
Edgar Hernández Ramírez
Ariadna Montiel no llegó a la dirigencia nacional de Morena para administrar una ventaja electoral. Llegó, según deja ver en una reciente entrevista concedida al portal “SinEmbargo”, para convertir esa ventaja en estructura, disciplina y control político rumbo a 2027. Su mensaje tiene una lectura clara: Morena sabe que sigue siendo la fuerza dominante del país, pero también entiende que el poder desgasta, atrae oportunistas y abre grietas por donde pueden colarse la corrupción, la frivolidad y los intereses ajenos al movimiento.
La nueva presidenta morenista parte de una premisa sencilla e ineludible: el partido no debe confiarse. La confianza, sostiene, sólo debe depositarse en el pueblo. No en las encuestas, no en la maquinaria institucional, no en el peso de la marca partidista ni en la popularidad heredada del obradorismo. Morena no puede asumir que su mayoría es eterna. Tiene que trabajarla y reproducirla todos los días en el territorio.
Por eso el primer gran planteamiento de Montiel es territorial. La dirigencia que encabeza quiere llegar a 2027 con un movimiento en acción, no con una estructura dormida en oficinas. Habla de 12 millones de militantes registrados, de consolidar 70 mil comités seccionales y de visitar 30 millones de viviendas para informar, escuchar y sostener el vínculo directo con la ciudadanía.
La cifra no es menor. Morena se prepara para una operación nacional de contacto político cara a cara; quiere volver al método que lo hizo crecer: casa por casa, sección por sección, comité por comité.
En términos electorales, es una estrategia de movilización; en términos políticos, es una forma de recordarle a su militancia que el movimiento nació en la calle y no en los palacios. Montiel parece entender que el día en que Morena deje de caminar el territorio, empezará a parecerse demasiado a los partidos que derrotó.
Fiscalización de candidaturas
Pero el segundo planteamiento es todavía más delicado: la revisión de candidaturas. Montiel anuncia que Morena no sólo tomará en cuenta la opinión del pueblo ni los análisis internos del partido. También enviará información a instituciones de seguridad para revisar que sus aspirantes no tengan vínculos delictivos ni problemas de corrupción.
La definición tiene varias implicaciones. Primero, reconoce que el mayor peligro de 2027 no está únicamente en la oposición, sino en las candidaturas propias. Un mal perfil puede resultar más dañino que una campaña adversaria. Segundo, admite que el crecimiento de Morena lo vuelve atractivo para personajes que no necesariamente comparten el proyecto, pero sí desean usar sus siglas como vehículo de poder. Tercero, introduce una regla política de alto impacto: ganar una encuesta no debe bastar si sobre el aspirante pesan elementos graves de corrupción o vínculos criminales.
Ese punto marca una diferencia importante. Durante años, la encuesta ha sido el método legitimador de Morena. Pero Montiel parece advertir que la popularidad sin ética puede convertirse en un riesgo estratégico. Hay candidatos que pueden medir bien, tener fama local, estructura o capacidad de movilización, pero representar una amenaza para la autoridad moral del movimiento.
La dirigencia nacional intenta colocar un filtro superior; la viabilidad electoral debe pasar por la integridad política. La preocupación no es menor. Todo movimiento dominante corre el riesgo de convertirse en refugio de intereses contradictorios cuando el acceso al poder se vuelve más atractivo que la identidad ideológica.
El mensaje ético es evidente. Montiel no habla únicamente de no robar, habla de austeridad, de formación política, de evitar la frivolidad y de vigilar permanentemente a los representantes del movimiento. En su planteamiento, no toda conducta incorrecta es necesariamente delito, pero sí puede ser incompatible con los principios de la Cuarta Transformación.
Ese matiz es fundamental. La corrupción no sólo aparece cuando alguien desvía recursos; también puede insinuarse en el lujo ofensivo, en la arrogancia del cargo, en el alejamiento del pueblo y en la conversión del servicio público en carrera personal. La ética que propone Montiel es, por tanto, una ética de congruencia.
Por eso insiste en la formación política. Morena creció tan rápido que ya no todos los que llegan al partido provienen de la lucha social o la militancia histórica. Muchos llegaron con el triunfo, no con la travesía. Algunos conocen la marca, pero no la causa. La formación política aparece entonces como mecanismo de contención: impedir que la victoria vacíe ideológicamente al movimiento.
El movimiento, bajo asedio
En la entrevista, Montiel deja ver además a una dirigencia que interpreta el momento nacional como una etapa de ofensiva política y mediática. Menciona la presunta participación irregular de agentes estadounidenses en tareas de seguridad y los señalamientos contra actores políticos de Sinaloa como parte de una secuencia de hechos que, desde su óptica, busca desacreditar al movimiento.
Aquí la dirigente empata con la matriz discursiva del obradorismo y del sheinbaumismo: Morena no se asume únicamente como partido en competencia, sino como movimiento histórico bajo asedio. La oposición no es presentada sólo como adversaria electoral, sino como parte de una articulación política, mediática y económica interesada en desgastar al proyecto desde fuera y desde dentro.
Sin embargo, Montiel cuida un punto sensible; reconoce que las acusaciones deben revisarse con seriedad. No plantea cerrar filas ciegamente ante cualquier señalamiento. Dice que, si hay certeza, se actuará en consecuencia. Esa precisión busca evitar dos extremos: ni persecución mediática aceptada sin pruebas, ni encubrimiento partidista en nombre de la unidad.
Otro frente importante de la entrevista es la defensa de los programas sociales. Montiel rechaza que sean usados con fines electorales y acusa a la oposición de proyectar sus viejas prácticas de clientelismo y compra de votos. Su argumento es que los programas ya son derechos constitucionales y que la ciudadanía sabe que nadie puede quitárselos.
Cuidar la legitimidad moral
Deja ver también una ruta de conducción política cimentada en territorio, filtros, austeridad, formación y defensa del proyecto. Montiel no se presenta como dirigente ornamental ni como simple administradora burocrática. Se asume como operadora de una etapa decisiva: preparar a Morena para competir en 2027 sin perder legitimidad moral.
El desafío será enorme. Revisar perfiles implica tocar intereses locales y grupos de poder regionales; combatir frivolidades exige incomodar a quienes se sienten dueños de candidaturas; pedir austeridad supone enfrentar a una nueva clase política que puede sentirse impune bajo el cobijo de la marca Morena.
La apuesta de Montiel puede resumirse en una fórmula: ganar sin pudrirse. Morena llega a 2027 con fuerza, pero también con riesgos evidentes. Si logra depurar candidaturas, sostener organización territorial y preservar la autoridad ética del proyecto, puede consolidar su hegemonía política. Si tolera corrupción, vínculos oscuros o candidaturas impresentables, sus adversarios no necesitarán construir grandes ofensivas, bastará con exhibir las contradicciones internas.
Ariadna Montiel parece haber entendido que el poder no sólo se defiende contra los enemigos externos. También se defiende contra la comodidad, la soberbia y la descomposición propia. Esa es la batalla estratégica de Morena rumbo a 2027: no sólo ganar elecciones, sino demostrar que todavía puede mirarse al espejo sin parecerse al viejo régimen que prometió enterrar.


