. Fanáticos incapaces de rectificar, no por falta de evidencia, sino por orgullo. Por una estulticia que confunde lealtad con sumisión y convicción con cerrazón. En ese clima, la verdad estorba y la crítica incomoda. Y mientras tanto, el país se desliza hacia una normalidad cada vez más degradada.
NO MORIR DE INDIFERENCIA
Don Julio Serrano Castillejos lo advierte con claridad: no hay que claudicar, no hay que morir de indiferencia. Porque esa es la derrota definitiva. No la corrupción, no la mentira, no la incompetencia… sino la costumbre. Cuando una sociedad deja de indignarse, deja también de ser capaz de corregirse.
México no está condenado, pero sí está en riesgo. Y ese riesgo no viene solo del poder, sino de nuestra disposición a tolerarlo todo. Morir de indiferencia no es un destino inevitable. Es una renuncia. Y aún estamos a tiempo de no aceptarla.


