1. Home
  2. Columnas
  3. Perdonar no borra el daño ni cancela las consecuencias / Sarcasmo y café

Perdonar no borra el daño ni cancela las consecuencias / Sarcasmo y café

Perdonar no borra el daño ni cancela las consecuencias / Sarcasmo y café
0

Corina Gutiérrez Wood

A veces me pregunto si la verdadera grandeza de una persona no se mide tanto por lo que ha logrado, sino por algo mucho más difícil de conseguir y, sobre todo, de sostener; su capacidad para perdonar.

Porque los logros, con todo y su complejidad, responden a cierto orden; esfuerzo, disciplina, talento, oportunidades. El perdón no. El perdón aparece cuando algo ya se rompió. Cuando hubo una herida real, no simbólica. Y ahí no hay manual que sirva.

Perdonar no es fácil, aunque nos guste decir que sí. Solemos imaginarlo desde la comodidad, desde esos momentos en los que todo está en calma y uno puede afirmar, casi con orgullo, que no guarda rencores. Pero esa versión del perdón suele desmoronarse cuando el daño es concreto; una traición, una decepción profunda, una palabra que hirió.

Ahí deja de ser una idea bonita y se convierte en un proceso. Uno irregular, incómodo, muchas veces lento. No ocurre de inmediato ni responde a la lógica del “ya entendí, ya solté”. Hay días en los que parece posible y otros en los que el enojo vuelve, sin avisar. Y eso también forma parte del camino, aunque incomode aceptarlo.

El problema es que solemos exigirnos un perdón rápido, ejemplar, casi obligatorio. Como si fuera una prueba de madurez emocional. Pero no funciona así. No es una reacción automática ni una decisión mecánica. Forzarlo antes de tiempo no lo vuelve noble; lo vuelve falso.

Aun así, hay algo cierto, el rencor pesa. Se acumula de formas silenciosas. Se instala en la memoria, en el cuerpo, en la manera de mirar al otro. Es como cargar una mochila llena de piedras que nadie más ve, pero que siempre está ahí. Y vivir así termina cansando. No por lo que el otro hizo, sino por lo que uno sigue cargando.

Por eso el perdón no tiene que ver, en primer lugar, con merecimientos. No se perdona porque el otro lo merezca, ni porque haya ofrecido disculpas, ni porque haya cambiado. Cuando llega, lo hace porque uno necesita dejar de vivir atado a la herida.

Perdonar parte, justamente, de reconocer el daño. De aceptarlo sin maquillaje. Y desde ahí decidir que eso no va a seguir definiendo tu vida y eso no es debilidad. Es fortaleza emocional. Es decir; esto me dolió, pero no voy a quedarme aquí para siempre.

Si perdonar al otro es complejo, perdonarse a uno mismo suele ser todavía más difícil. Ahí el juicio se vuelve implacable. Nos reprochamos decisiones, silencios, errores. Nos exigimos haber sabido más, haber actuado mejor. Como si castigarnos pudiera corregir el pasado.

El perdón a uno mismo no consiste en justificar lo que hicimos ni en borrar responsabilidades. Consiste en aceptar que somos humanos, que fallamos, que no siempre elegimos bien y que eso no nos condena para siempre.

Solo cuando dejamos de hablarnos desde la culpa constante podemos empezar a sanar. Nadie crece desde la autocrítica eterna. El aprendizaje necesita espacio, no castigo.

Y aquí entra una parte que suele omitirse; quien hiere tampoco sale ileso, también carga con lo que hizo. La culpa, el arrepentimiento, la incomodidad de saberse responsable. No es absolución ni castigo. Es consecuencia. Y cada quien la carga a su manera.

Reconocer que el otro también paga su parte no reescribe la historia. Solo recuerda que el daño no siempre viene de la maldad, sino de la torpeza, el miedo o la incapacidad de hacer mejor las cosas.

Por eso el perdón no es solo liberar al otro ni solo liberarse uno. Es aceptar que el daño atrapó a más de una persona en la misma historia. Cada quien, desde un lugar distinto, pero atado al mismo punto.

Y es ahí donde la idea de grandeza cobra sentido. No como virtud moral ni como superioridad emocional, sino como la capacidad de soltar una carga que ya no repara nada. No se trata de borrar el pasado, sino de dejar de vivir en él.

El perdón no arregla lo ocurrido. No cambia a las personas. No garantiza finales felices. Soloabre una posibilidad concreta; que el daño y los errores no sigan gobernando todas las decisiones futuras.

Nada de esto ocurre rápido. Hay daños que no se cierran ni se explican; simplemente dejan de doler todos los días. Otros se quedan ahí, más silenciosos, menos invasivos. Forzar el perdónantes de tiempo no es madurez; es otra manera de ignorar lo que pasó.

Perdonar tampoco te vuelve débil ni pequeño. Débil es quedarse detenido en el mismo punto, volver siempre al mismo recuerdo, permitir que el daño siga marcando el ritmo. El dolor existe; la trampa esta en no saber cuándo salir de ahí.

Perdonar no es un gesto amable ni una concesión. Es un límite. No hacia la persona que hirió, sino hacia la herida misma. Es decidir que no va a ocupar cada pensamiento ni cada decisión.

Y quizá ahí esté la única grandeza posible; no en perdonar por bondad ni por mandato moral, sino en entender que seguir alimentando la herida no repara nada. No devuelve lo perdido ni castiga mejor. Solo prolonga algo que ya hizo suficiente daño.

Pero soltar la herida no significa fingir que todas las fallas pesan lo mismo. Algunas son menores, otras dejan marcas profundas y consecuencias reales. Reconocer esa diferencia no borra el daño ni cancela las consecuencias. Reducir a alguien a su peor error es creer que una vida cabe en una sola decisión.

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *