
Federico Aguilar Tamayo
En Santa María la Ribera hay una casa vieja, muy vieja, de las más viejas de la colonia —que ya es decir—, porque esta colonia está hecha de casas viejas, de esas que no se valoran hasta que un día llegan las constructoras: despojan, remodelan y venden al mejor postor… o más bien al peor: ese que hace su riqueza a costa de la pobreza de otros.
En esa casa que les digo vivía un señor de nombre Jorge. Nunca lo conocí.
Hoy viven tres personas en esa casa:
un hombre,
una mujer,
y una niña, que además —hay que decirlo sin matices— es la más bella persona de todas las personas.
Además un perro chihuahua bastante peculiar
En esa casa, hay una habitación. No es grande, no presume, pero es de las mejores de la colonia —y eso también es decir, porque aquí hay muchas y muy buenas habitaciones—. Esa habitación tiene una ventana grande, alta, muy alta: unos dos metros cuarenta de altura, que da hacia la calle.
Cabe también un pequeño tapanco que sirve de estudio y que mira hacia afuera. Ahí, en esa habitación alta, hay un sofá jodido —y por eso comodísimo— y un televisor de excelente tamaño.
Por esa ventana alta, la vida de la colonia acompaña a los habitantes de la casa:
—Al lado, una iglesia que es como la hermana mayor de la casa (se conectan por un túnel, pero eso es secreto).
—Enfrente, una escuela.
—Al costado, la tortillería, la tienda, la panadería.
—Una cuadra más allá, el Oxxo, los tacos y la farmacia.
—En la contra esquina, las oficinas de un diputado (nada es perfecto).
La ventana tiene dos hermanas, igual de altas, que también miran hacia la calle, una a cada costado de la estancia. Y por una de esas ventanas, antes de dormir, llegan historias que arrullan a los habitantes de la casa.
En una noche de furia cargada, una mujer airada, reclamaba por teléfono a su pareja:
—¡Estoy fuera de la casa! ¡Y tu hermana no me abre! ¡Sí, estoy en Tacuba!
No es cierto, no estás en Tacuba —pensó un habitante—; estás bien peda, parada afuera de esta casa, y tu mentira atraviesa mi ventana.
—¿Escuchaste eso? —dijo ella.
Se durmieron divertidos, pero también preocupados, pensando en qué habría ocurrido con la cuñada de aquella mujer.
Otro día llegó un concierto mañanero, sin escenario, sin permiso, a todo pulmón. Un vagabundo —convertido en estrella del rock urbano por el pasón que se cargaba— profería, con entusiasmo, gritos espeluznantes que apenas alcanzaban a ser canción; ni los orcos de Mordor.
Cantaba de drogas y de amor; agradecía, extasiado, a su público imaginario y a los “bizcochitos” que habían llegado a verlo al chopo. Iba a medio concierto cuando tundieron las campanas de la iglesia.
Y esas campanas no suenan: retumban, arrasan, exorcizan.
Como demonio vencido, el vagabundo se replegó reptando hasta ponerse a salvo. Como resultado los habitantes de la casa —también la pequeña— despertaron prematuramente en sábado. Hicieron lo correcto: fueron por barbacoa.
En esa habitación, a través de la ventana bien alta, también pasan consejos, aunque no se pidan, aunque no se necesiten. Una tarde, un hombre sabio aleccionó a otro:
“No es que yo sepa mucho… es que en la vida me he equivocado mucho”.
El hermano de uno de los habitantes toca la ventana: no se necesita puerta si hay ventana. Y consiente a la casa con delicias chilangas:
“Te traje tacos de la Rosita”,
hora de “la Pingüica”,
y, ya encarrilado: “te traje este pollo Kentucky”.
En esa habitación, con la ventana bien alta, uno entiende —o cree entender— lo que dijo León Felipe cuando escribió sobre su casa en un pueblo de la Alcarria, que era muy blanca, con una habitación muy amplia, y con una luz muy clara que entra por una ventana que da a una calle muy ancha:
“Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa”.
Y quienes conocen esta casa quizá piensan que exagero, y tendrán razón, pero es que así yo la veo, la atesoro y la valoro, porque es nuestra casa, todo gracias a unas personas que nos apoyaron y siempre están ahí, a ellos y ellas: gracias.
Por lo pronto, no está de más decirlo:
El día que gustes, eres bienvenido.


