
[Antiguos] jóvenes lacandones. 1920. Archivo
Antonio Cruz Coutiño
Debo pasar por alto la siguiente etapa de nuestro viaje, la cual se realizó a través de una región menos montañosa, pero no menos solitaria que la que ya habíamos recorrido. La primera tarde nos detuvimos en la hacienda de Sotaná[Jotaná, hoy ejido Plan de Ayala, municipio de Comitán], perteneciente a un cuñado de don Santiago, [ubicada en un] dulce y hermoso valle; unida a ella había una capilla, cuya campana, por la tarde llamaba a oraciones vespertinas a los trabajadores indígenas, a las mujeres y a los niños. Al día siguiente, en la morada del padre Solís, un anciano y rico cura, grueso y bajo de estatura, que vivía en una magnífica hacienda, cenamos en vajilla de plata pura, bebimos en copas de plata, y nos lavamos en jofaina de plata.
Había vivido en Palenque; hablaba de los lacandones o indios sin bautismo, y quería comprar mi macho, prometiendo conservarlo hasta que muriese; y la única cosa que alivia de reprocharme el no haberle asegurado tales pastos, es el recuerdo de lo que [seguramente pesaba] el padre. El tercer día a las cuatro de la tarde llegamos a Ocosingo, igualmente ubicado en un hermoso paraje, rodeado de montañas, con una gran iglesia [templo de San Jacinto de Polonia]; y en el muro del patio notamos dos figuras esculpidas provenientes de las ruinas que nos proponíamos visitar, con un estilo un tanto similar a las de Copán.
En el centro de la plaza había una magnifica ceiba. Cabalgamos hasta la casa de don Manuel Posada, el Prefecto, [edificio que], junto con una anciana sirvienta, teníamos enteramente a nuestra disposición, pues la familia se encontraba en su hacienda. La casa era un gran cercado, con un cobertizo al frente, y estaba amueblada con catres hechos de cañas partidas en dos y sostenidas sobre palos apoyados en el suelo.
El alcalde era un mestizo, muy atento y alegre de vernos, y nos habló sobre las ruinas cercanas [próximas a Ocosingo] en los términos más extravagantes: pero dijo que estaban tan completamente ocultas en el monte, que sería necesaria una cuadrilla de hombres, durante dos o tres días, para abrir un camino hasta ellas; y dio gran importancia a una cueva, cuya entrada estaba completamente tapada con piedras, y que comunicaba por medio de un pasaje subterráneo con la antigua ciudad de Palenque, como a ciento cincuenta millas de distancia.
Agregó que, si estábamos dispuestos a aguardar unos pocos días para hacer los preparativos, él y todo el pueblo irían con nosotros, y realizaríamos una exploración exhaustiva. Le dijimos que primero deseábamos hacer observaciones preliminares, y nos prometió un guía para la mañana siguiente.
Esa noche cayó sobre nosotros la tormenta inicial de la estación de lluvias. El estruendo del trueno al estallar reverberaba en las montañas, los rayos iluminaban con espantosos relámpagos la oscuridad de la noche, la lluvia caía copiosamente como un diluvio sobre nuestra techumbre de paja; y aún quedaban por atravesar las peores montañas de toda la ruta. Todos nuestros esfuerzos por adelantarnos a la estación lluviosa habían sido en vano.
En la mañana, negros nubarrones aún oscurecían el cielo, pero retrocedieron y se ocultaron ante los rayos del sol naciente. La hierba y los árboles, quemados por seis meses de sequía, se tornaban en un verde más vivo, y las colinas y montañas parecían alegres. El alcalde, creo yo que enfadado porque no quisimos hacer un arreglo inmediato para explorar las ruinas, se había ausentado durante el día, sin mandarnos ningún guía, dejando dicho que todos los hombres estaban ocupados reparando la iglesia.
Procuramos sonsacar a uno de ellos, pero fue en vano. Al regreso nos encontramos con que nuestro portal era la escuela del pueblo. Media docena de niños estaban sentados en una banca, y el maestro, medio ebrio, les estaba educando; es decir, les enseñaba a repetir de memoria el ritual del culto de la Iglesia. Le pedimos que nos ayudara, pero él nos aconsejó esperar un día o dos. En aquel país nada podía hacerse precipitadamente. Nos encontrábamos sumamente molestos ante la perspectiva de perder el día; y en el momento en que pensábamos que no nos quedaba sino conformarnos, llegó una muchachita a decirnos que una mujer, en cuya hacienda se hallaban las ruinas [de Toniná], estaba a punto de ir a visitarlas, y que ofrecía acompañarnos.
Su caballo estaba ya parado frente a la puerta, y antes que nuestras mulas estuvieran listas pasó ella por nosotros. Le tributamos nuestros respetos; le regalamos un buen puro, y, después de encender los nuestros, partimos. Era una mestiza jovial, y la acompañaba su hijo, un estupendo muchacho como de quince años de edad. Salimos a las nueve y media; y, tras una ardiente y sofocante marcha, a las once y veinte minutos llegamos a su rancho. Se trataba de una simple choza construida con palos y repellada con adobe [de barro, casa de bajaré]; pero el paraje era de aquellos que invitaban a la vida del campo. Nuestra amable guía envió con nosotros a su hijo y a un indio con su machete, y en media hora estábamos en las ruinas.
En breve, tras la salida del rancho, y aproximadamente a una milla de distancia, distinguimos sobre una alta eminencia, a través de claros entre los árboles que crecían en uno de los edificios de Tonilá [Toniná], nombre indígena que en esta región sirve para designar casas de piedra. Al aproximarnos a ella pasamos sobre un terreno plano frente a dos imágenes de piedra que yacían en el suelo, con las caras hacia arriba; estaban bien esculpidas, pero los grabados se hallaban un tanto deteriorados a consecuencia de la larga exposición a la intemperie, aunque todavía claros.
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