
Ernesto Gómez Pananá
La humanidad se organiza en ciclos: las horas, los días, los meses y los años. Son invenciones, lapsos arbitrarios que se entrecruzan con el movimiento de nuestro sistema solar, de ahí surge lo que llamamos las estaciones del año: otoño, invierno, verano. También la primavera, que en el hemisferio norte inició ayer y con ella llegaron el fin del frío y las noches largas. Pero ¿cómo es que surge el término, de dónde proviene esta idea que nos entusiasma tanto?
No hay un momento exacto en el que la palabra nació, como no lo hay para el amanecer. No hubo un escriba que la fijara por primera vez con plena conciencia de estar nombrando algo nuevo. La palabra primavera no nació: poco a poco fue deslizándose y ganando su espacio.
En el mundo romano ya existía la estación. La llamaban Ver. Era suficiente. Una sílaba breve para expresar la presencia del calor, los campos verdes, la tregua después del frío. Pero la lengua, lejos de ser estática es un ente inquieto que empezó a estirarse en las plazas y las calles, en los castillos, en la boca de la gente común.
Entonces apareció la expresión prima vera. No como término técnico ni como definición precisa, sino como una intuición: el primer buen tiempo. La primera señal de que el frío cedía. Era una forma de señalar el umbral, no solo la estación. Decir primavera era decir “ya pasó lo peor”.
Esa expresión comenzó a circular en el latín vulgar, el que se hablaba en los mercados, en los caminos, en los márgenes del Imperio. Viajó con soldados, comerciantes y campesinos. Cruzó territorios, se asentó en Hispania, se mezcló con acentos y ritmos distintos. Y mientras el Imperio se desmoronaba, la lengua hacía lo suyo: cambiar sin pedir permiso.
Las dos palabras empezaron a pegarse. Prima y vera dejaron de sentirse separadas. La pronunciación fue soldando dos palabras graves hasta fusionarlas en una sola de mayor cadencia y melodía: Primavera. Nadie decretó esa unión. Simplemente ocurrió, como ocurren las transformaciones que no tienen dueño.
Siglos después, en la península ibérica, cuando el latín ya empezaba a reconocerse como castellano, la palabra ya estaba ahí, con cuerpo propio que describe el instante en que la vida regresa.
Primavera no es Roma. Es lo que queda de Roma cuando Roma deja de ser Roma y se vuelve otra cosa. Es una palabra nacida no del poder, sino del uso. No del decreto, sino del tiempo. Y por eso conserva algo de su origen: no describe solo una estación, sino ese momento exacto en que el mundo, sin anunciarlo, empieza un nuevo ciclo hasta que acaben los tiempos.
Primavera son jacarandas en Ciudad de México, en Lisboa, en Brisbane y Pretoria; Cerezos en Tokio, Vancouver y en Buenos Aires; Azahares en Sevilla y guayacanes amarillas en Medellín y en Tuxtla. El cielo inundado de mariposas color sol. Bendita primavera.
Oximoronas 1. El rey de España, su jefe de estado, sutilmente reconoce los excesos de la colonia. Sutil pero valioso gesto. Fuimos choque del que surge lo que somos. De nosotros depende el reconocimiento diverso, el reencuentro genuino y la reconciliación de largo plazo.
Oximoronas 2. Como cada año, esta semana inició la temporada de huracanes magisteriales, que ya avisaron que buscarán boicotear el mundial de fútbol. Tremenda tanda de penales de pronóstico reservado. Un día habríamos de entrarle como sociedad, entrarle de fondo a la cuestión magisterial, drenarla, sanitizarla y resignificarla.
Oximoronas 3. Asombroso que vaya a ser alguien como Trump y no alguien como Obama quien se anote el mérito de detonar la transición cubana. Preocupante que el rumbo cubano recaiga en alguien como Trump.


