
Sr. López
Tía Tita no quería a tío Rafel, lo adoraba… y se separó de él. Tenían cinco hijos que ella se quedó, claro. Ya muy viejita, este menda le preguntó por qué lo había dejado si lo quería tanto: -Sí, pero quiero más a mis hijos -y es que el tío era débil de carácter y todo les toleraba. Hizo bien.
Si cualquiera de nosotros, tenochcas simplex nivel banqueta, se quiere informar sobre la situación del país, leyendo lo que declara el gobierno o -ya en grado heroico-, escuchando lo que nos dice la Presidenta en sus amenas madrugadoras, se queda con la idea de que los asuntos nacionales están de rechupete; ella lo dijo con esa su precisión que todos le conocemos, desde Villahermosa, Tabasco, el 19 de julio del año pasado: “(…) vamos bien, vamos muy bien (…) vamos requetebién con el segundo piso de la cuarta transformación”. ¿Ya?… sosiegos todos, vamos re-que-te-bi-en.
Si todo está tan bien en la construcción del segundo piso de la cuarta transformación, y prenden focos de alerta la ONU, las calificadoras, los organismos internacionales de derechos humanos, junto con las protestas de campesinos, transportistas, madres buscadoras, estudiantes y una larga lista de organizaciones civiles, puede ser que su proyecto de país no sea el de nosotros los del peladaje. Van bien para lo que ellos quieren, no para lo que la ciudadanía espera.
Y no es cierto, no van bien ni respecto de su proyecto transformador que es un rosario de escándalos de corrupcióny pifias (caso de estudio: las obras emblemáticas del sexenio pasado, todas desastrosas), un movimiento-partido compuesto por una selecta colección de mediocres, arribistas y resentidos sociales, en un despelote continuo de rencillasinternas y sabotajes mutuos.
Si asumimos que la Presidenta no es una mentirosa, si suponemos que ella sinceramente ve así el panorama nacional, no queda más remedio que recordar (en español antiguo era sinónimo de despertar), y avivar el seso (con perdón de don Manrique): la Presidenta no tiene por oficio la política, lo suyo es la ciencia, la física. Dicho de otra manera: no sabe gobernar, cree que está gobernando.
Gobernar, para entendernos, es dirigir. Por eso los barcos se gobiernan (no se manejan, no son coches). Gobernar es eso, llevar el timón y ahora es la palabra que usamos para referirnos al trabajo de las autoridades públicas que se supone, dirigen, gobiernan.
Sin meternos en enredos de teoría política (para no aburrir a la señora de Palacio): cuando un gobierno gobierna haygobernabilidad.
No es trabalenguas, el sufijo -dad (del que deriva -bilidad), sirve para formar sustantivos deverbales (… no, dejemos la cosa, es complicar a lo tarugo): si le agregamos -bilidad a una palabra, significa cualidad, por ejemplo, de culpable saleculpabilidad; de amable, amabilidad; así, de gobernar, gobernabilidad, la cualidad de gobernar, esto es, la capacidad del Estado de cumplir con la naturaleza de su función.
Los que saben dicen que hay gobernabilidad cuando un gobierno mantiene el orden público, la seguridad, la estabilidad, la procuración de justicia y ofrece servicios públicos de calidad que satisfacen las expectativas, necesidades y demandas de la sociedad.
Y dicen algo más, la gobernabilidad implica Estado de derecho y rendición de cuentas, por lo que no hay gobernabilidad sin integridad en la gestión pública. Si hay corrupción gubernamental, la gobernabilidad será aparienciaen el mejor caso (no estamos hablando del cartero que se roba las revistas ni del policía de crucero que pide para su refresco, estamos hablando de corrupción gubernamental, corrupción que permea la estructura del gobierno mismo quetoma sus decisiones en beneficio propio o de sus afines).
Ahora, usted solito, sin apasionamiento, sin pensar con el hígado, sin dogmas ni ideología, respóndase si en el México cuatrotero hay gobernabilidad. No.
Claro que habrá quien dude, quien considere que es demasiada severidad decir que no tenemos gobernabilidad. Bueno, entonces revisemos al revés, viendo cuándo no la hay:
No hay gobernabilidad si no hay control gubernamental efectivo de todo el territorio de un país; si no hay estabilidad social en un país o alguna región (si hay protestas masivas recurrentes, disturbios, desplazamientos de población); si faltan recursos para atender necesidades sociales (salud, educación, infraestructura); si los servicios públicos no son universales y de calidad. Destaca entre las muestras de falta de gobernabilidad que haya desconfianza generalizada en las instituciones del gobierno.
Esos que saben, explican que la falta de gobernabilidad a veces resulta de la falta de recursos (piense en Haití, su gobierno tiene ni para papelería), pero que habitualmente es por falta de liderazgo (no aplica a doña Sheinbaum, delirio de muchedumbres), violencia, polarización política, el mero mole de los transformadores de la patria y… ¿qué cree?… corrupción.
Parece mentira que los cuatroteros no consigan la gobernabilidad, teniendo el gobierno de 24 entidades y del 45% de los municipios, el control del Congreso, el Poder Judicial y el Tribunal Electoral… ¿qué les falta?… no,pregunta equivocada: ¿qué les estorba?: su corrupción.
La Presidenta en lo interno, puede capotear la cosa, no hay ninguna posibilidad -gracias a Dios-, de un levantamiento popular ni golpe de Estado. Pero va a aprender tarde y por la mala que hay límite a la ingobernabilidad: afectar el orden regional, en este caso, a los EUA.
La Presidenta lejos de hacer lo que sí sabe que tiene que hacer, romper con las rémoras que le incrustó su antecesor, el señor de los abrazos y el pacto con el crimen organizado, pacto que existe, por más que haga la vista gorda y quiera tapar el ojo al macho correteando alcaldes, se empeña en enconar la rabia yanqui.
Ya convocó a la “movilización”, para el próximo domingo, manifestaciones en las 32 entidades federativas en defensa de la soberanía, contra el injerencismo “de grupos de nuestros vecinos del norte”. ¡Ay, la discretita!


