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Todo tiene límites / La Feria

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Sr. López

Había una vez un presidente tontito de los EUA. Como la economía de su país no andaba del todo bien, los productores yanquis estaban en problemas, la demanda iba a la baja y a dos legisladores republicanos (el senador Reed Smoot y el representante -diputado-, Willis C. Hawley), se les ocurrió sugerirle poner aranceles a las importaciones, de modo que al entrar productos extranjeros pagando impuestos, fueran más caros que los hechos en los EUA, y se reactivara el consumo de lo nacional y los productores recuperaran su mercado. Se conoce a esa ley que aprobó el senado yanqui como la Tariff Act (Ley de Aranceles), y a sus consecuencias se les conoce en la historia como la “Gran Depresión”, que no empezó en Nueva York, el 24 de octubre de 1929, con la caída de la Bolsa, sino el 17 de junio de 1930, cuando aprobó esa ley el Senado, a la que se llama “Ley Smoot y Hawley”. El presidentito que la firmó y decretó, fue el bobo de Herbert C. Hoover.

 

La idea original fue poner aranceles solo a los productos agrícolas, pero agarraron vuelo y acabaron poniéndoselos a casi 20 mil diferentes productos de importación. La iniciativa final presentada en marzo de 1930 ante el Senado, ameritó la protesta firmada por más mil economistas de los EUA, que solicitaron al Presidente que la vetara. La aprobaron, la decretó y se hundió la economía yanqui en lo que conocemos como la Gran Depresión.

 

La caída de la bolsa de Nueva York y la espantada de ahorristas, se hubiera contenido de otra manera, pero en aquellos tiempos, la Reserva Federal (el Banco central yanqui, que NO es del gobierno), bajo la tasa de interés y dejó a su suerte a los bancos, que quebraron en serie. La intención de Smoot, Hawley y Hoover, era buena pero el seso escaso: todo el mundo les respondió poniendo aranceles de retache a los productos yanquis y entonces aparte de no vender dentro de su país, porque la gente ya estaba en la quinta chilla, tampoco vendían al extranjero. La Gran Recesión se plantó sobre los EUA con pachorra de vaca en el camino.

 

Las siguientes elecciones, en 1932, las perdieron los tres (Smoot, Hawley y Hoover), que se fueron a encerrar a sus casas, donde ni la palabra les dirigían. En marzo de 1933, llegó a la Casa Blanca Franklin D. Roosevelt, del partido demócrata, que redujo al mínimo las tarifas arancelarias a las importaciones, aliviando algo el problemón heredado, se puso a hacer obra pública en todo el territorio, para generar empleo, ingreso y capacidad de compra y en 1934 le arrancó al Congreso el Acta de Acuerdos Comerciales Recíprocos (“Reciprocal Trade Accord Act”), para poder negociar acuerdos comerciales bilaterales, para ir quitando de una en una las tarifas arancelarias a los productos gringos. Pero lo que realmente arregló la economía yanqui fue la Segunda Guerra Mundial: a producir todo mundo con los Bonos de Guerra (antes Bonos de Defensa, que se usaron para sacar dinero de circulación, reducir la inflación y dotar de efectivo al gobierno para financiar la obra pública), y se pusieron a fiarle a todo mundo mediante la Ley de Préstamo y Arriendo (Lend-Lease). Floreció la economía y cuando acabó la Guerra, medio planeta le debía dinero al tío Sam.

 

Don Franklin se reeligió Presidente cuatro veces y se quedó en la Casa Blanca hasta su muerte en 1945. El monumento más grande que hay el Washington D.C., es el de él (impresionante, 30 mil metros cuadrados).

 

Hacia el final de la Guerra, una de las cosas que don Franklin hizo antes de palmar, fueron los Tratados de Bretton Woods, para reorganizar la economía una vez terminara el conflicto bélico, reglamentando las relaciones comerciales y financieras entre los países más industrializados del mundo, SIN aranceles a las importaciones (fin del proteccionismo). Como don Franklin era yanqui por los cuatro costados, aprovechó Bretton Woods para dejar armados el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y que la moneda del comercio mundial fuera el dólar yanqui. Lindo. Ya luego en 1947, a través de la ONU el tío Sam implantó el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), que hoy es la WTO (Organización Mundial de Comercio), que no es parte de los acuerdos de Bretton Woods ni de la ONU, aunque se coordina con ella (a través de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).

 

Ahora hay otro tontín en La Casa Blanca: el tal Trump. Quiere poner por sus puros pantalones aranceles a las importaciones de su país de acero (25%) y aluminio (10%), para proteger a los productores de su país. A todo dar. Ahí lo verá.

 

Trump quiere apretarle las tuercas con esa medida a China. Pobre hombre, pobres yanquis. China no está entre los primeros 10 exportadores de acero y aluminio a los EUA (Canadá es el principal -16%-, le siguen Brasil, Corea del Sur, México, Rusia, Turquía, Japón, Alemania, Taiwán e India… sí, México vende más acero que Alemania a los EUA, casi tres veces más).

 

La actividad bursátil yanqui ya reaccionó ante el solo anuncio. Una guerra comercial es igual o más compleja que una convencional a  bombazos: el índice Dow Jones bajó 420 puntos, el Nasdaq y el S&P 500, cayeron un 1.3% cada uno. Por supuesto el Trump arregla eso a tuitazos, como ya saben quién, y mañana resulta que no le va a meter ese arancel a México y Canadá (porque el TLC se va al éter). Pero lo importante es reflexionar en lo que sucede cuando en la presidencia de un país está un tipo que toma decisiones por puntada, por arranques, como ya saben quién.

 

No se asuste tanto. En los EUA hay intereses y contrapesos de una escala difícil de imaginar. Preocúpese por México, porque un señor sin oficio ni beneficio, con las mejores intenciones, dice que otorgará una amnistía anticipada a la mafia del poder, que planteará perdonar a la delincuencia organizada, ya propuso delincuentes y malandrines para el senado, y anda diciendo que va a ser nuestro Presidente… y este país aunque usted no lo crea, no aguanta todo. Todo tiene límites.

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