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Las vueltas que da la vida / Al Sur con Montalvo

Las vueltas que da la vida / Al Sur con Montalvo
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Guillermo Ochoa-Montalvo 

Querida Anna Karen,  

Las vueltas que da la vida. Hay pausas breves y otras tan largas e insospechadas como darle 45 giros al calendario anual para encontrarme de nuevo frente a Pati. El viento, siempre el viento nos devuelve al camino.  

Aquel capullo cubierto de pétalos tenía tan sólo 14 años cuando le conocí. Era apenas una adolescente ávida de conocer caminos nuevos, de explorar en sus inquietudes; de estudiar para forjarse un futuro de libertad. La observé con fascinación y seguí de largo. Pero ese botón abría sus pétalos en flor convirtiéndose en una mujer de 20 años. Entonces, me acerqué a aquella rosa amando su sonrisa tatuada en su rostro, perdiéndome en su mirada prístina y su aroma sensual.  

Amé aquella rosa sorteando tempestades y lluvias torrenciales incapaces de desprenderle ni siquiera un pétalo. La amé con el amor de un jardinero que ha descubierto una flor distinta y única en el mundo. El viento los lanzó a las albercas sulfurosas de Ixtapan de la Sal donde nuestras miradas se cruzaron nuevamente sabiendo que nunca habrían de separarse.  

El viento nos lanzó hacia lo más alto de un edificio; nueve pisos los separaban de las banquetas y desde ahí, miraban la ciudad escuchando música, leyendo a los autores en el exilio; compartiendo con los amigos la alegría de vivir juntos y unidos, esa unión de amor que el tiempo fue incapaz de quebrantar. De aquel amor surgió un retoño al que quisimos llamar Jean Paulen honor a Sartre; pero los apellidos tan castizos no rimaban con la lengua romance francesa. Buscamos la traducción encontrándola en Juan Pablo, pero nos opusimos a que se le asociara al papa Juan Pablo II, recién coronado. En la palabra fonética de Joan surgió Yuan, le agregamos una i para suavizarlo y al final una h para llamarle al final: Horacio Yuanih.   

El viento volvió a soplar llevándonos de la Roma a la Condesa para pasar durante la cuarentena del postparto de Pati bajo los cuidados de mi madre. Entonces, el viento nos condujo a vivir entre un bosque de coníferas y rebaños de artistas al pie del camino entre la loma y el Desierto de los Leones con aroma a eucaliptos, humedad de bosque, tlacoyos, sopas de hongo, quesadillas; entre ardillas hambrientas, la serenata de los pájaros, el vuelo inquieto de los colibrís y las codornices. Un paisaje tan idílico como un cuento de duendes y gnomos.  

Desde la cabaña nos acurrucábamos quedando a salvo del frío, disfrutando los sonidos de la noche, de los árboles sacudiendo sus hojas, el ulular de los búhos. Una criatura simbólica para Pati.  

La vida en pareja se convirtió en un viaje. En viajes a pueblos y ciudades diversas donde nos redescubríamos cada día. Podía ser la Hacienda Galindo, el hotel de Cantinflas en San Miguel de Allende con su iglesia gótica y el sonoro ritmo del jazz. Podían ser los dulces de Celaya o los caminos intrincados hacia Cortázar, cualquier sendero llenaba el Diario de aventuras, paisajes y experiencias inolvidables. Cualquier sitio se iluminaba con  la sonrisa de Pati.  

El viento volvió a soplar una vez más para alojarnos en una cómoda casa de los Viveros del Valle donde plantamos aquella semilla de durazno que floreció y resistió el paso de las décadas como testimonio de amor. Ahí, improvisábamos funciones de mimos con Yuanih; jugábamos ajedrez, salíamos al Nuevo Orleans a escuchar jazz; regresábamos una y otra vez al teatro para presenciar la función del Rock del Gato que disfrutaba Paty al observar el entusiasmo de nuestro hijo.  

Tejimos una historia de amor. Pati viajaba cada tanto a Canadá para visitar a su familia. Y cuando sus hermanas y hermanos nos visitaron en México, corrimos a las playas de Acapulco. Así eran aquellos años.  

Pero el viento, tan caprichos como es, un día nos separó y durante 45 años, cada uno reescribió su propia historia. A Pati, el viento la lanzó a seis mil kilómetros de distancia hasta los bosques de abetos, pinos y alerces de Canadá. Ahí, tejió nuevos sueños, y yo, yo sabía que algún día el viento nos volvería a reunir y con esa certeza tarareaba en silencio la canción de Serrat: “Uno se cree, que las mató el tiempo y la ausencia, pero su tren vendió boleto de ida y vuelta; son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas…”.  

Sin dejar de pensar en Paty, nuestras vidas se convirtieron en enormes carreteras con caminos rectos disfrutando de paisajes increíbles; pero también, con curvas y baches; esas cosas que nos hacen crecer y tomar conciencia de quienes somos y adónde deseamos llegar. Ahora, regresa Serrat a mi memoria diciendo: “Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas, en un rincón, en un papel, o en un cajón. Como un ladrón te acechan detrás de la puerta, te tienen tan a su merced como hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí; que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve” 

Las vueltas que da la vida. Aquel tren tenía boleto de ida y vuelta y Paty regresó a México. El viento volvió a dar giros y un día arrastró a Pati a Coatepec, al aroma del café, a la convivencia de pueblo; a la vida cultural de Xalapa; después a Tapachula y un buen día, amaneció en Tijuana donde volvió a encontrar el amor, porque la vida siempre nos brinda segundas oportunidades y hasta terceras sin pedírselas; porque con las equivocaciones crecemos para convertirlas en experiencias de vida. Tras un infortunio, Pati regresó a mi vida y hoy, después de 45 años, la espero en el andén para construir una versión distinta de esa historia pausada por largos años. Ahora, podríamos escribir un libro o un guion de película mezclando comedia de humor, drama, suspenso y tragedia Podríamos titularla. “Siempre se vuelve al primer amor”, porque durante ese lapso, la gente se distancia para siempre. Con Pati no fue así, de vez en vez competíamos nuestras cosas como dos amigos que a la distancia se mantienen unidos; con una amistad perdurable de amor a prueba del tiempo y las adversidades. 

Como sea, espero a Pati en el andén con las canas y las arugas del tiempo; con la edad avanzada, con los misterios de la telepatía y aquellas cosas paranormales que nos sucedía, espero con ilusión. No se trata de reponer ese tiempo distanciados, sino construir una nueva historia “con los años que nos quedan por vivir”, con la ilusión de romper esa larga pausa como una cuestión de amor. 

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