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Arribo a la ciudad maya de Palenque / Crónicas de Frontera

Arribo a la ciudad maya de Palenque / Crónicas de Frontera
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El Palacio dentro de la zona arqueológica de Palenque.

Antonio Cruz Coutiño

Nuestra salida de casa fue equiparable a cualquier cosa que hasta entonces hubiéramos hecho en el camino. Uno de los indios partió con un baúl de cuero de res sobre su espalda, sostenido por una cuerda de mecate como base de su carga, mientras que a cada lado colgaba de una cuerda una gallina envuelta en hojas de plátano, con sólo la cabeza y la cola visibles. Otro llevaba encima de su baúl un pavo vivo, con las patas amarradas y las alas desplegadas como águila extendida. Otro tenía a cada lado de su carga, sartas de huevos, cada uno envuelto cuidadosamente en hojas de maíz [doblador o totomoxtle], y todos sujetos como cebollas en una cuerda de mecate.

Los utensilios de cocina y el jarro fueron colocados sobre las espaldas de otros indios, y contenían arroz, frijol, azúcar, chocolate, etcétera; largas tiras de carne de puerco y racimos de plátanos iban colgando; y Juan llevaba en los brazos nuestra cafetera de viaje hecha de hojalata, llena de manteca, [misma] que, en aquella región, permanecía siempre en estado líquido.

A las siete y media dejamos la aldea. Por una corta distancia el camino estaba abierto, pero muy pronto entramos a una selva que continuaba sin interrupción hasta las ruinas, y probablemente muchas millas más allá. El camino era una simple vereda de indios; las ramas de los árboles, pesadas y vencidas por la lluvia, colgaban tan bajo que nos veíamos obligados a agacharnos constantemente; y pronto nuestros sombreros y chaquetas quedaron totalmente mojadas.

Por la espesura del follaje, el sol de la mañana no pudo secar el diluvio de la noche anterior. El suelo estaba lodoso, interrumpido por corrientes crecidas a causa de las primeras lluvias; con zanjas en donde las mulas tropezaban y se atascaban. En algunos lugares era difícil atravesar. En medio de la ruina de los imperios, nada habló jamás con tanta fuerza acerca de las mudanzas del mundo, como esta inmensa selva, amortajando a la que en otro tiempo fuera una gran ciudad. Alguna vez había existido una gran calzada, atestada de gente que era estimulada por las mismas pasiones que ahora dan impulso a las acciones humanas; y todo ha desaparecido, sus habitaciones se encuentran sepultadas y ningún rastro de ellos ha quedado.

En dos horas llegamos al [río] Micol [Misoljá], y en media hora más al de Otulá [Otulum], oscurecido por la sombra de la selva y rompiéndose bellamente sobre un lecho de piedras. Al cruzarlo, pronto vimos montones de piedras, y después una [roca] redonda esculpida. Espoleamos [las bestias] para ascender sobre una pronunciada cuesta de fragmentos de piedra; tan escarpada que las mulas apenas pudieron subirla, hasta una terraza de tal modo cubierta con árboles, al igual que todo el camino, que resultaba imposible determinar su forma.

Continuando sobre esta terraza, nos detuvimos al pie de una segunda… cuando nuestros indios gritaron: ¡El Palacio!, y por entre los claros de los árboles vimos el frente de un gran edificio ricamente ornamentado con figuras estucadas sobre las pilastras, raro y elegante; los árboles crecían junto a él, y sus ramas entraban por las puertas; el estilo y efecto era único, extraordinario y tristemente hermoso. Amarramos nuestras mulas a los árboles, subimos por un tramo de gradas de piedras separadas y derribadas por los árboles, y entramos al [edificio]; vagamos por algunos momentos a lo largo del corredor y por el patio.

Y una vez que la primera mirada de curiosidad ansiosa hubo terminado, regresamos a la entrada, y, parándonos en la puerta, disparamos un fe-de-joie [descargas de pólvora con fines festivos] de cuatro tiros cada uno, que era la última carga de nuestras armas de fuego. De no ser por este modo de expresar nuestra satisfacción, habríamos hecho retumbar el techo del antiguo palacio con un ¡Viva! Esto tenía el propósito, además, de producir un efecto sobre los indios, los que probablemente nunca antes habían oído semejante cañoneo, y casi como sus antepasados en tiempos de Cortés, consideraban nuestras armas instrumentos que lanzan el rayo. Quienes ―nosotros lo sabíamos― llevarían tales noticias al pueblo, [lo que] haría que cualquiera de sus respetables amigos se guardase de hacernos visitas por la noche.

Habíamos llegado al término de nuestro largo y fatigoso viaje, y la primera ojeada indemnizó nuestros afanes. Por primera vez nos hallábamos en un edificio erigido por los habitantes aborígenes, levantado antes que los europeos tuviesen noticia de la existencia de este continente, y nos preparamos para establecer nuestra morada bajo su techo. Seleccionamos el corredor de enfrente para nuestra vivienda, soltamos el pavo y las gallinas en el patio, que se encontraba tan cubierto de árboles que apenas podíamos mirar a través de él; y como no había pastura para las mulas, salvo las hojas de los árboles, y no las podíamos soltar en medio de la selva, las subimos por las gradas a través del Palacio, e igualmente las soltamos en el patio.

En un extremo del corredor, Juan construyó una cocina, operación que consistió en colocar tres piedras en forma de ángulo, a fin de tener espacio entre ellas para el fuego. Nuestro equipaje fue colocado afuera, o colgado al alcance sobre palos atravesados en el corredor. Pawling puso una piedra como de cuatro pies de largo sobre patas también de piedra para formar una mesa, y junto con los indios cortó algunas varas, [mismas que] amarraron con lazos de mecate y colocaron sobre piedras situadas en la cabecera y en los pies, para que sirvieran como camas.

Derribamos las ramas que penetraban al Palacio, y algunos de los árboles de la terraza; y desde el piso del [edificio] miramos la copa de una inmensa selva que se extendía a lo lejos hasta el Golfo de México.

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