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San Cristóbal cumple 500 años… ¿pero de quién es la memoria que celebramos?

San Cristóbal cumple 500 años… ¿pero de quién es la memoria que celebramos?
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Carlos Perola Burguete y Carlos Perola  Chandomí

*La historia suele domesticar a sus personajes incómodos. A  Fray Bartolomé de Las Casas lo convirtieron en símbolo de los derechos humanos. Pero en su tiempo fue algo más riesgoso: una voz que apareció cuando el imperio estaba cambiando su forma de conquistar, comerciar y gobernar, y que se atrevió a impugnar el orden económico y moral que sostenía ese mundo naciente.

Entre la postal turística y la historia incómoda de una ciudad que lleva el nombre de quien denunció la injusticia de la conquista

Hace más de medio siglo, en San Cristóbal de las Casas, el historiador chiapaneco Jorge Paniagua Herrera escribió un ensayo breve pero profundamente incómodo: Hispanoamérica y Bartolomé de Las Casas. Ayer y hoy (1974). No era un texto nostálgico. Era una advertencia. Desde sus primeras páginas señalaba que la figura de Bartolomé de las Casas sigue siendo actual porque su pensamiento continúa interpelando a las sociedades donde persisten la desigualdad, la injusticia y el olvido histórico. 

Hoy, cuando la ciudad se prepara para celebrar quinientos años de existencia, aquella advertencia vuelve a cobrar sentido.

Habrá festivales. Habrá discursos. Habrá turismo y campañas culturales.

Pero antes de que empiecen las celebraciones conviene formular una pregunta incómoda:

¿qué historia vamos a celebrar?

Porque existe una diferencia profunda entre celebrar una ciudad y recordar su historia.

Y en el caso de San Cristóbal, esa diferencia puede convertirse en un acto elegante de olvido.

La ciudad no se llama solamente San Cristóbal.

Se llama San Cristóbal de las Casas.

Ese apellido no es un adorno histórico. Es una memoria. Es el recordatorio de un hombre que se atrevió a denunciar la violencia del sistema colonial y a defender la dignidad de los pueblos indígenas cuando hacerlo significaba enfrentarse al poder de su tiempo.

En el ensayo de Paniagua Herrera aparece una frase que debería resonar en cualquier conmemoración histórica:

“La historia debe orientar al hombre para encontrar al hombre.”

No se trata de repetir ceremonias. Se trata de comprender el sentido humano de la memoria.

Fray Bartolomé de las Casas  no fue un personaje ornamental. Fue una conciencia incómoda. Denunció la explotación indígena, cuestionó la legitimidad moral de la conquista y dejó testimonio de los abusos coloniales en obras como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, una de las denuncias más contundentes de la violencia colonial en América.

Su voz fue incómoda. Incómoda para conquistadores. Incómoda para autoridades coloniales. Incómoda incluso para sectores de la Iglesia de su tiempo. Incómoda entonces… y todavía incómoda ahora.

Porque cuando alguien recuerda que la dignidad humana está por encima del poder, siempre incomoda.

Fray Bartolomé de las Casas  incomodó en su tiempo porque se atrevió a decir que los pueblos indígenas eran hombres libres cuando el poder decía lo contrario.

Quizá por eso, quinientos años después, su memoria sigue siendo incómoda.

Porque recordar a Las Casas no es mirar el pasado: es preguntarnos si realmente hemos cambiado.

Y si alguna semejanza entre aquel tiempo y el nuestro parece aparecer entre líneas, cualquier parecido con la realidad —por supuesto— será mera coincidencia.

Por eso su nombre quedó ligado a esta ciudad.

Olvidarlo sería vaciar de sentido el nombre mismo de San Cristóbal.

Toda conmemoración histórica abre una disputa silenciosa: la disputa por la memoria.

En San Cristóbal hoy aparecen dos narrativas posibles.

La ciudad como postal., Arquitectura colonial., Calles empedradas., Festivales culturales., Un destino atractivo para visitantes.

Es una narrativa luminosa, rentable y fácil de promover.

Pero también incompleta.

Pues debemos de recordar a ciencia cierta y verdad sabida que San Cristóbal de las Casas fue ayer y hoy, La ciudad como escenario de conflictos. La fundación colonial. Las tensiones entre conquistadores y pueblos originarios. La explotación indígena. Las luchas por dignidad y justicia. Esta narrativa no siempre es cómoda.

Pero es la que explica por qué la ciudad terminó llevando el nombre de Las Casas. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

No podemos perder de vista que existe un riesgo silencioso en muchas celebraciones históricas: convertir la historia en folklore turístico.

Cuando eso ocurre, el pasado se vuelve escenografía.

Las calles se convierten en postal.

Las iglesias en fondo de fotografía.

Las tradiciones en espectáculo.

Pero la historia de San Cristóbal no es solamente arquitectura colonial ni festividad cultural.

Es también la historia de una región atravesada por conflictos sociales, desigualdades profundas y luchas constantes por dignidad y justicia.

Si los quinientos años se celebran únicamente como espectáculo turístico, el riesgo es evidente:

la ciudad celebrará su pasado mientras olvida el significado de su propio nombre. LAS CASAS, Si bien es cierto que San Cristóbal fue fundada en 1528 por el conquistador Diego de Mazariegos como Ciudad Real de Chiapa, centro del poder colonial en la región.

Durante siglos fue un núcleo desde el cual se organizaron las estructuras políticas y económicas del dominio colonial. Pero con el paso del tiempo terminó adoptando el nombre de uno de los críticos más severos de ese mismo sistema.

La paradoja es evidente:

una ciudad fundada por conquistadores terminó llevando el nombre de quien denunció la injusticia de la conquista.

Esa contradicción no es un error histórico. Es una lección histórica. Hoy Cinco siglos después de su fundación, San Cristóbal tiene una oportunidad.

Puede celebrar su arquitectura, su cultura y su riqueza histórica.

Pero también puede hacer algo más difícil:

mirar su historia con honestidad. Recordar que el nombre de la ciudad no honra solamente a un obispo. Honra a un hombre que se enfrentó al poder de su tiempo para afirmar algo que en su época parecía subversivo:

Que los pueblos indígenas eran libres y plenamente humanos.

Toda conmemoración histórica contiene una disputa silenciosa por la memoria. 

La tendencia más visible suele ser también la más amable. 

San Cristóbal se presenta como ciudad histórica, como centro cultural, como espacio donde conviven arquitectura colonial, tradiciones y vida comunitaria. Las calles empedradas, las iglesias y las plazas públicas forman parte de una narrativa que resulta atractiva para el visitante y que, en buena medida, forma parte de la identidad cultural de la ciudad. No hay nada ilegítimo en celebrar la vida cultural de un lugar ni en reconocer su valor patrimonial. 

El problema aparece cuando la celebración comienza a sustituir a la historia. Cuando el pasado se vuelve escenografía y la memoria se reduce a una estética. Entonces la ciudad se convierte en paisaje y el conflicto histórico que dio origen a ese paisaje desaparece del relato público.

Porque San Cristóbal no nació solamente como ciudad cultural. Nació dentro de uno de los procesos más profundos de transformación del mundo moderno. 

Cuando el conquistador Diego de Mazariegos fundó en 1528 la antigua Ciudad Real de Chiapa, el planeta entero estaba entrando en una nueva etapa histórica. Europa comenzaba a reorganizar el mundo a partir de la expansión atlántica. El descubrimiento de rutas marítimas, la incorporación de América a los circuitos comerciales y la explotación de los metales preciosos transformaron profundamente la economía global. El oro y la plata que salieron del continente americano alimentaron procesos de acumulación que terminarían sosteniendo el nacimiento del capitalismo moderno. En ese escenario se reorganizaron territorios, poblaciones y sistemas productivos. América quedó integrada como espacio colonial, África fue incorporada al comercio esclavista atlántico y regiones de Asia fueron progresivamente subordinadas a las nuevas redes comerciales dominadas por las potencias europeas.

Fue en medio de ese proceso donde apareció la voz crítica de Bartolomé de las Casas, una figura que con el paso de los siglos ha sido recordada como defensor de los pueblos indígenas, pero cuya dimensión histórica resulta más compleja. 

Fray Bartolomé de las Casas  no hablaba desde una comodidad moral distante, sino desde el interior de un imperio que estaba construyendo su poder sobre la conquista, la encomienda y la explotación de los pueblos originarios. 

Su crítica fue incómoda porque cuestionó la legitimidad moral de ese sistema y porque afirmó algo que para muchos conquistadores resultaba inaceptable: que los pueblos indígenas eran plenamente humanos y que ningún orden político podía construirse negando esa humanidad. 

Su denuncia, plasmada en textos como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, no fue solamente una acusación religiosa. Fue también una intervención en uno de los grandes debates del siglo XVI sobre la forma en que debía organizarse el nuevo orden imperial.

Cinco siglos después, el mundo que surgió de aquel proceso histórico sigue siendo el escenario en el que vivimos. 

Las ciudades fundadas durante la expansión colonial continúan existiendo, las sociedades se transformaron y las poblaciones que originalmente habitaban estosterritorios no desaparecieron. Resistieron, sobrevivieron y siguieron formando parte de la historia. 

Con el paso del tiempo, el continente americano se convirtió en un espacio donde pueblos indígenas, poblaciones europeas y posteriormente comunidades africanas formaron sociedades complejas y profundamente mestizas. 

Esa mezcla no fue el resultado de un proceso armónico. Estuvo marcada por conflictos, desigualdades y tensiones que todavía hoy atraviesan la vida social y política de muchos países latinoamericanos.

Por eso, cuando se habla de los quinientos años de San Cristóbal, no se está hablando únicamente del pasado. Se está hablando también de la forma en que una sociedad entiende su presente y proyecta su futuro. 

Las celebraciones pueden limitarse a la dimensión cultural y turística de la ciudad, pero también pueden convertirse en una oportunidad para mirar con mayor honestidad la historia que dio origen a este espacio. 

Reconocer esa historia no significa negar la riqueza cultural de la ciudad ni reducirla a un episodio colonial. Significa aceptar que San Cristóbal es el resultado de procesos históricos complejos donde se entrelazan conquista, resistencia, mestizaje y transformación social.

Quizá la verdadera pregunta que plantean los quinientos años no sea cómo recordar el origen de la ciudad, sino cómo imaginar el futuro de la sociedad que hoy la habita. 

Un futuro que necesariamente tendrá que dialogar con las comunidades indígenas que siguen siendo parte fundamental de la región, con la sociedad mestiza que se formó a lo largo de los siglos y con los desafíos económicos y sociales del mundo contemporáneo. 

En ese sentido, la conmemoración de los quinientos años podría ser algo más que una celebración histórica. Podría convertirse en una oportunidad para abrir un diálogo más profundo sobre la convivencia, la justicia social y el tipo de sociedad que se desea construir en los próximos siglos.

Las ciudades, al igual que las sociedades, no sólo celebran aniversarios. También deciden qué partes de su historia recordar y cuáles dejar en silencio. San Cristóbal tiene ahora frente a sí esa elección. Puede celebrar su pasado como patrimonio cultural o puede aprovechar el aniversario para reconocer la complejidad histórica que dio origen a la ciudad y reflexionar sobre el futuro que aún está por construirse.

En ese contexto, quizá la verdadera conmemoración de los quinientos años de San Cristóbal no debería empezar con festivales.

Debería empezar con memoria.

Recordando que esta ciudad lleva el nombre de quien defendió a los más vulnerables frente al poder.

Recordando que la historia no existe para decorar celebraciones, sino para iluminar el presente.

Porque una ciudad que lleva el nombre de Las Casas no puede olvidar lo que ese nombre significa.

Así pues, Cuando lleguen los quinientos años de la ciudad, habrá música, desfiles y discursos.

Pero una pregunta seguirá flotando sobre San Cristóbal:

¿podemos celebrar a San Cristóbal… mientras olvidamos a Las Casas?

Porque quizá el verdadero aniversario no sea el de la fundación de la ciudad.

Quizá el verdadero aniversario sea el día en que San Cristóbal decida recordar plenamente su propia historia.

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