
Corina Gutiérrez Wood
Hace un par de días fui a una revelación de sexo o “gender reveal”, porque a estas generaciones les gusta adornarlo con palabras en inglés para que se escuche más “fancy”.
Para quien no esté familiarizado con el término, es esa reunión moderna donde la familia se junta para descubrir, de manera pública, emotiva y perfectamente fotografiable, si el bebé será niño o niña. No es solo “nos dijeron el sexo”, no. Es un evento con producción y emociones cuidadosamente programadas.
Y yo no fui por moda, ni por experimento sociológico, ni porque me levanté con ganas de convivir con gente vestida de beige o blanco. Fui porque iba a conocer, oficialmente, el género de mi primer nieto. Así, sin más.
Desde que llegué supe que aquello no era una reunión normal. Era un evento, de esos donde nadie llega tarde, nadie se equivoca de outfit y nadie puede aparecer vestido de otro color sin sentirse culpable. Todo “neutral”, como si estuviéramos entrando a una revista de decoración emocional.
La organización cuidadosamente planeada por la mejor amiga de la futura mamá, que seguramente llevaba semanas, coordinando todo lo coordinable y cuidando, que hasta los ositos de la decoración no perdieran la compostura. Porque organizar un “gender reveal” no es solo poner globos, contratar comida, bebida y decoración; es lidiar con nervios, ilusiones, egos y emociones ajenas.
Había música en vivo. Un guitarrista tocando canciones conocidas, pero en versión “cafetería elegante”. Todo suave, muy lindo y pensado para que nadie se altere antes del gran momento.
Y luego vino el video.
No uno solo de los papás, no. Un desfile audiovisual. Pasaba cada invitado frente a la cámara, se presentaba con toda seriedad como si estuvieran haciendo un casting y decía algo como: “Yo soy tu abuelo”, “yo soy tu tía”, “yo soy tu amigo”, y acto seguido anunciaba, con convicción absoluta, si creía que iba a ser niño o niña, como si echáramos volados con las emociones.
Yo, mientras tanto, pensaba que ese material debía guardarse muy bien, porque el día que ese niño lo vea en la adolescencia va a descubrir que antes de nacer ya tenía encima las expectativas, las suposiciones y las corazonadas de toda una generación. Y ahí, seguramente, entrará en esa etapa moderna de “no me aceptaron como yo soy”, seguida de búsquedas interiores, lecturas profundas, terapias alternativas, constelaciones familiares y nuevos métodos de sanación emocional que todavía no se inventan, pero que sin duda existirán para procesar todo esto.
Después de eso vino lo de la huellita.
Había un arbolito dibujado y cada quien ponía su huella en azul o rosa, según su corazonada. Uno ahí, pensando: “¿Y si fallo? ¿Y si le atino? ¿Y si mi intuición no sirve ni para esto?”. Y… debo hacer una confesión, en el video dije que creía que sería niña, pero en el arbolito, sin pensarlo dos veces, puse mi huella en azul.
Y luego las fotos.
Porque no fueron “unas fotos”. No. Fue todo un desfile. Un ir y venir constante frente a la cámara, primero los papás solitos en medio del escenario, después con una mamá, con la otra mamá, el papá, luego todos juntos, después los hermanos, los tíos, los primos, los bisabuelos, los amigos de él, los de ella, el guitarrista que ya parecía parte del clan, la señora que entró a dejar la comida, el vecino que se asomó sin saber cómo terminó ahí, y el gato que andaba trepado en una barda mirando todo con cara de “qué es este circo”.
Solo faltó el perro. Pero Max, se quedó en Monterrey.
Ahí estábamos todos, formados, sonriendo, acomodándonos, tratando de no parpadear, de no salir con los ojos cerrados, de no movernos justo cuando el fotógrafo decía “una más, otra más, ahora una natural”, como si de verdad existiera algo espontáneo después de veinte intentos.
Y después de todo ese recorrido humano, de toda esa logística emocional y física, llegó el momento. EL MOMENTO. Con las cámaras listas, los celulares en alto, los corazones acelerados y una cuenta regresiva que parecía eterna.
Yo, mientras tanto, rezando en silencio para que no pasara lo que uno ha visto en redes,explosiones raras, humo descontrolado, accidentes, sustos, peinados arruinados. Pensaba “Por favor, que nadie salga chamuscado. Que esto sea bonito y no viral”.
Y afortunadamente, todo salió perfecto.
Se encendió el mortero y el espacio entero se cubrió de polvo azul, incluso todos los asistentes. Vinieron los gritos mezclados con aplausos, risas y lágrimas, azules por supuesto. Algunos lloraban sin pudor, otros fingían alergia, otros no fingían nada. Yo lloré, para qué les miento. Lloré con ese tipo de llanto que no avisa, que sale sin pedir permiso, que mezcla alegría, orgullo, nostalgia y un poquito de “en qué momento llegué a esta etapa de la vida”.
Y ahí, en medio de todo ese humo, de los abrazos, de los celulares grabando, de las sonrisas desbordadas, entendí que todo ese performance, toda esa producción, todo ese ritual moderno, al final no era para Instagram.
Era para nosotros, para marcar un momento, para decir sin palabras aquí empezó algo.
Porque más allá del color, de las fotos, del video, de los ositos y del guitarrista cool, lo que estaba pasando era que una familia se estaba preparando para recibir a alguien nuevo. A alguien que todavía no conocemos, pero que ya amamos sin condiciones.
Un bebé no es solo un bebé. Es una promesa, una historia que empieza, una oportunidad de volver a creer, una excusa para reír más, para cuidar más, para abrazar más.
Es una vida que llega a recordarnos que todo sigue, que todo se renueva, que el amor no se gasta, se multiplica.
Y yo, desde mi lugar de futura abuela, me siento profundamente agradecida y emocionada.
Porque sé que ese niño llegará rodeado de amor, de locuras, de historias, de fotos infinitas y de una familia dispuesta a acompañarlo en cada etapa.
Y si algún día ve ese video, esas fotos y ese polvo azul suspendido en el aire, ojalá entienda que antes de nacer ya era esperado, celebrado y querido.
Mientras yo, aquí estoy, lista para llenarlo de historias.


