
Edgar Zenteno / Casa Cultural Napiniaca
Tras vivir en condiciones deplorables hasta el punto de la ruina, hoy vuelve a la vida eclesiástica el templo de San Sebastián Mártir, ubicado en el antiguo barrio precortesiano de Nbañamoy (El faldeado) —actual barrio de Santo Tomás— en el municipio de Chiapa de Corzo, Chiapas. El recinto fue catalogado como santuario el 8 de febrero de este año, tras la firma de un convenio de colaboración entre la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez y el Ayuntamiento de Chiapa de Corzo. Este acto contó con la presencia de monseñor Joseph Spiteri, nuncio apostólico y embajador del Vaticano en México designado por el papa Francisco; un hombre de preparación y trayectoria indudables, y un políglota que domina hasta cinco idiomas.
¿Pero por qué se considera un santuario?
Lo que nos explica el Código de Derecho Canónico es que la designación de “santuario” no se otorga por el tamaño, la belleza arquitectónica o la antigüedad de un edificio, sino exclusivamente por la dinámica de fe y devoción que alberga.
El canon lo detalla puntualmente en su apartado 1230:
“Con el nombre de santuario se designa una iglesia u otro lugar sagrado al que, por un motivo peculiar de piedad, acuden en peregrinación numerosos fieles, con aprobación del Ordinario del lugar”.
A interpretación de los involucrados, el recinto del siglo XVII cumplió con los requisitos canónicos para ser elevado a santuario. Este tipo de iglesias representaron, en su momento, un avance en la arquitectura formal en contraste con las construcciones indefinidas de los primeros años tras la licencia. Dicha anuencia fue otorgada mediante una cédula emitida en Valladolid el 17 de septiembre de 1548, la cual permitió a los dominicos fundar conventos en Chiapas y Guatemala.
Su lugar en la historia arquitectónica Según el historiador Sidney David Markman, San Sebastián no cabe precisamente dentro de la categoría de “pueblo de indios”. Sin embargo, respecto a su estilo y a su orden cronológico de construcción, puede catalogarse dentro de este grupo de iglesias, donde se incluyen Ixtapa, San Felipe Ecatepec, Chamula, Huixtán, Aguacatenango, Teopisca y Amatenango del Valle. Todas estas comunidades estaban bajo el dominio eclesiástico del convento dominico de Ciudad Real, por lo que comparten una historia común y un estilo arquitectónico semejante.
Otro dato interesante es que el templo de San Sebastián no siempre fue administrado directamente por el convento dominico de la antigua Chiapa de los Indios, como algunos creen. De hecho, durante una época fue atendido por el clero secular, incluso antes de la secularización de la doctrina a mediados del siglo XVIII. Por consiguiente, a diferencia de las iglesias de “pueblo de indios” con las que se le agrupa, no fue construida como parte del programa de evangelización y urbanización de la orden dominica.
¿Entonces, para qué fue edificada?
Algunos investigadores apuntan a que Chiapa, como otros pueblos, era muy populosa y necesitaba de una iglesia extra para atender las necesidades eclesiásticas de sus habitantes (en su mayoría indígenas). De ahí radica que este hoy designado santuario no cumplía la misma función que el templo de Santo Domingo.
En la época colonial, los nativos acusaban a los frailes de haberlos despojado de su iglesia conventual (Santo Domingo) y reclamaban que los habían forzado a aceptar a San Sebastián como su iglesia parroquial. Lo que desató la disputa fue una serie de inconformidades como que los indígenas tenían que pagar dos veces por los servicios religiosos: una vez al curato de San Sebastián y otra a los frailes de Santo Domingo, Aseguraban que San Sebastián era inadecuada para fungir como parroquia. Argumentaban que el templo estaba en
“extramuros”, es decir, fuera de los límites céntricos de la traza urbana y por último que, los cimientos de San Sebastián estaban construidos sobre roca, impidiendo cavar tumbas para su cementerio.
En 1776, se les ordenó a los dominicos devolver el actual templo de Santo Domingo de Guzmán, pero estos se las arreglaron para retrasar el proceso hasta 1778. Al ganar el juicio, los indígenas regresaron al templo junto al Río Grande y abandonaron el edificio del cerrito. Así comenzó la etapa de abandono de San Sebastián. Aunque se desconoce la fecha real de su edificación, Markman menciona que pudo haber sido entre 1679 y 1680. Existen registros donde el actual santuario era una “ayuda de parroquia”, es decir, en el contexto colonial dependía de la parroquia principal y recibía visitas periódicas de sacerdotes para oficiar misa, bautizar y enseñar doctrina cristiana. Su deterioro total llegó en el siglo XIX. A las antiguas ruinas se sumaron los disturbios de la Guerra de Reforma; el enfrentamiento entre liberales y conservadores en 1863 aceleró aún más su destrucción. Como dato curioso en ese momento de la historia adoptó el nombre de “Fuerte Zaragoza”.
Los muros fueron cayendo poco a poco. Algunos vecinos comentan que utilizaron ese material para construir las casas de los alrededores. En el siglo XX hubo intentos de restauración donde los propios pobladores levantaron muros de adobe sin llegar a concluirlos, esfuerzo que aún suele verse en fotografías de la época. Sin duda, este santuario tiene enormes similitudes con el templo de Santo Domingo —quizás, como comentamos, la hicieron así para que los nativos no vieran la diferencia—. Se construyó con tres naves de igual altura y se cubrió con techo de madera y teja. Esta arquitectura es muy similar a la de una iglesia ubicada en Soria, España (antes iglesia de Santo Tomás, del siglo XI). ¿Curioso, ¿verdad? Justamente así se llama el barrio donde hoy se ubica nuestro santuario. Algunos arquitectos llaman a este estilo “iglesia de salón”, el cual surgió en la arquitectura gótica y fue muy popular en el siglo XVI; al tener todas sus naves interiores exactamente a la misma altura, volviéndose un espacio amplio, continuo y diáfano.
Una de las diferencias principales entre ambos templos es el presbiterio. El de San Sebastián no cuenta con ensanchamientos laterales, como capillas absidiales, brazos de transepto o ábsides poligonales. Según los expertos, esto es una mezcla entre lo mudéjar y lo renacentista.
En la opinión de Markman, el diseño de la fachada es un ejemplo de la supervivencia de antiguas técnicas constructivas tradicionales, acompañadas de elementos decorativos de estilos posteriores. Quizá sea uno de los primeros ejemplos de las fachadas-retablo que aparecieron durante el siglo XVI y que llegaron a desarrollarse en el XVII. Hay una polémica añeja entre los pobladores (a la cual me uno): el frontón, según este especialista, tuvo en algún momento una espadaña con dos o tres ventanas y campanarios pequeños. Sin embargo, ninguna restauración reciente la ha añadido, su arquitectura se compara con otras de su tipo, como las de Zapaluta o Huixtán, que si observamos San Sebastián está incompleta.
Este templo es una mezcla de técnicas mudéjares, platerescas, renacentistas y barrocas que no permiten llegar a una conclusión sobre su fecha precisa. Markman concluye que no es un estilo híbrido o ecléctico, sino que se edificó con lo que se tenía a la mano, tanto en recursos humanos como materiales. Fue un proceso sumamente improvisado que dio como resultado un monumento sui géneris, reuniendo elementos de fuentes cercanas e influencias remotas en el tiempo y el espacio.
Por fin en este 2026, dejará de ser un salón de usos múltiples o bodega de los ayuntamientos en turno. No será un museo de arte sacro como mencionaban algunos, ni sufrirá aquella locura de Manuel Velasco Coello, quien deseaba convertirlo en una plaza comercial. Lo último que llegué a escuchar fue la intención de volverlo un centro cultural, como el Exconvento (que hasta el día de hoy no entiendo por qué ese fragmento del templo de Santo Domingo sigue perteneciendo al gobierno). Ninguna de las anteriores sucedió, y abrirlo al público nuevamente es importantísimo. No solo para la feligresía, sino para ofertar este espacio al turismo extranjero y nacional como parte de nuestro paisaje cultural. En varias ocasiones me tocó interactuar con turistas que bajaban decepcionados del cerrito al encontrarlo cerrado, evidenciando una promoción engañosa por parte de las direcciones de turismo.
Después de este breve recorrido por los antecedentes del hoy santuario, es de reconocer la gran valía de su rescate. Tras años de abandono y de vivir una incertidumbre de identidad, esas conjeturas terminaron este fin de semana. Los pasados 22 y 23 de mayo del año en curso, a pesar de la amenaza de lluvia, se vivió la solemne eucaristía de bendición y reapertura al culto público. Fue presidida por monseñor José Francisco González González, con la participación del cantautor católico Marco López y la banda Fuego Nuevo. Tengo que reconocer que la llegada del padre Jorge Alberto Ramírez González fue vital. Con sus 25 años de trayectoria sacerdotal, ha emprendido grandes acciones en el pueblo; es un hombre que practica muy bien la eutrapelia y que vino a reforzar la fe entre los feligreses, en especial el culto al soldado romano (San Sebastián) y su sincretismo enraizado en Chiapa de Corzo, aquí se vivirá el próximo año la famosa misa del parachico, pero aun falta mucho que hacer por hacer, seguramente habrá modificaciones en los recorridos, las actividades de festejos serán recibidas en el inmueble, también hay rumores sobre la salida del Patrón de los Parachicos desde este punto. Todo esto se ira viendo al transcurrir de los días, lo importante con este rescate, es que nuestro pueblo populoso tendrá otra oportunidad de acudir a venerar a este santo desde el cerrito donde se encuentra también una capilla de la Virgen de Guadalupe festejada el 12 de diciembre. Los devotos podrán acudir libremente al templo y pedir mediante cánticos y rezos la fuerza para soportar la cotidianeidad de esta época tan acelerada; para vivir sin perder el aliento y seguir tan resilientes como el santo mismo al que se le rendirá culto, absorbiendo las heridas de nuestro propio tiempo y encontrando la fuerza para sobrevivir a nuestras propias flechas.


