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Fiesta cuxtepequense / Crónicas de Frontera

Fiesta cuxtepequense / Crónicas de Frontera
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©️La alegría de los juegos. La Concordia. 2015.

Antonio Cruz Coutiño

Sí. Fiesta Cuxtepequense, aunque esta remembranza también podría intitularse Feria del Cuarto Viernes en La Concordia, y dedicarla a mis cuncas de la primaria, el Colegio Juan XXIII, muy pronto renombrado Fray Bartolomé de Las Casas. Así que va en recuerdo de quienes permanecieron ahí, y aún hoy en mi memoria. A Paty y Sandra, nietas de tío Raúl Coutiño Ristori; al malogrado Joel Robelo, a mis hermanas Lesvia, Tony y Marianery; a la Nena y a su hermano Enrique el Chato. A Yoly Cristiani y a Yoly Hernández del barrio Las Casitas y a su hermano Antonio, a Triny de Zaragoza, a Socorro Lara y al buen Marcoantonio, a Yuyi Martínez, a Teté de los Santos, Rocío Guillén y Hómer el guerrerense; a Gloria, Noemí y Marlene Jimeno, y creo a dos compañeras más cuyos nombres se me escapan.

Así que, desde 1972 mis padres me encomendaron al Seminario Diocesano en Tuxtla Gutiérrez, para terminar mi formación básica. Desde entonces fijé mi residencia en este lugar, lo mismo que durante seis años viví en San Cristóbal. No obstante, desde las auroras de 1960 fue mi pueblo querido y entrañable la pequeña ciudad de La Concordia. Mi tierra, ayer, hoy y hasta el final de mis días, del mismo modo como yo pertenezco a ella… a pesar de que no nací ahí, sino en el emplazamiento original, el vecindario hermoso fundado en 1849.

Asumo entonces mi pertenencia al valle de los Cuxtepeques, a la porción territorial que hoy forman La Concordia, Jaltenango, Montecristo de Guerrero y la zona este-noreste de Villacorzo. Propio de esta región hoy asumida como subregión o fracción substancial de la región Frailesca, aunque no hayan enterrado mi ombligo en la nueva Concordia sino en La Concordia antigua.

Geografía e identidad

Sí. La identidad y las identidades en general se integran al intelecto, se llevan en el alma, se graban en el corazón y se forman originariamente durante la niñez y la primera adolescencia. Así que la mía se forma en ese pueblo viejo y extinguido, rodeado de arroyos y ríos, de cerros, simas y serranías, subsuelo embebido de sal, salitre y abundante agricultura. Protegido por el azul del cielo, el aire fresco y limpio que corría desde las montañas, el señor San Pedro y el Señor de las Misericordias. Así que identidad implica pertenencia. Identidad cultural que nos ata a la tierra, a nuestros ancestros, a nuestra familia; a las tradiciones, creencias y costumbres del lugar; a la forma particular de su oralidad y al habla local, a sus sitios, lugares, hitos; a sus calles y caminos, referentes y referencias. En una palabra, a su historia.

Es cierto que las y los concordeños de mi generación, y aún de camadas anteriores, tenemos dificultad para tomar como propio el nuevo asentamiento urbano, puesto que no fueron trasladados a él los referentes geográficos, paisajísticos, viales, espaciales y arquitectónicos que nos vieron nacer, crecer, jugar y batallar… aunque también soñar. Es cierto que esta ciudad unidimensional, monótona y aburrida, trazada al modo de la planificación industrial, serial, e ignorante de las esencias de la identidad local, no la sentimos nuestra. Sin embargo, la nueva ciudad no es del todo ajena a los referentes paisajísticos mencionados, tampoco a la geografía circundante. Es más, en ella aún encontramos a nuestra parentela, a nuestra familia, a nuestros antiguos vecinos y a algunos amigos iniciales.

Continúan ahí las fiestas y celebraciones que, aún con las modificaciones introducidas durante los últimos años, conservan elementos con los cuales nos identificamos; prácticas culturales, tradiciones y costumbres aún vigentes; modo o variación específica de uso del español, mitos, leyendas y creencias asociadas. En la nueva ciudad ―a pesar del tiempo y la desidia―, persisten nuestros gustos: bebidas y platillos, dulces, panes, etcétera; nuestra inclinación por los productos de la tierra y el ganado: mantequillas, cremas, quesos frescos y maduros; los gallos y las cabalgaduras, nuestras formas coloquiales, nuestra vocación ribereña y en especial la fiesta del Señor de las Misericordias, conocida también como…

Feria del Cuarto Viernes

Sin embargo y a pesar de todo, los transterrados de mi generación y de algunas anteriores, creemos que La Concordia es y seguirá siendo nuestra, al igual que la fiesta del cristo crucificado, Señor de las Misericordias. Festividad que a mí, aunque supongo que a todos ―siendo chavales― nos llenaba de paz, alegría y regocijo: no clases, ropa y calzado nuevo, visita de parientes casi olvidados, gasto extraordinario, juguetes artesanales, pompas de algodón rosado, nieves de diversos sabores y… las infaltables Atracciones Vaquerizo que nos hacían rabiar de placidez y gusto: caballitos multicolores, remolinos y tinas locas, el trenecito para los más pequeños, la rueda de la fortuna para los amantes, las sillas voladoras para los intrépidos y algo más que seguramente se me olvida.

Me encantaban los parachicos, a los que llamábamos moros, los vociferantes anunciadores de los “carros de propaganda”, las y los vendedores socoltenanguenses de chicozapotes y zapotes colorados, las juchonas y sus garnachas, tacos y medias órdenes de pollo, adornadas con rodajas de chiles y zanahorias en vinagre; los cuetes en retahíla y las bombas que estallaban en mil colores bajo la negritud del cielo. La explosión festiva del “castillo” junto a la rotonda central, el torito perseguidor y tronante dentro del atrio del templo, pero sobretodo… las entradas de flores desde los barrios.

Entradas de flores

Verdaderas procesiones comunitarias, eran éstas, lideradas por enrames cubiertos de hojas verdes y frutas diversas: limas, plátanos, piñas e incluso sartenes y ollas; la de San Juan, la de Las Casitas, la de San Pedro, la de Las Piedrecitas, la de los salineros y, muy en especial, la de los campesinos ejidatarios, los de la Casa del Pueblo. Con sus carretas de bueyes, emperifolladas aquellas y acicalados éstos, y sobre ellas los niños presumiendo sus mudadas y calzados nuevos, y las muchachas, maquilladas como nunca, luciendo su mejor gala.

¿Quién no recuerda los bailes de la rotonda, y los ramitos de velo de novia y jazmines y gardenias sobre la solapa de los varones, prueba irrefutable de que habían pagado el derecho a bailar toda la noche? ¿O las carpas cerveceras y sus artistas, con cantantes, músicos, bailarinas, vedettes y hasta merolicos? ¿Quién no se acuerda de los coletos y sus hermosas tiendas de manta y lona, sus tendales de hierbas aromáticas, medicinales, cazuelas, calderas y jarros? Yo bien recuerdo los confites blancos y rosados, lisos y morroñosos. Las naranjas acitronadas, cajetas de a tostón y veinte, camotes, cocadas blancas, rojas, verdes y amarillas, pero en especial… la delicia nuestra siendo pequeños, ¡Nuestros juguetes!

Para las niñas, cofres y mueblecitos pintados, muñecas de trapo y trastecitos artesanales, algunos de barro y otros de hojalata. Para ellas y nosotros, palomas rodantes, cornetas metálicas coloreadas, cajitas sorpresas (con serpiente dentro) y pitos de barro en forma de gallos. Y, tan sólo para nosotros los varones (¡Ay mamás sexistas!)… carritos de madera pintada, trepatemicos, boxeadores móviles y mil cosas plásticas que recién se inauguraban. Aunque… las y los más sobresalidos y adinerados jugaban a la Lotería Mexicana, a las canicas chibolonas, a las vejigas y dardos, al lanzamiento de aros, a los pescaditos nadadores y… degustábamos de todo: chocomilk con canela, raspados de hielo y temperante, jocotes y nanches curtidos…

Y ya para terminar

Es cierto, para terminar, pues ya no hay más espacio, ubiquémonos ahora algo más crecidos. ¿Recuerdan el tiro al blanco con fusiles pesados, los muñecos de plomo, los patitos pintados, la chicharra escandalosa, y los rifles sencillos para cazar cigarros, cereales, cerillos? ¿Quién no apostó en la lotería de dados, en las barajas, en el cubilete e incluso en la ruleta del perrito y su lengua larga? ¿Quién no entró al teatro guiñol y al de títeres y a la casa embrujada y al encierro en donde exhibían a la Mujer Araña?

Yo, pordios lo declaro: no daba crédito a mis ojos, cuando alguna vez llegó a la feria la Mujer Serpiente. ¡Pobre mujer! ―Pensaba yo―. ¿Cómo es que siendo tan bonita fue convertida en culebra? ¿Cómo es que, sobre la condena de vivir encerrada, cada noche el anunciador la maldice? “…y todo por desobedecer a sus padres y andar en malos pasos. Por eso, véanla, se convirtió en serpiente”. Esa noche se me encogió el corazón, al ver que apenas gemía mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

Otras crónicas en cronicasdefronter.blogspot.

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