
Corina Gutiérrez Wood
Todos conocemos a alguien incapaz de superar una ruptura y no me refiero a quien guarda fotografías viejas o vuelve con su ex cada cierto tiempo. Hablo de una categoría mucho más sofisticada, la persona que anuncia que todo terminó, organiza una súper despedida, asegura que ahora sí comienza una nueva etapa de su vida y, aun así, sigue encontrando formas creativas de seguir presente.
Se va de la casa, pero deja cosas.
Recoge sus cosas, pero sigue llamando.
Deja de llamar, pero manda mensajes.
Y cuando por fin parece que desapareció, reaparece con una carta larguísima para explicarte en qué te equivocaste y cómo deberías estar viviendo tu vida.
Bueno, pues la política mexicana nos regaló una versión bastante refinada de ese fenómeno.
Después de meses de retiro voluntario, vida ranchera y apariciones esporádicas cuidadosamente dosificadas, el tío abuelo de todos ustedes decidió salir nuevamente a escena. Y no lo hizo para enseñarnos sus cultivos ni para compartir fotografías de su nueva vida en su rancho “lejos del poder”. No, lo hizo para publicar una carta dirigida a Mr. Cheeto.
Y hay que reconocer que después de tantos meses de silencio, reaparecer para escribirle una carta a uno de los personajes más impredecibles de la política mundial demuestra que el Donsigue entendiendo perfectamente cómo llamar la atención.
Y lo interesante no es sólo lo que dice la carta, sino el tono. Porque más que un mensaje diplomático parecía la conversación de alguien que, al encontrarse con su ex, le lanza una mirada inquisidora y le dice con toda seriedad:
Tú no eras así.
Durante años Mr. Copetes fue el villano favorito. Después vinieron las relaciones institucionales, los elogios, las fotografías cordiales y los discursos sobre el respeto entre gobiernos.
Y ahora resulta que el tío abuelo de todos ustedes reaparece para recordarle que antes era diferente y que todavía está a tiempo de recuperar aquella versión de sí mismo.
La verdad, sí me pareció un tanto enternecedor porque no van a negar que no todos los días un expresidente abandona temporalmente su retiro para intentar una rehabilitación moral por correspondencia.
Díganme si no la escena tiene algo muy familiar. El ex que aparece después de meses de silencio para decir que no quiere regresar que sólo quiere platicar y que no pretende intervenir sino compartir una reflexión y mucho menos que busca influir, únicamente expresar una preocupación sincera.
Porque una cosa es leer la carta como un documento político y otra muy distinta leerla como lo que parece por momentos una larga explicación de por qué el problema no es Mr. Copete, sino las personas con las que se junta.
Según la carta, el hombre que antes escuchaba razones, respetaba acuerdos y entendía los límites de la relación bilateral habría sido sustituido por una versión rodeada de resentidos, fanáticos, falsos amigos, paleros, manipuladores, vividores, trepadores y toda una colección de personajes que parecen haber escapado de una novela de aventuras y es que más que una reflexión geopolítica, de repente parecía una intervención de esas donde alguien reúne valor para decirle a un amigo que sus nuevas amistades no le están haciendo ningún bien.
Porque la tesis central de la carta no es que el Sr. Naranja sea el problema, sino que se dejó rodear por el problema, es ahí donde la historia se vuelve tan interesante.
Porque mientras intenta rescatar la imagen del Mr. Make America que conoció, termina describiendo a un líder que cambió de opinión, que escucha a los consejeros equivocados y que ya no gobierna exactamente como antes.
Todo para llegar a una conclusión que bien podría resumirse en una frase que cualquiera ha escuchado alguna vez después de una ruptura:
“No extraño a la persona en la que te convertiste. Extraño a la que eras cuando te conocí.”
Y quizá por eso la línea más reveladora de toda la carta no fue una advertencia política ni una defensa de la soberanía nacional.
Fue aquella donde prácticamente expresa un deseo:
Que regrese el otro Mr. Cheeto.
Una frase extraña para cerrar una carta entre figuras políticas. Porque lo que leo no es más que nostalgia, de esa nostalgia por una versión pasada de alguien.
Y al final, entre tantas interpretaciones posibles, la carta terminó recordándonos algo bastante humano hay personas que se retiran de un cargo, dejan una oficina y hasta abandonan el escenario principal pero nunca renuncian del todo a la idea de que todavía pueden cambiar el rumbo de la historia con una última conversación.
Al final hay personas que aceptan que una etapa terminó y hay otras que siguen escribiéndole cartas.


