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Sembrar vientos / La Feria

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Sr. López 

Anastasia, tía Tacha, era de las de Toluca, buena persona pero con el defecto de ser la mujer más necia y terca (no es lo mismo), desde nuestra madre Eva. A la puerta de su casa estuvo siempre estacionado un Chevrolet 52, azul cielo (horroroso), impecablemente limpio, que jamás manejó nadie. Lo tenía gracias a que fastidió a su marido, tío Pedro, porque él tenía coche y ella no, hasta que lo hartó y le compró el que ella quiso, nuevecito, de agencia, pero nunca aprendió a manejar y jamás lo prestó a nadie. Era su coche. Se dan casos. 

Guste o no guste a algunos o a muchos, el proyecto del presidente Andrés Manuel López Obrador, fue un éxito rotundo. Si se revisa su biografía política, por más en contra de él que se pueda estar, merece reconocimiento su tenacidad en pos del poder. 

Inicio su vida política como uno más de los que en 1976, colaboraron en la campaña de Carlos Pellicer al Senado de la república por su natal Tabasco, como candidato del PRI. Entre otros empleos dentro del régimen priista, fue nombrado en 1977 delegado en Tabasco del Instituto Nacional Indigenista, y en 1982 coordinó la campaña de Enrique González Pedrero al gobierno del mismo estado, también por el PRI. En 1983, el PRI lo nombró, presidente de su Comité Directivo Estatal. En 1984 se trasladó al entonces D.F. como titular de la Dirección de Promoción Social del Instituto Nacional del Consumidor, y maestro en el Instituto de Formación Política del PRI (más priista es difícil). 

Luego, en 1988 se integró a la facción de priistas conocida como Corriente Democrática, para apoyar a Cuauhtémoc Cárdenas, como candidato a presidente de la república, de lo que luego fue el PRD, muégano de priistas y gentes de la izquierda, ambas partes dogmáticas irreductibles, lo que derivó en la constitución de grupos internos (tribus) que canibalizaron su propio partido hasta derrotarse a sí mismos. 

En 1989, López Obrador fue nombrado presidente del PRD en Tabasco. En mayo de 1992 abandonó el cargo y se fue a Veracruz a apoyar la campaña a gobernador de Heberto Castillo. 

Conviene tener en cuenta que en febrero de 1996, bloqueó 59 pozos e instalaciones de Pemex en Tabasco, en demanda de indemnizaciones y en protesta por la política de privatización de plantas petroquímicas. En agosto de ese año llegó a presidente nacional del PRD. 

Después, en el 2000, llegó a Jefe de Gobierno del entonces D.F. y desde ahí catapultó su candidatura a la presidencia de la república para el año 2006, postulado por el PRD, el PT y Movimiento Ciudadano; perdió, nunca lo aceptó, bloqueó tres meses Avenida Reforma y declaró: “Ese atentado a la legalidad constitucional y a la vida democrática, obliga a reasumir el ejercicio de la soberanía popular (…) Por eso, aunque no les guste a mis adversarios, ¡al diablo con sus instituciones!”… bueno, a veces dice la verdad. 

Importa mencionar aparte, que López Obrador y algunos de los suyos, declararon que sabotearían la toma de protesta del 1 de diciembre de 2006 “para no permitir la toma de posesión de Calderón”. No se le olvide. 

Otra nota aparte, igual de importante: en abril de 2008, durante la presidencia de Calderón, se discutía en el Congreso la política energética y como no le pareció a López Obrador, el 10 de abril de ese año, sus seguidores bloquearon ambas Cámaras, cerraron las puertas con cadenas y usaron sillas y mesas como barricadas para impedir las sesiones legislativas y conseguir un debate de 120 días sobre el asunto y no los 50 días aprobados por el PAN, PRI, Verde y Nueva Alianza. No se le olvide. 

Después para las elecciones a la presidencia de la república en 2012, el 10 de julio de 2010, declaró a La Jornada: “No pretendemos fundar un partido, buscaremos uno que nos registre de acuerdo a nuestros principios”, y lo apoyó Movimiento Ciudadano que lo registró como candidato. Perdió, tampoco aceptó. Después, el 9 de septiembre anunció que fundaría un nuevo partido: Morena. Si es de sabios cambiar de opinión, él es muy sabio. 

Luego de tantas turbulencias y sinsabores, contra todo pronóstico, en el 2018 ganó arrasadoramente la elección presidencial. 

Está en su quinto año de gobierno y para unos no tan pocos pero no suficientes para hacerlo prócer, es un gran Presidente, aunque para otros, cada vez más, es un desastre. No todo en su gobierno han sido desatinos pero sí mucho más de la cuota de estropicios generalmente aceptada. 

Hemos de aceptar que la inmediatez impide evaluar en su justa medida ningún evento de esos que inciden en la historia y no queda más que esperar el paso del tiempo para que aquietadas las pasiones y sosegadas las tolvaneras, los resultados hablen por sí mismos. No se le arriendan las ganancias al Presidente, él mismo estableció que sin mejorar la seguridad pública no habría “transformación”, ya dejemos lo demás como pilón. 

Lo triste es que este señor luchó lustros por llegar al poder… solo para tener el poder. Punto. Ese era su proyecto, eso fue un éxito rotundo, para él, no para el país. Por eso su decisión de vivir en Palacio Nacional: para gozar el ser Presidente las 24 horas del día. 

Pero él lo único que sabe bien, es ser oposición y estando en el poder es un contrasentido. Su hábito de hablar mal de todo y todos como munición discursiva, se le hizo vicio, un vicio contumaz que ahora usa para explicar la falta de resultados y los errores. Siempre alguien es culpable de todo lo que no resuelve. Y no admite réplica. 

Por eso dedica sus mejores esfuerzos a denostar el pasado y a todos los que no le rindan reverencia, sumisión, que confunde con lealtad, cuando la verdadera fidelidad ante el superior jerárquico es advertir honestamente sobre sus decisiones erradas, sobre sus propuestas equivocadas. No es lealtad dejar que se desbarranque quien manda y mucho menos cuando lleva al abismo a todo un país. 

Tal vez no lo sepa quien vaya a sucederlo en el cargo, pero tendrá que resolver desde el principio, qué se hace con un expresidente que dedicó su periodo a sembrar vientos.

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