
Guillermo Ochoa-Montalvo
Querida Anna Karen,
Para unos, el tiempo profano se detiene por un instante para dar paso al tiempo sagrado del domingo; otros prefieren buscar el tiempo profano, viajando. En cualquier caso, la presencia de Dios se manifiesta, ahí donde se decida pisar.
En Chiapas, donde la diversidad religiosa es cuantiosa, Católica (54%), Evangélica/Protestantes (35%); Testigos de Jehová, Mormones, Adventistas, Budistas, Judíos, Sijs y Musulmanes, incluidas más de 200 congregaciones distintas; cada una seguirá sus propios liturgias y rituales conforme a sus tradiciones.
El tiempo destinado a Dios; el Dios que habita en el espíritu de cada quien, detendrá la marcha acelerada de dos semanas que nos arrolla con el vertiginoso correr de los segundos en las faenas cotidianas, el trabajo o en busca de empleo. Días de misa, fútbol, playa o convivencia familiar; días de visitas o paseos en busca del relax emocional y el estrés cotidiano.
Esta santa semana habría que dedicarlo a reflexionar sobre lo que uno es, lo que se espera de uno mismo y los errores que estamos a tiempo de enmendar. Hacerlo, sin intenciones de moralina ni siquiera didáctica barata, sino tan sólo para conocernos un poco más. Pero tampoco hace daño intentar este ejercicio llegando a la orilla del mar en la Cigüeñas o en el Gancho, donde las aguas son más cristalinas y las aves vuelan libres, para arrojar a las olas toda esa carga de odios, rencores, envidias y banalidades que llenan el corazón en la cotidianidad, hediendo a venganza. Descargar en el inmenso océano esos malos sentimientos que contravienen a Dios, como cada quien lo conciba, para iniciar la semana más ligeros sin la carga pesada de nuestros propios rencores que a nadie lastiman mas que, a quien los lleva encima sin saber cómo jalar la cadena que expulse del corazón lo que tanto nos ensucia.
Esta semana, sería buena idea subir a Nueva Alemania para explorar en los terrenos de algunas fincas donde se cultiva el mejor café del mundo e internarnos entre los cafetales hasta llegar a la orilla de algún riachuelo donde mojar los pies o el cuerpo entero sin temor a los “perros de agua” (nutrias) ni a las alimañas asentadas en su propio hábitat. Quizá tengamos la posibilidad de pescar en las lagunas artificiales que se han creado en algunas fincas sin más finalidad que relajar nuestro ánimo en medio de un espeso bosque donde es posible escuchar el canto de las aves y las hojas que superan cualquier canción. Sentir en esa espesura verde en el fresco de la mañana. Pausar el paso apresurado del tiempo; hablar con la familia de esas cosas de las cuales pocas veces se habla, mientras construimos figuras en el cielo que se disuelven con el viento al llevarse las nubes y llevarse el tiempo.
A nadie le daña llevar un libro en el bolsillo para cuando queramos apartarnos un poco y adentrarnos en las aventuras de los otros quienes con su pluma mágica son capaces de hacernos viajar por el tiempo y el espacio en cuestión de líneas y párrafos. Desde esa placidez, valdría la pena no pensar en nada, dejarnos llevar por los sentidos (que muy pocas veces apreciamos), escuchar las melodías del paisaje, llenarnos los ojos de verde bandera, verde limón, verde pasto, verde que todo es verde en esas alturas que anuncian el ascenso hacia el Tacaná. Olfatear los aromas de la hierba, los arroyos y las frutas desconocidas; sentir el sabor de la maleza, de sus frutos, experimentar con los sabores que esta tierra nos brinda en abundancia. Tocar, tocar y palpar las texturas a las que poco estamos habituados; sentir el agua fresca de los arroyos en nuestros cuerpos y la textura de una roca rozando con suavidad la piel. Divertirnos a preguntar el nombre correcto de las plantas, arbustos y árboles.
Esta semana habría que pensar en conocer alguna antigua finca donde uno pueda adentrarse en el pasado al flanquear la puerta. Aroma de café y maderas preciosas, objetos decimonónicos con etiquetas alemanas con placas holandesas o inglesas; viejos motores, reliquias de la historia que hoy decoran una sala o el saloncito de té; duela que cruje bajo nuestros pasos para llegar a la biblioteca de la finca donde reposan, en el sueño del tiempo, cientos de libros que cuentan historias en alemán, inglés o español, acerca del origen y evolución de las fincas de hoy. Libros incunables que hablan de gastronomía como de medicina, herbolaria o zootecnia. Libros que dan testimonio de añoradas hazañas y grandes luchas por la producción y comercialización del márago, borbón o la simple robusta. Las fotos en sepia o en blanco y negro delatan el paso de las modas, las costumbres y estilos de vida; son testimonio de culturas que se fusionan en algún momento, testimonio de nuevas generaciones que hoy mantienen la tradición familiar.
Si tienes la posibilidad de visitar alguna de esas fincas con hospedaje y alimentación, valdría la pena saber que Dios habita en ese rincón del mundo llenándonos los ojos al amanecer con el vuelo de los pericos, los pijijes y cientos de pájaros de diversos colores mágicos. Ver a través de la ventana de una finca es asomarse a lo más cercano que debe ser el Paraíso. Ahora, que, si te despiertan con una tasa de aromático café, el día habrá de anunciar éxito y alegría, porque no se puede despertar sin un café y una mujer a lado.
Esta semana apaguemos la televisión, desconectemos la radio, dejemos el trabajo en paz, olvidemos las cuentas por pagar, olvidémonos de acariciar el auto, descolguemos el teléfono y los celulares que tanto invaden nuestra privacidad; bebamos con moderación la cerveza y el alcohol; salgamos a caminar por los senderos de Tapachula, viajemos a los manglares, conozcamos los mil lagartos de Marijose en Cahoacán, adentrémonos en la aventura de los rápidos en el Hueyate o al menos dediquémonos a disfrutar de unos días sagrados de silencio que nunca está demás para adentrarnos en ese desconocido que habita nuestro cuerpo: nosotros mismos.
Alimentemos los sentidos con las maravillas naturales con que nos dota Tapachula tan envidiadas como inexistentes en otras latitudes del mundo antes de lamentar lo perdido. Salgamos a comer al campo, a disfrutar de los alimentos que abundan en Tapachula, sentémonos a la orilla del mar a compartir los camarones, pescados… Tendámonos en la hamaca y desde ahí esperemos la puesta de sol como anuncio que una nueva semana vendrá llena de alegría, energía y optimismo para ser mejores de lo que fuimos ayer.
Santifiquemos esta semana bailando con nuestra pareja sobre el césped húmedo mientras escuchamos la vieja melodía que un día le dio sentido al amor; tomemos a nuestros hijos de la mano y descubramos con ellos que en este mundo no estamos solos, que existen criaturas minúsculas que lo comparten con nosotros en forma de gusanos, lombrices, mariposas, arañas y mil musarañas más.
Corramos tras el perro. Sentémonos a la orilla del mar o en lo alto del Tacaná para ver el horizonte a 42,00 metro de altura; perdámonos en la espesura de los cafetales o a la sombra de los manglares, sobre las rocas de la escollera, en una hamaca con los pies sobre la arena, sentémonos en este paraíso llamado Tapachula donde su Ciudad es tan sólo un punto minúsculo en su inmensa geografía. conozcamos el legendario y fantástico Dorado que no fue producto de la inventiva humana sino creación de Dios para legado de los chiapanecos y la humanidad.
Estos días de asueto, anuncian el resumen de nuestra vida cotidiana, el balance con nosotros mismos, como una cuestión de amor.


