
Guillermo Ochoa-Montalvo
Querida Anna Karen,
Cuando las lluvias tropicales de mayo llegan a Tapachula, Nadia refresca sus esperanzas, su ánimo de vida reflejado en el reverdecer de sus campos. Ver llover en las fincas es una experiencia gratificante, en especial cuando se camina a lado de Nadia entre las veredas que conducen a los arroyuelos.
Nadia, a sus ochenta años, es una mujer de verdad, sin atavismos, ni ataduras mentales, mujer libre pero responsable, madre abuela y bisabuela de ascendencia alemana; mujer que sabe leer y escribir en los signos de la gente campesina y urbana de México y Europa caminando por los cafetales como por las ciudades modernas; mujer que va por el camino sin miedo a tropezar pero cautelosa de no hacerlo, mujer que lleva la mirada alegre y coqueta; mujer que conoció en la piel, el fuego intenso del amor y el orgullo de su género.
Nadia es mujer que habla quedo pero grita recio en el coraje; mujer que sabe de caricias y de besos, pero también de desprecios y de iras; mujer que encarna a la mujer de nuestros tiempos, a la mujer de ayer y a las de siempre; mujer intemporal que se proyecta más allá de su ser y de su pensamiento; mujer que mira y observa por la piel; mujer políglota que conoce la lengua mam; mujer que acaricia con el aliento de la palabra justa en el momento justo; mujer que danza al caminar y emana fluidos de energía femenina; mujer que piensa, siente y conoce el valor de la inteligencia, de la imaginación, la razón y la pasión; mujer que se sabe aún poseída por la mirada de los hombres que le rodean por saber contar aquellas historias de fincas y cultivos como de arte y aristocracias; mujer que conoce las fronteras de la entrega y el rechazo; mujer enigmática como la noche, clara como el día y transparente como la luz; mujer que encontró en lo sencillo, el camino para recorrer su propia existencia y ahonda en la pregunta de siempre, ¿qué quiero como mujer?
Nadia rompió los esquemas de su época y se aventuró con botas y sombrero a dirigir sus cafetales sin temer a nadie; luchó contra la amenaza de los invasores, afrontó la pérdida de terrenos con las expropiaciones y la ley de pequeña propiedad; lamentó la destrucción de unidades productivas fuertes y sólidas; mujer de una plasticidad estética que acompaña al viento y deslumbra al sol capaz de llevar los pantalones o un vestido con la misma dignidad; mujer cuyo adjetivo hermosa no dice nada porque ese adjetivo, ella lo supera con sus cabellos negros que denotan su origen indio y la piel blanca de su mezcla germana; mujer que pertenece al sueño del hombre y quizá también a la pesadilla de quien quiso conocerla sin lograrlo; mujer que canta al hablar y hace llover al cielo cuando llora; mujer que se baña bajo las lluvias torrenciales de Tapachula y en las aguas tibias del río para no ser tocada por la misma gota dos veces cuidándose nada más de los “perros de agua”; mujer que duerme con la virtuosidad de una dama y sueña con la misma voluptuosidad con que sueñan las mujeres, mujeres; mujer que es paz y tormenta al mismo tiempo; remanso y aventura; sonrisa y carcajada loca; mujer que navega en contra de la soledad bajo el apremio de la multitud escandalosa de la que huye al mismo tiempo; mujer brava y tímida; valiente y arrogante, pero sensible e inquietante, así es Nadia o al menos, así la llevo en mi recuerdo desde ya.
Nadia no usa anteojos, sus oídos perciben cualquier sonido con claridad sorprendente. Conoce cada rincón de la zona alta de Tapachula y hasta piedras la reconocen. Camina con la majestad de una reina, como verdadera Princesa del Tacaná. Habla de los días de gloria en el Casino Alemán de la ciudad de Tapachula, de los hombres y mujeres que acudían al encuentro de sus raíces hasta que los nubarrones de la guerra mundial cambiaron el escenario para muchos de ellos quienes regresaron a su patria para no volver jamás a México. Relata la historia de aquellos que sí se quedaron y continuaron tejiendo la historia de las fincas cafetaleras, de la época de bonanza, de cómo se traían los muebles y enceres domésticos desde Europa para construir la casa principal y amoblarla al estilo europeo. Relata la necesidad de algunos finqueros por adquirir terrenos en Tapachula para construir en ellos algún refugio temporal para realizar sus operaciones comerciales y bancarias en la ciudad. De cómo esos amplios terrenos alojaron sencillas casas que daban la impresión de ser villas de descanso en plena ciudad por su austeridad. De cómo se fueron fraccionando las hectáreas dentro de la ciudad hasta dejar inmensos patios internos en cada manzana.
Nadia recuerda sus viajes a la ciudad de México para ir recompras por dos o tres días y regresar a las fincas. De sus viajes a Europa como estudiante primero y comerciante de café, más tarde. Nadia habla sin nostalgias ni tristezas, reconoce que los tiempos cambian y las condiciones nos obligan a adaptar nuevas actitudes y conductas. Es una mujer que no se aferra a los material ni encuentra en las riquezas su riqueza espiritual y de mujer.
Nadia se sienta en la placidez del porche de la casa para narrar las leyendas indias y las que después surgieron al paso del tiempo. Niega que haya ciudades más bonitas que otras porque simplemente cada lugar tiene sus propios paraísos y sus propios infiernos; los lugares son distintospero nunca, unos más hermosos que otros. Contempla con admiración los paisajes que la naturaleza le brinda a su mirada y comparte conmigo que Tapachula es tierra de promisión, prodigiosa y cálida en su trato, por esa razón decidió quedarse aquí en Chiapas y no en Europa donde predomina la familia. Nadia me sirve un café aromático muy caliente que dejo enfriar como es mi costumbre para reprenderme de inmediato por ese motivo. “Las cosas hay que tomarlas al instante, cuando las dejas enfriar, no vuelven a ser lo mismo. Pero las ideas, de manera contraria, hay que dejarlas reposar como los buenos vinos antes de expresarlas para no arrepentirnos de lo que decimos.
Nadia se sabe feliz por lo que logró acumular en su vida. Amistades, experiencias en todas las latitudes del mundo, conocimientos que le hacen comprender mejor al mundo y ser más tolerante con las personas. Aprendió que la felicidad se construye no ambicionando ni deseando imposibles, no envidiando al vecino de enfrente ni destruyendo con rapidez lo que otros construyen con esfuerzo y paciencia. Nadia se suelta el pelo durante la noche, con su camisón largo se acomoda en la sala de su casa para decirme que la desgracia de la gente es depender de la gente y las decisiones de terceros, que las crisis económicas devienen cuando nos olvidamos de producir y nos concentramos en las ganancias sin trabajar. Reflexiona acerca del potencial forestal de las fincas, de los proyectos turísticos que son posibles en esta región, de la capacitación que requieren pobres y ricos para aprender que la Naturaleza, tarde o temprano, nos cobra lo que de ella hemos tomado. Nadia sabe que la educación es un rezago en Chiapas que nos mantiene encadenados a la miseria, pero que nadie nos liberará de esa miseria sino nosotros mismos cuando aprendamos a reconocer que la `principal fuente de riqueza está en nosotros no en los gobiernos ni en los bancos y menos en los engañosos juegos financieros que especulan con la ambición de los flojos. Nadia abre su diario y me lee algunos párrafos fechados en 1942 y me da la impresión que los acaba de escribir ayer porque la historia se repite y todo evoluciona menos nuestra condición humana, me dice al despedirse para ir a descansar en su cama de caoba esperando el nuevo día para salir a pescar alguna trucha en la laguna artificial de una finca cercana. Mi café se ha enfriado pero no puedo despegar la vista del ventanal mientras cae un intenso aguacero imaginando a Nadia correr bajo la lluvia como una cuestión de amor.


