
Guillermo Ochoa-Montalvo
Froilán quiso abrazar a Amanda; al tacto sintió la cama vacía: encendió la luz y en la almohada encuentra una escueta nota: “viajaré en avión; no olvides el texto de Alejandro Samuel Días Escalante, te ama, Amanda”. Froilán encendió la mitad del cigarro abandonado a medianoche, le dio una larga bocanada, a la cuarta, lanzó la colilla al viento, < Amanda es impredecible; ignoró adonde se la llevó el viento, ni bajo en qué cielo trabajará >.
Froilán tomó el manuscrito de su joven amigo Alejandro pensando < Este chico tiene madera de escritor profesional; deberá perder el miedo a la pobreza y como uno atrae lo pensado, de seguro, atraerá el amor y la buena fortuna >. Froilán empezó a revisar el prólogo al libro de Alejandro leyendo en voz alta.
“Corrían los Vientos del Oriente para encontrarse con los Vientos del Norte provenientes de Comitán. Al unirse en la ciudad de Motozintla de Mendoza, provocaron un gran remolino viajando al pasado, deteniéndose en el presente sin perder la vista en el horizonte lejano del futuro. Ahí, en la ciudad de Motozintla conocí su rostro mirando al cielo, posado en una nube de lluvia, sintiendo el Sol al enrojecer su piel. Era el rostro de un joven de ideas claras, palabras pausadas y energía desbordante. Ambos cumplíamos una misión de trabajo; y entre todos los jóvenes, él destacaba como un Sol brillante.
Al recoger palabras y frases de aquí o allá que, el viento le obsequiaba, descubrió la forma de construir un lenguaje poco común en una zona marginada, de familia humilde y patrones culturales repetibles. Se hereda el sistema de ideas, creencias, talentos y hasta vicios de los ancestros, con eso todos nacemos. Sin embargo, Alejandro Samuel encontró el sentido de su vida y camino en esa dirección con el Viento desaprendiendo aquel legado incómodo para reaprender nuevas formas de Ser, Sentir, de Pensar guardando en su memoria los aromas y sonidos de ayer como los de hoy, porque el olfato y el gusto guardan secretos y vivencia que la conciencia olvida.
Las hojas revoloteaban cayendo sobre el bosque de niebla de la Sierra Mariscal, distinta en todo a la ciudad de México, donde vivió su primera infancia. Tan pronto como llegó al Sureste mexicano, el Cielo y el Viento le obsequiaron un torrente de palabras extrañas. El eco le repetía incesantemente una consigna de vida, “ALEJANDRO SAMUEL DÍAZ ESCALANTE abre tu imaginación, observa todo cuanto es invisible al hombre común y difúndelo con el don de la palabra que el Viento, el Sol, la Lluvia y las Nubes, te han brindado”.
Ahí, en medio del bosque, recogió hojas sueltas de la Biblia que condujo a su casa. Como le sucede otros niños del campo, el Nuevo Testamento es de los primeros libros que el Viento sopló a sus oídos llenando su inagotable imaginación, porque como Alejandro dice: “Imaginar es gratis”. Caminó bajo el Sol de las arenas desérticas del Sotavento de Motozintla entre cactus, órganos y arbustos; se internó en la sombra de los bosques, se bañó en los cantarinos ríos que avanzan serpenteando tan presurosos de encontrar al Mar como él, tras su propio destino.
El Sol le mostró las bellezas que existen en la pobreza, en el campo, en cualquier casa humilde, en las manos trabajadoras de quienes jamás se rinden ante la adversidad. Creció dándole forma a las nubes junto a su hermano: un elefante, un oso, hasta un dragón lanzando fuego de vida; ánimas del Cielo con las cuales construía historias fascinantes. La princesa viajando sobre el dragón para liberar al oso y sus amigos. Su imaginación fluía al capricho del Viento. Sigue fluyendo tan intensamente como esta obra literaria titulada:
“CADA HISTORIA, UNA LECCIÓN, vivencias reales para crecer desde adentro”.
La pobreza urbana es tan distinta a la pobreza del campo donde pueden recolectarse frutos, verduras, hierbas y sueños cuando se vence el miedo a vivir. El temor lo hace pensar, lo conduce a la reflexión, y de ahí, a la acción; en cambio, el miedo, paraliza sin considerar que el tiempo pasa inexorablemente dejando al miedoso a la orilla de la carretera justo en esa peligrosa curva de la Sierra Madre Occidental.
Alejandro escucha la voz del Viento: “Imagina con precisión, piensa incansablemente y nunca dejes de ver hacia el cielo”. Ahí, encontró el sentido a su vida para darle dirección sin simulación tratando de aparentar lo que no es; sin disimulos, tratando de ocultar lo que en verdad es: Un Alma al Viento, un Ser pensante y actuante; una criatura del Cielo montado en sus Nubes blancas, grises, rojizas y anaranjadas, unas veces, y otras, de color violetas, negras y tenebrosas.
Alejandro Samuel es honesto al escribir, lo hace desde profundis reconociendo aciertos y errores, consciente de algo importante: “Perdonar no es justificación; perdonar es comprender. Perdonar a nuestros padres no cambia el pasado, pero si cambia el futuro”, recordándonos lo trascendente: “Tú atraes a tu vida aquello en lo que piensas con mayor intensidad”. Alejandro piensa en la justicia, la libertad, la caridad, sobre todo en el amor. Es una pluma que el Viento lo conduce a reconocer los patrones de conducta en su pueblo y Chiapas: familias disfuncionales; migrantes con vidas paralelas en busca de fortuna en Estados Unidos; mujeres vejadas por el patrón; la crianza de las abuelas amorosas ante la ausencia de los padres apurados ausentes en busca del alimento de cada día o sostenidos en los brazos de una madre incansable, luchadora, fuerte y poderosa incapaz de rendirse, así sea como empleada de alguna panadería, vendiendo fruta y hasta lavando ropa ajena tendiéndola al Sol hasta que el Viento le sople dejándola como nueva, porque, para el amor por los hijos no existen límites.
Alejandro escucha al Viento, siempre con atención, “nunca olvides las maletas de cartón atadas con pita y esperanzas. Recuerda el balón de básquet bol rodando sobre la tierra; plasma con orgullo sobre las rocas, el nombre de tus padres: Romeo Díaz Pérez y Delfina Escalante Verdugo, ellos, junto con tus abuelos: Efraín, Berta, Isidro y Ruperta. Siembra en Tierra fértil la semilla de tus hijos Joseth, Samantha y Camila junto a tu amada esposa, Leydi Miriam López a quien desposaste a los 18 años para vivir unidos hasta la eternidad”.
Alejandro escribe sin afán de impresionar; escribe desde el Alma, desde su propia historia recordando cada mañana a Dios y al Viento, al Cielos, las Nubes y la Lluvia salada cayendo sobre sus ojos al gritar con orgullo: “Hoy elijo conscientemente reclamar el poder que habita dentro de mi, levantar mis manos como señal de victoria y decidir que mi vida será guiada por amor, paz, gratitud y unidad”; “Decido romper los patrones que me detenían, derribar las barreras invisibles y demostrar que somos la prueba viva de romper paradigmas que no deseamos heredar”.
Alejandro Samuel Díaz Escalante seguirá pariendo libros con el mismo dolor con el cual su esposa LaydiLópez trajo al mundo a Camila llenando de alegría y amor su hogar. Esa es la misma sensación experimente al concluir la lectura de este significativo libro; por tanto, lo dejo abierto con una sonrisa de satisfacción para los lectores ávidos por darle sentido y dirección a sus vidas. Gracia a por tu lección de vida que enriquece mi Alma.
Froilán cerró el libro de Alejandro, <será un éxito porque escribir con honestidad es una cuestión de amor.


