
Guillermo Ochoa-Montalvo
Querida Anna Karen,
Saboreo un delicioso omelete de espinacas en Casa Morales mientras observo a los turistas perdidos en la contemplación de Comitán tomando fotografías como quien desea guardar trozos de la ciudad en sus bolsillos.
Prefiero las mesas al aire libre donde pueda fumar, leer o escribir, según me venga en gana; a veces, sólo me interno en mis pensamientos hasta perder la noción del tiempo. Entonces la amable mesera me despabila de mi largo letargo para correrme la cuenta con extrema delicadeza.
Mi vista se concentraba en los comensales cuando una joven se acerca pidiéndome permiso para sentarse a mi lado.
—Soy Juana de Allcross, fotógrafa profesional de Spéos, la mejor escuela del mundo en este arte. Allcross es mi seudónimo artístico, en realidad, mi apellido es Ramírez. Me cautivó tu larga cabellera canosa, tus arrugas acentuadas; tu porte de las épocas medievales de caballería; todo tu aspecto a tu edad me intrigó; calculo que tendrás arriba de los 60, -dijo tratando de ser gentil.
—Tengo 74…
—¡Qué casualidad! La edad de mi abuelo. Mi deseo es retratarte. Estaré poco tiempo en México. Permíteme cenar contigo e invitarte un excelente vino Sancerre Rosé Grandmontains a temperatura del viento de Comitán. Yo invito toda la cena y por supuesto, el vino.
—Ese vino es costoso, equivale a un sueldo mensual de un asalariado promedio; busquemos otra opción.
—De ninguna manera. Y de ser conveniente, nos tomaremos dos, -dijo sonriendo con desenfado luciendo una mirada luminosa. De esas que destellan como luces de bengala. —Vengo contratada por una empresa de marketing turístico interesada en editar un número dedicado a Chapas…
—CHIA-PAS; se pronuncia Chia-pas, no chapas. Chapas son las cerraduras.
— Esta bien, “Chiapas”. No te enojes. Después de tantos años viviendo en París hasta el acento poblano perdí. Me habría gustado mantener mi acento mexicano; pero ya sabes como son los franceses: si no pronuncias con su acento se hacen pendejos y te ignoran. Por ese motivo, tuve que matricularme en un colegio de idiomas, convivir con franceses y distanciarme de los latinos para ser aceptada en el mundo de los artistas franceses.
—Está bien, no pasa nada.
—Desde pequeña quise ser la mejor fotógrafa del mundo. Mi abuelo me alentaba a fotografiar cualquier cosa: naturaleza, gente, paisajes… todo, e incluso, jugar con la luz para realizar fotografías abstractas. Con una hermosa compañera de la preparatoria me aficioné a la fotografía de desnudo grabando cada detalle de su cuerpo. Sus pies tipo griego bajo la asimetría del dedo gordo más pequeño, me hizo ganar un premio. Mi pies son tipo egipcio como seguramente son los tuyos por esa influencia turca que llevamos en el ADN de quienes provenimos del mestizaje con españoles. Deseo montar una exposición de gente latina. Y por ello, me interesa retratarte ahora mismo.
—A esta hora las nubes forman cumulonimbos. Quizá no te favorezcan…
—Al contrario, esta luz le impregnara misterio a las imágenes; ya verás. Me especializo en luces naturales; incluso cuando me solicitan para portadas, exijo los exteriores. Las luces artificiales son eso: artificios, trampas, manipulación… No lo censuro, mas no es lo mío.
—Está bien, pero…
—Por la tarde noche, caminaremos por estas calles; ya pensé en algunos escenarios. Todo Comitán, es una postal que fotografiar.
Nos despedimos y por la tarde nos volvimos a encontrar en el Parque.
—Con este vestido te será incómodo caminar, agacharte y hacer vericuetos para tus fotos.
—El espejo me dice cada mañana lo hermosa que soy; se deleita con mí figura y yo adoro este cuerpo: mi sonrisa, este cabello largo azabache y lacio de caída fuerte; herencia de mi abuela. Disfruto al lucir mis piernas sin recato y estoy orgullosa de mis senos, aunque no son voluminosos, son firmes, perfectos y deseables. ¿No te parece?
La verborrea de Juana apenas me permitía asentir o negar con la cabeza.
—¿Sabes? Los parisinos manifiestan una especial inclinación por las mujeres apiñonadas de cabellera oscura como la mía.
—Si, lo sé. Es común en los países nórdicos, anglo sajones y donde los blancos predominan. A mí…
Nos encaminarnos rumbo al Calvario. Ignoro cuántas veces oprimió el obturador de su cámara. Durante el trayecto hablaba de sus logros, de los grandes personajes con quienes convivía, de las empresas famosas para las que trabajaba; de su casa en el Barrio de Neuilly-sur-Sainé en París. Hablaba de las tiendas europeas con quienes sostenía intercambios de mercancías y ropa gracias a su trabajo. Repetía lo famosa que deseaba ser; recibir reconocimientos y premios como si en ello, le fuese la vida.
Me daba indicaciones: mueve la cabeza hacia acá, levántate, arrodíllate; levanta la cara hacia el cielo; camina lentamente erguido con tu bastón delante de tu pierna; entorna los ojos; avanza con las manos en el bolsillo. El papel de modelo ya me estaba cansando cuando pasamos por el Barrio de la Pila. En Jesusito giramos hacia San Sebastián donde le pedí retratarme bajo mi árbol confidente. Finalmente, hizo una llamada y en pocos minutos llegó el chofer en la camioneta que contrató en Tuxtla.
Sin dejar de hablar de sus aventuras en Europa, África y Asia, llegamos al Barrio de San José y finalmente, al de Guadalupe casi a la medianoche bajo un espléndido cielo estrellado. El viento de Comitán cierra o abre el cielo a su capricho.
—Hemos terminado por hoy; mañana continuaremos en las zonas arqueológicas, en Tzimol y al anochecer en tu casa, ¿te parece? Por ahora, vayamos a cenar ala Plaza San José. Ahí revisaremos las tomas y eliges las que te agraden sin publicarlas porque mi trabajo debe ser inédito.
Debo enviar 10 fotos antes de las 3 de la tarde de mañana para que la agencia disponga de ellas.
Juana seleccionó 10 fotografías que envió a la agencia de inmediato.
—¿Tantas tomas para enviar sólo diez?, -le comenté enfadado.
—Sí, el resto serán para la revista y la mayor parte para mi exposición. Ya elegí las adecuadas para mi próxima exposición.
Juana habló de las galerías donde expone y de aquellas de Nueva York y Miami adonde desea llegar; habló de las cafeterías donde se da cita con sus colegas; de la obras de teatro que frecuenta. Habló de Camil, su amiga cercana; de sus amores fallidos y sus restaurantes favoritos; relató sus aventuras en Tailandia y en Nueva Delhi. Juana se levantó hacia el “tocador”. Cuando regresó, la cuenta estaba cubierta. Creo que deliberadamente dejó la nota sobre la mesa. <Con esa cantidad hubiese pagado la mitad de mi renta.> Por esta costumbre mía de no saber negociar, tampoco le pregunté si me pagaría por las fotografías.
En el hotel le prestaron un salón de reuniones. Me acomodé en un sillón mirando cómo acomodaba su equipo para proyectar sobre la pared cada una de las decenas o centenas de fotografías arrebatadas a mi alma esa noche. Se acomodó a mi lado; sacó una botella de whisky y durante una hora vimos imágenes comentando detalles.
—Debo decirte algo con la confianza que me inspiras. Daría todo los que la vida me ha brindado a cambio de llenar este vacío que siento. Soy Leo y sé que soy EGÓTICA porque es la forma en que trato de olvidar mis vacíos y esta soledad interior que me carcome. Quiero agradecerte toda tus enseñanzas de hoy, aun cuando apenas te dejé hablar.
Como casi todos mis días, este también fue extraño. Las cosas suceden sorpresivamente, sin buscarlas, las personas se cruzan en nuestros caminos sin sentido aparente.
—Me quedaré con tu frase: “lo bueno de cada final es el principio de algo nuevo”. Esta frase, como tú dices, es una cuestión de amor.


