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Los presidentes y los scouts del imperio / Sarcasmo y café

Los presidentes y los scouts del imperio / Sarcasmo y café
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Corina Gutiérrez Wood

México tiene una costumbre muy curiosa fingir sorpresa cada vez que descubre que agencias de inteligencia extranjeras operan dentro del país. Como si los scouts del imperio, o sea la CIA, acabara de bajarse ayer del avión con lentes oscuros y pasaporte diplomático, y no llevara décadas instalada en nuestra historia con más permanencia que algunos partidos políticos, porque mientras aquí crecimos escuchando discursos sobre soberanía nacional, independencia y “México se respeta”, detrás de esos discursos existían nombres clave, líneas intervenidas, estaciones clandestinas y presidentes colaborando con Washington con la misma naturalidad de quien comparte contraseña de Netflix.

Y no, esto no empezó con el narcotráfico moderno. Todo viene desde la Guerra Fría, cuando Estados Unidos entró en paranoia continental y decidió vigilar América Latina como el papá tóxico revisando el celular de su hija.

Y pues bueno, demos un vistazo a unas cuantas décadas atrás.

Todo arranca con Don Gustavo, alias Tlatelolco Prime. En esos años la obsesión era el comunismo. Estados Unidos veía enemigos hasta en estudiantes con guitarra y máquina de escribir, y México, queriendo demostrar que era aliado confiable, abrió la puerta a la cooperación entre agencias mexicanas y estadounidenses.

Ahí aparecen proyectos con nombres que parecen sacados de película de espías LITEMPO y LIENVOY. Pero pues no, no eran ficción.

LITEMPO fue el nombre clave utilizado por la CIA para una red de contactos de alto nivel dentro del gobierno mexicano. Básicamente una lista VIP de funcionarios y figuras cercanas al poder que compartían información con Washington. Porque al parecer la soberanía mexicana también venía con copia para Estados Unidos.

Y luego estaba LIENVOY, una operación enfocada en intervenir y monitorear comunicaciones diplomáticas relacionadas principalmente con Cuba y la Unión Soviética, porque, aunque México mantenía públicamente una relación menos agresiva con Cuba que otros países latinoamericanos, Estados Unidos nunca dejó de vigilar cada movimiento con obsesión casi tóxica.

Lo incomodo es la forma en cómo funcionaba todo eso. La CIA proporcionaba sofisticados equipos tecnológicos de grabación e intervención telefónica, mientras miembros del Ejército mexicano operaban estaciones de escucha desde oficinas clandestinas dentro del país. Sí, espionaje internacional funcionando en territorio mexicano mientras afuera seguíamos hablando de soberanía como si nada estuviera pasando. Y claro, en medio de todo eso llegó 1968.

Tlatelolco. Porque en plena Guerra Fría, un movimiento estudiantil podía ser visto no como protesta social, sino como amenaza ideológica. Y mientras los estudiantes caían en la Plaza de las Tres Culturas, las agencias de inteligencia seguían alimentando expedientes.

Después llegó Don Luis, Lord Guerra Sucia. El hombre que pasó de secretario de Gobernación durante la matanza del 68 a presidente de la República porque claramente en México la memoria histórica siempre ha sido bastante flexible.

Con él, la vigilancia dejó de ser discreta y se convirtió en persecución abierta. Desapariciones, espionaje político, control de opositores y una maquinaria de inteligencia cada vez más agresiva.

Luego aparece una joyita histórica la DFS, Dirección Federal de Seguridad. O, mejor dicho, el FBI región 4 con presupuesto de película de ficheras. Oficialmente era inteligencia mexicana. Extraoficialmente, durante años tuvo colaboración estrecha con la CIA.

La DFS terminó convertida en ese cuarto oscuro donde se mezclaban espionaje político, vigilancia de estudiantes, seguimiento a periodistas y eventualmente narcotráfico. Porque México tiene ese talento especial para agarrar una institución de seguridad y convertirla lentamente en expediente incómodo décadas después.

Y entonces apareció Operación Cóndor. No sólo la coordinación represiva sudamericana famosa, sino la versión mexicana impulsada en los años setenta para combatir cultivos de marihuana y amapola en Sinaloa, Durango y Chihuahua.

Sobre el papel se leía heroico, erradicar el narcotráfico. En la práctica significó militarización, desplazamientos, abusos y cooperación intensiva con agencias estadounidenses, helicópteros, entrenamiento, intercambio de inteligencia y operaciones coordinadas desde ambos lados de la frontera.

Y lo peor es que, muchos consideran que esa guerra temprana no destruyó al narcotráfico lo profesionalizó.

Porque cuando presionas una estructura criminal, normalmente no desaparece. Evoluciona.

Después vinieron Don José, el monarca del petróleo y Don Miguel, y el narcotráfico dejaba de ser negocio regional para convertirse en monstruo nacional. Y Estados Unidos, por supuesto, seguía ahí. Observando, interviniendo y colaborando cada vez un poquito más.

Luego aterrizó Don Carlos, Lord TLC. Con él la relación dejó de parecer espionaje clásico y se volvió integración elegante. TLCAN, acuerdos, coordinación económica y cooperación de seguridad disfrazada de modernidad.

Después llegó Don Ernesto con su crisis económica, levantamiento zapatista y un país cada vez más atravesado por el narcotráfico mientras Washington seguía observando todo con obsesiva atención.

Luego Don Vicente, El Ranchero de Washington. México celebraba la alternancia democrática mientras Estados Unidos acababa de entrar en paranoia total tras el 11 de septiembre, y México volvió a convertirse en pieza estratégica del tablero.

Luego vino Don Felipe, El Comandante del Caos. Aquí ya ni siquiera hacía falta esconder demasiado. La guerra contra el narco abrió completamente la puerta a la DEA, FBI, CIA y otras agencias operando en coordinación permanente con México compartiendo información, tecnología, entrenamiento, operativos y por supuesto, asesoría.

Y mientras el gobierno declaraba guerra, el país empezó a llenarse de fosas, desaparecidos y violencia descontrolada.

Después apareció Don Enrique, El Muñeco Presidencial. La cooperación ya estaba tan normalizada que prácticamente dejó de discutirse. Ayotzinapa volvió a recordarnos que había demasiadas agencias observando el desastre y muy pocas respuestas claras.

Luego llegó Don Andrés Manuel, El Abuelo de los abrazos no balazos. Mucho discurso soberanista, muchas críticas a la DEA y al intervencionismo, pero la colaboración nunca desapareció. Porque una cosa es el nacionalismo televisado y otra la realidad de compartir frontera con la potencia más obsesionada con la seguridad del planeta.

Y ahora está La Tía de Todos Ustedes, entrando al mismo tablero donde México exige respeto a su soberanía mientras las agencias estadounidenses siguen presentes, observando, colaborando y operando como lo han hecho durante décadas.

Y la parte inquietante de toda esta historia no es descubrir que existen agencias extranjeras en México que operan aquí, ni que llevan décadas infiltradas en temas de seguridad, narcotráfico, espionaje y política. Lo inquietante es que después de tantos años de operaciones, vigilancia, cooperación internacional y militarización el país sigue hundido en violencia y el crimen organizado no ha dejado de crecer.

Entonces la pregunta se vuelve inevitable:

Si la presencia extranjera sirve para combatir al crimen organizado, entonces ¿por qué después de tantos años el monstruo sigue creciendo? Y estarán de acuerdo conmigo de que la respuesta es más que obvia, todos, tanto nacionales como extranjeros, terminaron formando parte del mismo monstruo.

Porque al final, todo esto sólo sirve para recordar una cosa, que sí, aunque ahora nos asustemos, nos indignemos y finjamos demencia colectiva, la CIA ha estado entre nosotros desde antes de que muchos de nosotros naciéramos.

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