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El oscuro arte de tragar sapos / Y sin embargo… se mueve

El oscuro arte de tragar sapos / Y sin embargo… se mueve
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Muchas gracias por estar nuevamente de visita en esta columna. Chiapas, la última frontera al sur de este país, desde que decidió ser parte de México, ha vivido en el olvido, peleando codo a codo con Oaxaca por el nada digno primer lugar en marginación, siendo botín de fuereños o de nacidos en Chiapas que tras irse hace muchos años, regresan a esta tierra tan solo a saquearla aún más.
Algunos de esos muy lamentables casos, son los de los tristemente célebres Juan Sabines Guerrero y Manuel Velasco Coello, inefables personajes que regresaron a Chiapas con aires de conquista, ambos haciéndose acompañar de una gavilla de dudosa reputación, que en 12 años, dejaron a nuestro estado sumido en la más atroz miseria, lo anterior viene a cuento por una anécdota que fue presenciada por miles de personas; resulta que hace unos años, en un arrebato incontenible de furia e inmadurez, Manuel Velasco, olvidó que en estos tiempos cualquier acto puede ser videograbado y frente a cientos de personas, como si se tratara de una pugna sentimental, le propinó una bofetada a un colaborador suyo.
En el colmo de la frivolidad que ha imperado en este Estado, días después, en un nuevo acto público, el ex gobernador pidió a su colaborador que viniera al estrado, supuestamente muy avergonzado, Velasco Coello le pidió una disculpa, solicitándole además que le propinara una cachetadita delante de toda la gente, el empleado ahora simuló pegarle a su jefe, ante la risa de los presentes, meses después, tan deplorable sujeto fue nombrado titular de la Secretaría Particular del Gobernador; en ese mismo sexenio, en otro vergonzoso hecho, otro funcionario, también en un acto público, ante el beneplácito del gobernador decidió cantarle a su jefe la canción ranchera de “El Rey”; asimismo, la madre del titular del ejecutivo, en otro evento de carácter público, ante el representante de otro de los poderes, se atrevió a decirle que le traía instrucciones de su hijo que debían ser cumplidas, olvidando por completo cualquier vestigio de la división de poderes, que al menos en público, se intenta fingir entre nuestro políticos.
En tan lamentables actos, los muy indignos y deplorables sujetos, tragaron sapos y lograron su vil cometido, granjearse el beneplácito de su benefactor.
Uno de los más grandes orgullos literarios de México, ha sido Carlos Fuentes, el cual como una mente ilustre, no solo se limitó a plasmar las ideas de su prospera imaginación en sus novelas, sino que en numerosas ocasiones su pluma dejo ver una crítica feroz a la sociedad y la política mexicana, es respecto a esta última que acuñó una frase inmortal.
“La política en México es el arte de tragar sapos sin hacer gestos.”
Al llegar al ideario popular la frase ha tomado un tenor un poco más vulgar, siendo ahora mencionada también como: “La política es el arte de comer mierda sin hacer gestos.”
En la concepción de la política mexicana, para llegar lejos, en muchas ocasiones tendrás que dejar atrás tu dignidad y orgullo para soportar el amargo trago de la humillación, el mal trato, la derrota y las vejaciones, de tal manera, sí los políticos mexicanos son disciplinados y “tragan sapos” estoicamente, la vida les dará la posibilidad de la revancha, otorgándoles el poder necesario para, en su momento, poder convertirse en los nuevos victimarios que les llenaran el buche de batracios a los nuevos políticos.
Esta frase, la cual por supuesto Fuentes describía como un muy fino insulto, ha pasado, como una enseñanza, de generación en generación entre los nuevos políticos, los que además de hacerse maestros en la lisonja, usualmente aguantan cualquier trato despótico con tal de ocupar un puesto; desgraciadamente lo anterior ha permeado más allá del ámbito político, arraigándose en nuestra cultura y haciendo socialmente tolerable el despotismo patronal o el instaurado por cualquier figura de autoridad.
En mis años universitarios, en la facultad de medicina de la UANL conocí a un maestro que gustaba de humillar a todos sus alumnos, al grado de llamar prostitutas a todas las mujeres que estaban en su clase; dicho sujeto se ufanaba de ser el filtro que separaba a los médicos de aquellos que solo eran meros aspirantes a galenos.
Seguramente habrá quien conciba que se deban soportar humillaciones para alcanzar nuestras metas, o quien justifique el “castigo” despótico como una actitud necesaria para hacer emerger el talento y el carácter, pero en mi concepción personal está primero la dignidad que cualquier aspiración y están primero la decencia y el respeto como promotores de la capacidad.
Por supuesto, ahora que soy padre, sé que si alguna vez en mi vida profesional tuviera que enfrentar un trato así, muy probablemente tendría que sortear por un tiempo la humillación para no dejarlos sin la debida manutención, pero jamás lo haría por conseguir un ascenso ni por alcanzar un sueño.  
Sigo pidiéndole a la vida que me mantenga firme en mi propósito de jamás permitirme tragar sapos sin hacer gestos.

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