
Carlos Román García
Ese título habría llevado la novela de Saúl López de la Torre cuyo editor decidió publicar como Guerras secretas. Conocí a Saúl en 1989, cuando ambos trabajábamos en el Instituto Chiapaneco de Cultura, institución a la que Andrés Fábregas Puig, heredero de la generosidad de su padre, el maestro Andrés Fábregas Roca, así como de su vocación magisterial y su don para estimular el pensamiento y la creación, dio su mejor etapa.
Nacido en Ciudad Hidalgo, Suchiate, en la línea fronteriza de Chiapas con Guatemala; estudiante destacado de la Normal Mactumatzá donde fue orador magnílocuo y efímero universitario en la carrera de Sociología de la UNAM; guerrillero urbano en el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) que terminó fusionándose con la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Cuando conocí a Saúl estaba en silla de ruedas, pues un accidente automovilístico en la carretera de Villaflores a Tuxtla Gutiérrez lo dejó parapléjico, aunque su voluntad inquebrantable lo hizo sobreponerse y en la primera casa que le conocí había mandado instalar barras para desplazarse sin ayuda. La última casa suya que vi en esta ciudad ya no tenía barras, pero estaba hecha a la medida de su movilidad.
En una época hacíamos una jugada de dominó cada viernes rotando en las casas de los cuatro contendientes habituales:Saúl, Enrique García Cuéllar, Gustavo Trujillo y yo. Había puros, whisky, tequila o ron, buena conversación –lograda a base de calculadas discrepancias– y rigurosa rotación de jugadores para el buen equilibrio de las rondas.
Ahí se leían ocasionalmente textos impresos o mecanuscritos, como los poemas que Saúl escribió cuando estuvo recluido en la Penitenciaria del Distrito Federal, conocida como el Palacio Negro de Lecumberri, en el volumen Sobreviviremos al hielo. Literatura de presos políticos, recopilado por David Zaragoza Jiménez y Manuel Anzaldo Meneses. Leíamos también las Charlas con el bolero, de García Cuéllar y los textos cinematográficos de Gustavo, algunos de ellos reunidos en La seducción de la mirada.
En esos años el Instituto Chiapaneco de Cultura publicó Poesía reunida, con textos sumados a los del libro colectivo mencionado arriba. Publicaba además quien hizo poesía, novela y ensayo, una columna semanal en Ámbar, la publicación que dirigía el fallecido arriaguense Juan Balboa Cuesta, con Enrique Alfaro como jefe de producción y yo como jefe de redacción. Ahí escribían también Andrés Fábregas Puig, Becky Álvarez del Toro, Leticia
Hernández, Joaquín Vásquez Aguilar, Roberto Mancilla, Sergio Sthal, Candelaria Rodríguez,
Óscar Palacios, Fredy López Arévalo, y dibujaba además de Alfaro y Ausencio (García Cuéllar), Enrique Díaz. Había mucha gente más alrededor en la sede de la tercera poniente, frente a El Garabato, regenteado primero por Arcadio Acevedo, quien también colaboraba en el hebdomadario y luego por Jorge Solchaga y su esposa Betty.
El establecimiento, situado en una casa antigua demolida por la picota del progreso para dar lugar a una placita anodina, albergaba una tertulia de artistas, periodistas y vagos a la que Saúl no fue asiduo, aunque estableció amistad con muchos de sus integrantes. Ahí estaba la mayoría de la nómina de Ámbar, más Rodrigo Núñez de León, Checo Peña y Carlos Selvas –tercia de editores de gran calidad–, profesores y estudiantes de la entonces escuela de Humanidades de la Universidad Autónoma de Chiapas parte de cuya obra, dispareja la calidad de los autores, pero importante en número, acaso se forjó en esas grandes pláticas comandadas por Florentino Pérez, Raúl Pérez Verdi y todo pintor, escultor, músico, teatrero –salud a Socorrito Cancino y a la memoria de Mario García Íñiguez–, tundeteclas o buscavidas de Tuxtla Gutiérrez y de la región.
Cuando era gerente de desarrollo social de PEMEX en la Ciudad de México, con oficina en la Torre del corporativo, me convidaba a comer en el piso 40 con Carlos Tello Diaz o Julio Boltvinik. Era un gran conversador, avezado, sabía armar buenas mesas con personas diversas. Un día me llamó para decirme: vamos a comer con Laco Zepeda, quien pasaba por el ostracismo al que le condenaron sus viejos camaradas por sus andanzas en los gobiernos de Eduardo Robledo y Julio César Ruiz Ferro, de quien Saúl era amigo cercano y con quien yo hablé sólo una vez, en la presentación del libro de Rubén López Roblero: Cómo familiarizar al niño con los libros. Siete recomendaciones para las madres de familia, cuyo título, como el de Los eslabones del tiempo, modificado con fines comerciales, cambió en el ara de una denuncia abusiva basada en el lenguaje políticamente correcto.
Saúl dispensaba a sus amigos un trato basado en un lenguaje directo, sin ambages. En su celda de la crujía O de Lecumberri aprendió a hablar sin miedo y sin disfraz, dejando atrás las lecciones del marsismo ortodoso que fustigaba un preso común a instancias de los ideólogos que ni en la cárcel dejaban de discutir ni de procurar nuevos adeptos para su evangelio. Crítico como aprendió a ser desde que su abuelo peluquero lo enseño a pensar en el rincón del trópico donde creció, veía su experiencia guerrillera como una lección de historia, de ética y de honor. No incurrió en los reclamos crematísticos que hicieron muchos correligionarios suyos en nombre de la justicia ni desdeñó ser un funcionario eficaz, puntual, creativo y con un sentido del humor sutilmente amargo e inglésmente frío.
Me hubiese gustado comentar con él Los enemigos del comercio. Una historia moral de la propiedad, de Antonio Escohotado, pues creo que compartimos con el autor de la Historia general de las drogas el mismo desencanto de nuestras viejas causas y la convicción de que la curiosidad es invencible y su combustible está en el perfume del agave, que el buen gusto se educa y el tiempo una cadena que se rompe en eslabones.
Rosa sinensis, 14 días del mes más cruel de Elliot.


