
©️ Recuperando energía. Pacayal, Chiapas.
Antonio Cruz Coutiño
A las diez y media alcanzamos la cima de la montaña, y en línea, ante nosotros, divisamos la iglesia de Zapaluta [hoy La Trinitaria], el primer pueblo en México. Aquí revivieron nuestros temores por la carencia de pasaporte. Nuestro gran propósito era llegar a Comitán, y allí arrostrar [los embates] que hubiese. Al acercarnos al pueblo, evitamos el camino que conducía [al centro] a través de la plaza y, dejando el equipaje para que pasara como pudiese, nos apresuramos por los suburbios.
Asustamos a algunas mujeres y niños, y antes de que nuestra entrada se supiera en el cabildo, estábamos más allá del pueblo. Continuamos a buen paso como una milla, y entonces nos detuvimos para tomar un respiro. Un inmenso peso se quitó de nuestras mentes, y unos a otros nos dimos la bienvenida a México. Al provenir de la desolada frontera, [el país] se abría ante nosotros como un [paisaje] antiguo, poblado largamente, civilizado, apacible y bien gobernado.
Cuatro horas a caballo sobre un llano estéril y arenoso nos llevaron a Comitán [hoy de Domínguez]. Santiago, quien era desertor del Ejército Mexicano, temeroso de ser capturado, nos dejó en los suburbios para regresar solo, a través del desierto que habíamos pasado, [mientras] nosotros proseguimos hacia la plaza.
En una de las casas más grandes con vista a ella vivía un americano. Una parte del frente era ocupada como tienda, y tras el mostrador había un hombre cuyo rostro evocaba el recuerdo del hogar [propio]. Le pregunté en inglés si su nombre era M’Kinney, y me respondió “sí, señor”. Le hice otras varias preguntas en inglés a las que contestó en español. Los sonidos le eran familiares, sin embargo, pasó algún tiempo antes de que pudiera comprender plenamente que estaba escuchando su lengua nativa. Y ya, cuando lo hizo y se dio cuenta de que yo era un paisano, [en él] se despertaron sentimientos que le habían sido extraños durante mucho tiempo, y nos recibió como alguien a quien la ausencia sólo había fortalecido los vínculos que lo ataban a su patria.
El doctor James M’Kinney, cuyo modesto nombre fue transformado en [la ciudad de] Comitán en el imponente “don Santiago Maquene”, era un nativo del condado de Westmoreland, Virginia, [quien había] salido para Tabasco a pasar un invierno en beneficio de su salud, y para ejercer su profesión. Las circunstancias lo indujeron a realizar un viaje hacia el interior, y se estableció en Ciudad Real. En la época del cólera en América Central se dirigió a Quetzaltenango, donde fue empleado por el gobierno y vivió dos años en términos de intimidad, con el desafortunado general Guzmán [Agustín Guzmán, c1790-1849, prócer guatemalteco) a quien él describía como uno de los más caballerosos, amables e inteligentes hombres en el país.
Más tarde regresó a Comitán, y se casó con una dama procedente de [cierta] familia que en otro tiempo fuera rica y poderosa, pero que había sido despojada de una parte de su riqueza, por una revolución apenas dos años antes. En la repartición de lo que quedaba le tocó a él la casa ubicada en la plaza; [aunque] por disgustarle el ejercicio de su profesión, la abandonó y emprendió la de vendedor de mercaderías.
Como cualquier otro extranjero en el país, se había vuelto nervioso a causa de las constantes guerras y revoluciones, [y decía que] no tenía ninguno de estos sentimientos cuando arribó por primera vez. En la época de la primera revolución, en Ciudad Real estaba mirando en la plaza, cuando dos hombres fueron heridos a su lado. Afortunadamente los llevó a una casa para atender sus heridas y, mientras tanto el grupo atacante se abrió paso hasta la plaza y destrozó a cuantos hombres se encontraban allí.
Hasta este lugar habíamos viajado por el camino a México; aquí Pawling iba a dejarnos para proseguir hacia la capital; Palenque quedaba a nuestra derecha, rumbo a la costa del Atlántico. El doctor M’Kinney nos describió el camino como uno más espantoso que cualquiera que hubiésemos transitado hasta entonces, y había otras dificultades. La guerra se interponía de nuevo en nuestro camino y mientras el resto de México estaba tranquilo, Tabasco y Yucatán, los dos puntos de nuestro viaje, se hallaban en plena revolución [el Yucatán republicano combatía el centralismo mexicano].
Sólo esto podía habernos perturbado grandemente, a no ser por otra dificultad: era necesario que nos presentásemos en Ciudad Real, a tres días de camino directamente fuera de nuestra ruta, para obtener un pasaporte, sin el cual no podríamos viajar [hacia] ninguna parte de la República Mexicana. Y además [de] estas cosas ya de suyo serias, se mezclaban con una tercera, a saber: que el gobierno de México había expedido una orden perentoria a todos los extranjeros, para impedir que visitaran los vestigios de Palenque. El doctor M’Kinney nos contó que a él mismo le constaba que tres belgas, enviados en una expedición científica por el gobierno de Bélgica, habían ido a Ciudad Real expresamente a solicitar permiso para visitarlas, y que se les había negado.
Estas noticias empañaron un tanto la satisfacción de nuestro arribo a Comitán.
Por consejo del doctor M’Kinney nos presentamos de inmediato al comandante [de la plaza], quien tenía una pequeña guarnición de unos treinta hombres, bien uniformados y equipados, y que, comparados con los soldados de la América Central, nos produjeron una elevada opinión del Ejército Mexicano. Le mostré mi pasaporte, y una copia del periódico oficial de Guatemala, el cual afortunadamente declaraba que yo tenía la intención de ir a Campeche para embarcarme hacia los Estados Unidos.
Con suma cortesía tomó a su cargo inmediatamente, evitarnos la necesidad de que nos presentásemos personalmente en Ciudad Real, y ofreció enviar un correo al gobernador para obtener un pasaporte. Esto era un punto muy importante; [aunque] aun así habría tardanza, [ante lo cual] por consejo suyo visitamos al prefecto, quien nos recibió con la misma cortesía, y lamentó la necesidad de estorbar mis movimientos; nos mostró una copia de la orden gubernamental, la cual era imperativa y no hacía excepciones a favor de “agentes confidenciales extraordinarios”.
Se hallaba en verdad ansioso, sin embargo, por servirnos, y dijo que estaba dispuesto a incurrir en alguna responsabilidad, y que consultaría con el comandante. Nos separamos de él con una cálida impresión de la urbanidad y buenos sentimientos de los funcionarios mexicanos, y satisfechos de que, cualquiera que fuese el resultado, ellos estaban dispuestos a tributar un gran respeto a sus vecinos del Norte.
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