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Camino al desfiladero / A Estribor

Camino al desfiladero / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

La inflación no es un fenómeno espontáneo ni caprichoso. Tiene causas concretas, identificables, y sobre todo, previsibles. Hoy, el encarecimiento de los combustibles vuelve a recordarnos una verdad incómoda: México sigue dependiendo del exterior para abastecer una parte sustancial de su gasolina. Ni la refinería de Dos Bocas, ni las instalaciones de Deer Park, ni la histórica Refinería de Tula han logrado revertir una dependencia estructural que nos expone, inevitablemente, a los vaivenes internacionales.

Y cuando el mundo se sacude —como ocurre con los conflictos en Medio Oriente— los precios reaccionan. El petróleo sube, pero también lo hace la gasolina que importamos. Es un juego de suma cero para un país que no ha logrado consolidar su autosuficiencia energética.

EL GOLPE A LA CANASTA BÁSICA

Pero donde la inflación se vuelve verdaderamente palpable no es en los indicadores macroeconómicos, sino en la mesa de las familias. El aumento en los precios de la canasta básica erosiona el poder adquisitivo de manera silenciosa pero constante.

Cada visita al mercado o al supermercado confirma lo que las estadísticas apenas alcanzan a reflejar: el dinero rinde menos. Y lo más grave es que este impacto recae con mayor fuerza en los sectores de menores ingresos, para quienes el gasto en alimentos representa la mayor parte de su presupuesto.

El encarecimiento de los combustibles, además, tiene un efecto multiplicador: incrementa los costos de transporte y distribución, lo que termina por trasladarse a todos los productos. Así, la inflación deja de ser un concepto técnico y se convierte en una experiencia cotidiana.

EL COSTO DEL POPULISMO FISCAL

Pero reducir la inflación a factores externos sería una simplificación peligrosa. El problema de fondo está en casa. Un gobierno que gasta sistemáticamente más de lo que ingresa no está administrando: está sobreviviendo. Y lo hace con recursos que no tiene. Seguir conteniendo el precio de la gasolina Magna, implicará recortes presupuestales y ya no hay mucha tela de dónde cortar.

El déficit se cubre con deuda, con más presión fiscal y con un aparato estatal parasitario que termina por asfixiar la economía productiva. La deuda pública se ha disparado en los últimos años, comprometiendo generaciones futuras para sostener decisiones presentes. A ello se suman megaobras que triplicaron sus costos originales, convertidas más en símbolos políticos que en proyectos de rentabilidad económica. Pérdidas económicas que sigue absorbiendo el estado.

Mientras tanto, el crecimiento del padrón de beneficiarios de programas sociales —sin reglas claras ni evaluación de impacto— responde más a una lógica electoral que a una estrategia de desarrollo. El dinero circula, sí, pero no genera riqueza: la redistribuye sin crearla.

EL ERROR DE CONTROLAR LOS PRECIOS

Ante el alza de los combustibles, la respuesta oficial resulta tan conocida como ineficaz: señalar, exhibir, amenazar. Se pretende responsabilizar a las gasolineras por un fenómeno que responde a costos logísticos, fiscales y de mercado profundamente heterogéneos en el territorio nacional.

La historia ofrece lecciones claras. El emperador romano Diocleciano, en su intento por contener la inflación en el siglo III, impuso controles de precios con sanciones brutales, incluso la pena de muerte. El resultado fue exactamente el contrario: desabasto, mercados negros y una distorsión económica que debilitó aún más al Imperio romano. No es ideología: es evidencia empírica. El control artificial de precios no elimina las causas de la inflación; las agrava.

EL ESPEJO ARGENTINO

México no necesita mirar tan lejos para encontrar advertencias. Basta observar el caso de Argentina, donde políticas fiscales expansivas, programas sociales, emisión descontrolada y controles de precios condujeron a una inflación crónica que pulverizó el poder adquisitivo de la población.

La pobreza no llegó de golpe: se fue construyendo lentamente, decisión tras decisión, hasta volverse estructural. La moneda perdió valor, la confianza se evaporó y la economía quedó atrapada en un ciclo difícil de romper. Ahora con Milei en el gobierno se están corrigiendo tantos desaciertos.

EL DESFILADERO

Hoy, México parece avanzar por una ruta ya conocida por anteriores generaciones. Un Estado cada vez más grande, más costoso y menos eficiente. Una economía presionada por decisiones políticas que ignoran principios básicos. Y una narrativa oficial que insiste en culpar a factores externos o a actores privados por problemas que tienen origen interno.

La moraleja no es nueva, pero sigue siendo ignorada: no hay atajos contra la inflación. No se combate con decretos ni con discursos, sino con disciplina fiscal, certeza jurídica y confianza en la inversión.

El problema es que cuando finalmente se reconoce el error, el daño ya está hecho. Y entonces, como tantas veces en la historia, la factura no la paga el gobierno: la paga la gente.

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